Hernán Lara Zavala (1946-2025)
La transición entre el hombre (que desaparece) y el nombre (que perdura) sucede en el instante de un relámpago: noticia de la separación (definitiva) entre cuerpo y signo (el individuo y el lenguaje). Es la muerte que viene en “las alas del tiempo”: Schopenhauer, autor del que precisamente le había enviado una cita a Hernán Lara Zavala en el chat del wasap, mensaje que ya no contestó (o acaso su respuesta fue el silencio).
De su libro El ala del ángel, tomé su concepto: “El estilo es la conciencia de la imaginación”, para emprender mi estudio de la obra de Julio Scherer García La cárcel y el palacio (Lectorum-El Colegio de Veracruz, 2024). Días antes de la noticia fúnebre me había encontrado con esta definición del “Buda de Fráncfort”: “El estilo es la fisiología del espíritu”. Se lo mandé a Hernán diciéndole: He aquí un concepto hermano del tuyo.
Hernán tenía conciencia absoluta de este concepto del estilo. Del cómo la literatura es un ajuste entre el lenguaje y la estructura del pensar (la imaginación). Es interesante saber que su primera profesión fue la ingeniería (el caso también de Vicente Leñero, una generación anterior), y si nos vamos más atrás y lejos, de Ludwig Wittgenstein, el filósofo vienés.
Si algo nos indica esto es pulcritud en los trazos y esmerados detalles en los planos. O sea, una creación de perspectivas, apuntes para instruir. Y la escritura de Hernán, tanto en su prosa cuentística y novelística, como en la teórica o ensayística, era impecable, cuidada pero no rígida, contenida, equilibrada, atenta para captar esencias tanto de su contemporaneidad como de su tradición mesoamericana. Se hizo notar este talento pronto en Ziltichén (1981 en editorial Joaquín Mortiz y en 2012 FCE), sus cuentos que tan agradablemente sorprendieron a su maestro Juan José Arreola.
Entre nosotros Hernán era un erudito y un académico que no se separó en la élite de los acontecimientos de la calle literaria, al contrario, se dedicó a unir a los creadores entre sí y con los públicos, pues tuvo una larga carrera como funcionario cultural en la UNAM y el FCE, entre otras instituciones, y fue editor de importantes colecciones editoriales; me publicó en 1995 Crítica y Celebración (serie Diagonal. Textos de Difusión Cultural. UNAM. 1995), como a gran cantidad de autores de mi generación.
Hernán era admirado y respetado. No era fácil seguirle el paso, ni en su escritura ni en su carrera profesional: fue profesor de la carrera de letras inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras y dirigió la colección “Nuestros Clásicos”; estuvo al frente de la rama de literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM y coordinó el Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas. Recibió cantidad de reconocimientos, entre ellos el de la Real Academia Española.
Eran fechas continuas en las que aparecían sus libros; los dos más recientes: ¡Península, Península!, título de evidente homenaje al ¡Tierra, Tierra! de Sándor Márai y El último carnaval, del que Ciclo Literario y de Diseño publicó la reseña (No. 168, 2024, de Jorge Pérez-Grovas).
Cuando apareció su novela Charras (1990, Joaquín Mortiz), escribí una reseña de ese interesante texto, testimonio histórico de un líder yucateco asesinado en las represiones que tuvieron lugar en la aciaga época de los setentas, y a quien Hernán conoció.
Con oportunidad de la publicación en Ciclo del artículo de Jorge Rhi-Sausi Galindo, “La esclavitud de los coreanos en Yucatán”, le solicité a Hernán una introducción que generosamente escribió.
En este momento de duelo tomamos conciencia de la dualidad: cuerpo y obra. ¿Qué es el cuerpo? Entidad biológica (objetivación de la voluntad de vivir). ¿Qué es la obra? “Unidad significativa de hechos consignados en escritura”. Una vez que hemos captado este punto de vista (el presente) y permanecemos en él, podemos consolarnos respecto a nuestra propia muerte y la de nuestros amigos. “El individuo recibe su vida como un regalo, sale de la nada, sufre merced a la muerte la pérdida de ese regalo y retorna a la nada”. (Schopenhauer)
Hombre generoso, vital, Hernán una vez ausente de cuerpo crecerá su nombre. Presencia. Presente. Cuando se rompe el hilo entre cuerpo y escritura estamos en el territorio de la obra, por algo “el hombre ambiciona construir una obra más que un patrimonio material”.
El artista cultiva esta conciencia, se recrea en estas preguntas:
“Cuando nos ponemos a pensar en los milenios transcurridos, en los millones de hombres que vivieron en ellos, nos preguntamos: ¿Dónde fueron? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué fue de todo aquello? ¿Dónde ha ido a parar? ¿Acaso hemos de creer que, al quedar sellado por la muerte, el pasado recibe una nueva existencia? Nuestro propio pasado, incluso el más cercano, ayer mismo ¿Qué fue? ¿Qué es? ¿Por qué justamente quien pregunta (tú, yo) es tan afortunado como para ser el único que posee ese valioso y efímero presente real mientras esos cientos de generaciones humanas, incluidos los héroes y los sabios de aquellos tiempos, se han sumergido en la noche del pasado y se han convertido en nada?”
Captar este punto de vista expuesto por Schopenhauer nos permite consolarnos respecto a nuestra propia muerte y la de nuestros amigos.
