Por: José Maximiliano Moreno y Cabra
En un pequeño artículo de El Republicano, publicación periódica de El Colegio de Veracruz en el año 2024, expuse de manera breve algunas reflexiones sobre la moral y el pensamiento humanista.
No es producto de la casualidad mi asombro ante las similitudes esenciales entre Perspectivas sobre humanismo y educación (Centro Regional de Educación Superior Paulo Freire, 2025), y aquel lejano y breve texto. Dicha sincronía sólo puede responder a un hecho que cada ser humano ha constatado de alguna forma: en este inmenso laberinto de seres e ideas, todos nos encontramos en algún punto. Al vernos reflejados, se desvanece esa línea en apariencia infranqueable entre “los otros”, siendo que el fenómeno del conocimiento cobra sentido como algo vital. Está afirmación la constata Juan Fernando Romero: “El ser humano es un organismo que se relaciona con el mundo a través de una red neuronal que llegará a producir, individual y socialmente, una conciencia de su condición biológica primero (…) e histórica después”.
Por otro lado, aludiendo a lo expuesto por Paulo Freire, el compromiso es un aspecto de la voluntad, enfocada por alguien consciente del devenir de sus actos, hacia la movilidad armónica de la sociedad a la cual pertenece. Desde una visión ideal, se define a dicha movilidad como el pleno ejercicio de facultades colectivas (o sea, factibles de ser compartidas por la ciudadanía) hacia prácticas que permitan un óptimo desarrollo de la comunidad humana, sin la intrusión de limitaciones abstractas en forma de territorialidad férrea, tendencias particulares, o cualquier otra cosa que provoque desintegración grupal. En tal sentido, jamás ha de confundirse al compromiso, como acción individual, con una obligación pretextada mediante una supuesta causa o, aún menos, con una impostura. Todo ejercicio de la voluntad implica, necesariamente, la facultad de elegir. En ella radican la libertad y la responsabilidad hacia lo que ha de defenderse desde uno, para nuestra especie. “Lo único que la libertad del hombre rechaza es la no elección (…)” -menciona Diosvany Ortega- “(…) Elegir implica pensar por sí mismo, sin intermediaciones que adulteren la realidad; pensar directamente el mundo y proyectar del modo que parezca más adecuado la apropiación resultante de este pensamiento”. De ahí que el humanismo, formalmente hablando, escapa de cualquier interpretación o corriente discursivas, para recobrar su aspecto universal en cuanto a vía de diálogo, aceptación de las distinciones culturales y posible cooperación entre cada persona. No importa que tan utópico se escuche.
En este punto, es plausible imaginar al humanismo no como una corriente de pensamiento o directriz ética, sino como una actitud hacia nosotros mismos y hacia otros, con una firme intención de reconocimiento, crecimiento y beneficio mutuos. Se alude a la visión realizada del respeto por y desde nuestra individualidad.
Lo siguiente ha sido dicho en todas partes y épocas; pero resume el significado y sentido de nuestras relaciones en un grado máximo: lo que una persona hace para otras, en muchas formas lo hace para sí misma.
Si bien es cierto que la razón, las capacidades perceptivas y el encuentro de los dedos índice y pulgar han permitido al ser humano la transformación del entorno y los elementos para su beneficio, corresponde a la verdad, además de una plena aceptación del albedrío, reconocer a la moral como un factor motriz de las actividades humanas. Es decir, ambos son indispensables para tomar decisiones adecuadas a las circunstancias, y aceptables desde la perspectiva del bien común. Al respecto, Enrique Dussel hizo una mención importante sobre cuál es el sentido de la moral. Su opinión es digna de considerarse: todo acto, inspirado o guiado por la moral, se enfoca en proteger la vida en nosotros y en todo. Como es lógico, también en evitar aquello que la desvalorice o la extinga. Adriana Menassé lo expone hacia el espíritu mismo del código ético: “La vida social no estaría dominada por el afán de la preservación natural, como las demás especies. Lo que define el tipo de vida que conocemos como vida humana consiste en imbuir la existencia de valor; en sostener una vida que juzgamos valiosa. La ética [brota] de la necesidad de actuar con justicia frente a la íntima desprotección del otro”. Así, una vía de acción humanista se identifica con ‘maneras’ de concretar dicha noción, siempre tomando en cuenta que el ser humano no es una creatura inconexa.
Como todo lo correspondiente a nuestra esencia, esto tiene su contracara. Ahora, parece que frases como “el hombre es la medida de todas las cosas”, representan una idea caduca. En un giro casi mítico de su actual condición, el hecho de que el ser humano es medido mientras mide toma la particularidad de volverse algo más cercano a nuestro ser.
Somos la única especie animal que se asimila, y asimila las cosas, en el concepto de futuro. Es dudoso que esto sea gratuito. Si bien es cierto que el ser humano posee atributos superiores en comparación con los demás seres que pueblan este mundo, también lo es su deber ser respecto a todo lo demás. “El futuro no está escrito en piedra” -advierte Alberto Mortera-, “Podemos elegir seguir el camino fácil (…), donde los seres humanos se convierten en meros engranajes de una máquina sin alma. O podemos elegir el camino del humanismo, (…) para encender la chispa de la creatividad, para tejer redes de colaboración y construir un mundo más sostenible y justo”. Nuestra capacidad de ver más allá de lo que percibimos, hoy, nos orilla a responsabilizarnos sobre el grado de influencia que nuestras acciones provocarán en otros, y darnos cuenta de cómo las acciones de otros pueden afectar nuestra propia interconexión, más aún en esta época de ‘virtualidad’ en los actos y las relaciones personales, la amenaza de trastornos climáticos, un tecno-feudalismo en ciernes, y el resurgimiento del espíritu de una guerra mundial que, se supone, no debía volver. La memoria histórica se adelgaza cada vez más; las generaciones que nos proceden corren el riesgo de ser presa de la ignorancia y la manipulación, y el panorama de nuestra especie se ve comprometido, a mediano plazo, en un entorno de explotación, indiferencia y crisis constante.
¿Qué estamos creando, y para qué? ¿Para quién o para quienes?
Para evitar, desde ahora, que un escenario de esta clase se manifieste, el humanismo, como visión y compromiso, tiene una de las herramientas más eficaces: la educación; el cultivo de elementos teóricos, prácticos y buenas motivaciones desde las aulas, en retroalimentación con los valores impartidos tanto en los hogares como en la convivencia diaria fuera de ellos. La integralidad en el hecho pedagógico, a falta de un mejor término, se convierte en uno de los objetivos clave en el surgimiento de una ciudadanía cooperativa y mejor preparada en lo ético, lo teórico y lo técnico, para resolver los problemas heredados de nuestro tiempo, tanto internos como externos; como seres individuales y colectivos.
Toda causa tiene su efecto. Ver es ser visto. Escuchar, con el tiempo, es ser escuchado. Nos construimos a partir de lo que creamos. Vivimos, mas no sólo para nosotros. Si nos es permitido afirmar que somos un fin, también lo es que no somos el único fin.
Xalapa, Ver, 6 de diciembre,2025
