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Impunidad blindada: Israel, Palestina y la complicidad internacional

ECP*

En el Mediterráneo se repite un episodio que parece calcado de los anales del cinismo diplomático: una flotilla internacional, la Global Sumud Flotilla, que intenta llevar ayuda humanitaria a Gaza, fue atacada con drones en aguas internacionales. No hubo víctimas mortales, pero sí explosiones, químicos irritantes y barcos dañados. La noticia recorrió el mundo y provocó indignación; sin embargo, no sorprendió a nadie. Italia y España anunciaron que enviarían buques militares para escoltar a los activistas, en una reacción inédita para proteger a sus ciudadanos. Ese episodio ilustra con crudeza la lógica israelí y el fracaso del orden internacional. No es sólo que un Estado ataque barcos civiles en aguas internacionales: es que al hacerlo reta a países de la Unión Europea y, en consecuencia, a la OTAN. Italia envió ya la fragata Fasan y un segundo buque, mientras España despachó un buque de acción marítima desde Cartagena. La flotilla transporta suministros y medicinas hacia Gaza, y su ataque marca una línea roja: si el gobierno sionista y fundamentalista de Israel vuelve a atacar, podría desatarse un enfrentamiento inédito entre Israel y fuerzas de la OTAN. La posibilidad de ese choque, impensable hasta hace poco, muestra hasta qué punto el orden internacional se tambalea.

Israel actúa bajo la misma doctrina desde su fundación: golpear primero y presentarse siempre como víctima. Bloqueos, incursiones, bombardeos masivos o ataques a flotillas se justifican en nombre de la “seguridad nacional”, pero en realidad responden a un mecanismo de control territorial y demográfico sobre los palestinos. Gaza, sometida a bloqueo desde 2007, funciona como un laboratorio de castigo colectivo. Cisjordania sigue siendo ocupada y colonizada con el beneplácito de gobiernos que consideran suicida mostrarse “blandos” con los palestinos. Netanyahu y sus aliados ultranacionalistas lo saben: la política israelí se sostiene en la mano de hierro, la impunidad para los colonos y la narrativa de guerra eterna. La deshumanización de los palestinos, reducidos en el discurso oficial a “terroristas”, es la justificación permanente.

La pregunta es por qué puede hacerlo sin consecuencias. En teoría, atacar barcos civiles en aguas internacionales es un crimen que debería detonar sanciones inmediatas. En la práctica, Israel sabe que no ocurrirá. El blindaje moral del Holocausto todavía inhibe críticas fuertes en Europa, donde señalar con claridad la barbarie israelí se confunde con antisemitismo. El paraguas de Washington garantiza dinero, armas y el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y Bruselas se conforma con condenas retóricas, mientras prioriza cooperación tecnológica y energética con Tel Aviv. A ello se suma la fragmentación árabe: rivalidades regionales, guerras civiles y normalizaciones bilaterales que convierten la causa palestina en un estorbo incómodo, pero no prioritario.

El doble rasero es evidente. Rusia invade Ucrania y enfrenta sanciones inmediatas. Irán sufre bloqueos por su programa nuclear. Venezuela y Corea del Norte viven bajo medidas punitivas desde hace años. Pero Israel, con un historial documentado de violaciones a los derechos humanos, recibe acuerdos de libre comercio, concursos de Eurovisión y cooperación en ciberseguridad. La explicación es simple: en geopolítica pesan más los intereses que los principios. Israel es útil como bastión estratégico en una región volátil, y su violencia se encubre bajo el disfraz de la “lucha contra el terrorismo”.

El envío de escoltas militares por Italia y España podría marcar un punto de inflexión simbólico: por primera vez, países europeos deciden no limitarse a las protestas diplomáticas y envían buques armados para proteger a civiles frente a la agresión israelí. Sin embargo, hay que ser claros: más que un cambio estructural en la política europea, se trata de gestos de protección consular. Roma y Madrid quieren evitar bajas entre sus ciudadanos, no iniciar una ruptura con Israel. Aun así, el episodio desnuda la fragilidad del orden internacional. La ONU se ha convertido en un foro de declaraciones huecas, incapaz de frenar agresiones flagrantes por estar atada a vetos y cálculos de poder. El derecho internacional humanitario es violado una y otra vez mientras las potencias ajustan sus principios a conveniencia. La tolerancia ante la brutalidad sionista contra Palestina es también reflejo de la decadencia de valores universales: los derechos humanos se proclaman en cumbres diplomáticas, pero se traicionan en los puertos de salida de flotillas humanitarias.

Ante esta parálisis, sólo queda el imperativo de la movilización ciudadana mundial. No bastan protestas aisladas ni condenas simbólicas. Hace falta una presión transversal que obligue a los gobiernos a romper su complacencia y asumir un costo político. Igual que en Sudáfrica, donde el boicot global y la indignación ciudadana lograron aislar al apartheid, será necesario que los partidos y gobiernos que encubran a Israel paguen con votos y legitimidad. Defenestrar al gobierno sionista que perpetúa la ocupación y proteger a la población palestina no será concesión diplomática, sino fruto de la presión popular. En el Mediterráneo, la flotilla italiana y española rumbo a Gaza es ya un símbolo: barcos frágiles frente a drones letales, protegidos ahora por buques de guerra europeos. Si el ataque se repite y deriva en un choque con la OTAN, la impunidad blindada de Israel podría resquebrajarse. La pregunta es si hará falta llegar a ese extremo para que el mundo despierte.

*Es Cosa Pública

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