ECP
El secuestro de Nicolás Maduro no fue un episodio aislado ni una excentricidad capitalista. Fue una señal. Con Donald Trump, Estados Unidos ha dejado de disimular una pulsión histórica que nunca abandonó del todo: la apropiación de recursos ajenos como política de poder. Lo que cambia no es la sustancia, sino la forma: menos sutileza, más amenaza explícita, menos retórica liberal y más apetito directo.
La presión sobre Alberta, corazón petrolero de Canadá, y el renovado interés por Groenlandia no son ocurrencias. Son movimientos coherentes dentro de una misma lógica: asegurar control sobre recursos estratégicos en un mundo que ya no garantiza a Washington acceso barato, estable y obediente a la energía. El petróleo vuelve a ser, sin rodeos, un instrumento de dominación.
Hay un dato estructural que explica esta voracidad: tras la destrucción del Nord Stream, Europa quedó energéticamente expuesta. Estados Unidos ocupó ese vacío convirtiéndose en proveedor central de gas natural licuado (GNL). Ese rol no es neutral. El GNL no solo calienta hogares: disciplina gobiernos. Permite condicionar precios, contratos y alineamientos políticos. Es dependencia sin ocupación militar. Es imperio sin colonias formales.
Desde ahí se entiende el endurecimiento del discurso y de las presiones. Trump no “regresa” al extractivismo: lo explicita. Rompe el barniz moral del capitalismo tardío y lo devuelve a su forma desnuda: apropiación, coerción, ventaja asimétrica. Donde antes había tratados y lenguaje técnico, ahora hay amenazas abiertas. Donde antes se hablaba de mercados, hoy se habla de control.
¿Estamos ante la preparación de una guerra? No necesariamente en su forma clásica. No hay divisiones blindadas listas para cruzar fronteras por petróleo. Pero sí hay una guerra ya en curso: comercial, energética, financiera y tecnológica. La energía es su frente más visible. No se bombardean pozos: se reconfiguran dependencias. No se ocupan territorios: se fuerzan decisiones.
Trump no es una anomalía del sistema; es su síntoma avanzado. Representa una fase en la que el capitalismo deja de justificarse como progreso universal y se asume como fuerza de rapiña geopolítica. No es la “etapa superior” del capitalismo, pero sí su versión más honesta: aquella que ya no promete bienestar compartido, sino supervivencia del más fuerte.
La pregunta de fondo no es si Trump es peligroso. Lo es. La pregunta real es qué revela su conducta: un imperio que ya no negocia desde la confianza, sino desde la amenaza; que ya no lidera por consenso, sino por coerción.
No es un desvío, es una confesión.
Es Cosa Pública
