El pasado 19 de junio de 2024, el Mtro. Luciano Concheiro inauguró el «Calpulli. Festival Nacional del Normalismo» en el Museo de Antropología de Xalapa, destacando la importancia histórica y cultural del normalismo en México. En su discurso de apertura, el Mtro. Concheiro subrayó el papel fundamental de Veracruz en la transformación educativa del país y el fortalecimiento del normalismo a nivel nacional.
«Tengan todas, todos, todes, muy, pero muy buenos días. Saludo desde aquí, realmente muy complacido por la proyección que hoy tiene el normalismo a nivel nacional. Saludo a nuestro señor gobernador, a través de Víctor Emmanuel Vargas. Por favor, un fuerte abrazo al gobernador, con el que estuvimos hace unos cuantos días aquí, en una reunión nacional de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, recogiendo la proyección que Veracruz tiene sobre el conjunto de nuestro país; a la maestra Noemi Narváez, consejera del estado de Tabasco, coordinadora de la junta del Consejo Nacional de Autoridades de Educación Normal, un fuerte abrazo y, a través de ella, a todo el Consejo; a la maestra Lisset Camacho Muñoz, subsecretaria de Educación Media Superior y Superior del estado de Veracruz, también muy fuerte abrazo, y agradeciendo también la proyección que toma el normalismo a nivel de este estado, pero que lo proyecta a nivel nacional; también a Daniela Guadalupe Griego Ceballos, directora general del Instituto de Pensiones del Estado, por estar aquí con nosotros; al doctor y amigo de muchos años, Edgar Eduardo Ruiz Cervantes, director de Educación, en representación de también un querido amigo, el licenciado Ricardo Ahued, presidente municipal del Honorable Ayuntamiento de Xalapa. Saludo a Mario Chávez, director general de Educación Superior para el Magisterio. A Gilberto de Jesús Corro Feria, director de Educación Normal y gran organizador; tuve la suerte de que fuera por nosotros y aprendimos mucho en el camino de estas historias cruzadas de este gran Veracruz. Sí que ha sido el depositario de grandes transformaciones en nuestro país donde el agrarismo tomó fuerza.
Al maestro Atanasio García Durán, invitado especial, que tuve el honor de conocer en la escuela Rébsamen, hace algunos años.
Antes de empezar con el motivo central de esta reunión, quiero decirles que fue Veracruz el estado que nos empezó a empujar fuertemente a uno de los más grandes cambios logrados por este gobierno alrededor de la educación en general y de la educación superior en particular. Saludo en ello a nuestras guerreras de la Enrique C. Rébsamen, de las que tanto aprendimos desde el primer momento. Un abrazo grande a todo el normalismo mexicano, representado en más de 2500 maravillosas y maravillosos estudiantes y docentes, hasta ahora de 28 estados -tengo entendido- de la República mexicana, y que hoy celebran una hermandad por la educación en plazas, foros, galerías, centros culturales, bibliotecas, las calles de Xalapa y, por supuesto, en la Benemérita Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen.
La comunidad educativa somos un grupo que podemos decirlo así, confabulado por los saberes, el buen vivir como proyecto; somos comunidad que arropa y retroalimenta; somos territorio de fraternidad y esperanza; somos comunidad. Y como fue convocado este evento: somos esa comunidad vuelta Calpulli, vuelta organización social, vuelta relación directa horizontal entre unas y otros.
Somos Calpulli porque celebramos con acción y trabajo desde nuestras raíces, y, ahora hay que decirlo, desde el arte. En el lienzo que es nuestro México, las y los normalistas son artistas innatos, tejedores de sueños y sembradores de futuro; pintores de una educación territorializada; compositores de una matria cercana, directa, en la proyección de una patria más justa.
Sus manos moldean y trazan rutas y esculpen puentes para el destino de las nuevas generaciones, de las generaciones venideras; y en esta hermandad, en esta tremenda labor, el arte y la cultura, el baile, la música, el teatro, el cine son los pinceles, las melodías, los pasos de baile. Sus encuadres, la mejor de las actuaciones; la épica de sus himnos y sus versos liberadores, la patria, esa que se compone de nuestras matrias. Y en ello insistimos, no solamente por aquello de la carga machista de patria, sino también porque son las más próximas, las que acaban de ser aquí, exaltadas con gritos para reconocernos en lo más íntimo; son las que contienen la libertad, la justicia, el conocimiento, los sueños gloriosos, todo lo que nos hace humanidad en eso que nos construimos en el día a día. Y no es fortuito que estemos reivindicando con mucha fuerza el humanismo mexicano, que es, en sí mismo, una contradicción. Imagínense hablar de humanismo y ponerle un apellido de mexicano, mexicana, si lo que estamos refiriendo, entonces, es que reivindicamos lo mejor de cada una y de cada uno de nosotros, pero lo proyectamos en un universal posible; en ese sentido de humanidad que hoy es tan necesario y que, además, aquí en este, nuestro México, el dos de junio, se confirmó: lo que queremos es más humanidad; lo que queremos es una fuerte transformación que nos haga eso, más humanas y más humanos.
El arte para los normalistas está lejos de ser un adorno, un mero pasatiempo, es -y lo decimos desde el corazón, lo decimos desde los pulmones- oxígeno que nutre sus almas y permite respirar plenamente en el océano de la educación para formarse plenamente y plenamente ser forjadores de México en una -y lo decimos así- revolución cultural de la revolución de las conciencias. Sin esa revolución de las culturas, de estas culturas que componen a este país, que es el segundo país más diverso cultural del mundo. Y lo decimos así de rápido, pero resulta que es una carga histórica fundamental, y le llamo carga porque representa todo aquello en lo cual nosotros tenemos que construir: desde la diversidad, una unidad posible manteniendo esa diversidad.
Por eso, la llamada a un Calpulli de calpullis; esto es, un altépetl que nos construya al conjunto es un elemento esencial. En las aulas, las profesionales de la educación plasman las visiones, desafían moldes rígidos y dan vida a formas más certeras de aprendizaje; ya sean la sierra, en la costa, en el altiplano, en las ciudades. Cada pincelada es una lección; cada trazo, un acto de resistencia contra la homogeneización del conocimiento, porque es base ese conocimiento de esa diversidad cultural; es arte de muchos colores y matices; arte que cuestiona lo establecido y abre puertas a los muchos otros saberes. Cuando la música resuena en los pasillos de las escuelas, las notas se convierten en un hilo conductor que entrelaza corazones y mentes.
Imagínense cómo fuimos recibidos el día de hoy en la entrada. En ese zapateado, en ese hablar desde los pies, en ese proyectar con la sonrisa, es donde nos encontramos. Las melodías no son solos sonidos, son narrativas que cuentan historias olvidadas; son construcciones de nuestra historia que evocan luchas ancestrales, que vuelven en forma de maestra o maestro rural, urbanos, que vuelven líder en su comunidad, en el padre o la madre de familia que lo da todo porque sus hijos puedan ir a la escuela.
Cada acorde es un latido que sincroniza a los normalistas, a las normalistas, con los ritmos del pueblo, con el clamor de los oprimidos, con las voces guías de lo que fueron sus maestras y maestros en la escuela normal; cuando el baile irrumpe como una celebración de la vida, cada paso es una afirmación de identidad, un desafío; representa una ruptura de las cadenas impuestas por siglos de colonización mental. Cuando las y los normalistas bailan no sólo mueven sus cuerpos, sino que liberan sus espíritus, se conectan con las raíces de nuestros antepasados, pero de nuestros antepasados presentes, sobre todo, y encienden la llama de la resistencia cultural. Porque el arte en todas sus manifestaciones es la antítesis de la opresión, es el grito de libertad que despierta conciencias adormecidas.
Yo quisiera -para no extenderme- recuperar, desde estas entrañas de nuestras pedagogías, las figuras como las de Paulo Freire, Orlando Fals Borda, que nos recuerdan que la educación no puede estar divorciada de la realidad, de la cultura, de las luchas emancipadoras. Recuperamos a ese Freinet que se hizo tropical aquí en nuestro San Andrés, precisamente; que nos construyó de una forma distinta, que venía de luchar en la Guerra Civil española con el maestro Arredondo y que trajo a muchas y muchos de nosotros toda una proyección de lo que es, que la escuela es la vida y que está en la vida el aprender también.
En esta acumulación, podemos decir, de conocimientos, estaría más bien dibujándose una práctica liberadora que debe cuestionar toda estructura de opresión y también generar transformaciones sociales; como dice ahora nuestro artículo 3.° de la Constitución, los sujetos de la transformación social son las maestras y maestros, donde sean escuchados a través de sus saberes, pero, sobre todo, de la exaltación y el entendimiento de la solución de las necesidades, pero también que en el llanto y en el júbilo acaban siendo lo que somos todas y todos nosotros en nuestro compromiso: somos pueblo de pueblos.
Las y los estudiantes de las escuelas normales son guerreras y guerreros culturales. Son portadoras y portadores de una antorcha que ilumina los caminos hacia una educación. Y, hay que decirlo, no es una bonita palabra, pero tiene un contenido fundamental, tenemos que ser decoloniales, tenemos que liberarnos a cada paso del viejo colonialismo y de los neocolonialismos que nos van ocupando sin querer. Una educación que pondera los saberes ancestrales milenarios, nuestra diversidad cultural, las cambiantes culturas de nuestro país que se expresan en la música y el amor a la tierra, en fraternidad con la ciencia, creando una síntesis donde el aprendizaje tiene un sentido humano y no una mera, digamos, construcción repetitiva.
Imaginen a una maestra normalista enseñando matemáticas a través de los patrones geométricos de los textiles indígenas, entendiendo que en esos patrones nada menos que hay mapas cósmicos que nos permiten entender la fuerza de nuestra cultura, de nuestra civilización. O a un maestro normalista explorando la física a través de las danzas rituales de su pueblo. Imaginen a estudiantes aprendiendo historia no sólo desde los libros, sino también a través de las canciones, las de protesta, de los murales callejeros, de los murales de nuestra Secretaría de Educación que narran las luchas populares.
El arte es vehículo para desmantelar los muros del pensamiento hegemónico y abrir caminos hacia nuevas formas de comprender el mundo. El arte es subversivo. El arte es la inteligencia del corazón. Y en estas travesías, las y los normalistas no están solas ni solos; caminan de la mano de gigantes, como Freire, que nos recuerda que enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su producción o construcción.
El conocimiento, entonces, está en el andar, está en cada cosa porque el verdadero aprendizaje no se basa en la memorización mecánica, sino en la experiencia vivida, en la capacidad de conectar lo abstracto con lo concreto, lo racional con lo emocional; en el, como diría Fals Borda, sentipensar. Sí, suena hermosísimo, propio de un Fals Borda, pero también nos proyecta efectivamente a una conexión con el mundo. El discurso, pues, hilvana nuestros corazones.
En estos tiempos de consolidación, ya del anunciado segundo Gobierno de la cuarta transformación del país, quisiéramos decirles que hay, entonces, un punto ya de no retorno; que no vamos a retornar ni al clasismo, ni a la homofobia, ni al racismo, ni a la misoginia, ni a la tecnocracia, a la manipulación mediática; no más todas esas lacras que quisieron imponerse. Porque son las calles, los foros, las escuelas, las que van a ser habilitadas para recoger los ecos de los tambores, de los murales, por pies vigorosos que danzan por esa oratoria certera; los himnos apasionados, el dramatismo teatral, hoy han de ser habilitados por las libertades que llevamos cada una y cada uno en nuestros cuerpos, mentes y espíritus.
Sergio Pitol, inmortal escritor nacido en Xalapa, lo dijo de esta manera: “la cultura es una lucha a contracorriente”. Y, entonces, lo que tenemos es ese conservadurismo que hoy ha sido derrotado, pero que tenemos que seguirlo derrotando en el día a día.
Muchísimas felicidades a todas las voluntades que hoy lo hacen posible; autoridades de Veracruz, de verdad, transmitan a las autoridades de todo el país –lo haremos nosotros también, en nuestra medida–, a docentes, alumnos, padres y familias, artistas, a todas y todos los presentes, para que este “Calpulli. Festival nacional del normalismo” hoy nos cobije a todas, a todos, a todes. Sean estos tres días, 19, 20 y 21 de junio, prósperos y señeros en educación, en proyección de un mundo que nos merecemos de las utopías posibles.»
