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Estados Unidos: cuando se rompe el “nosotros”

ECP

Hay países que se dividen por ideología y países que se dividen por fatiga. Y hay un caso más grave: el de una nación que deja de compartir el pronombre. Estados Unidos ya no discute solamente qué política pública conviene; discute quién pertenece, quién manda y qué reglas aceptamos como comunes. Eso no es una simple polarización electoral. Es una crisis del “nosotros”.

La palabra clave aquí no es “elección”, ni siquiera “polarización”. La palabra es cohesión. Lo que se está perdiendo no es el derecho a votar, sino el sentido de pertenencia compartida que hace posible que el voto tenga significado. Una sociedad puede discutir con dureza y seguir siendo una comunidad. Pero cuando una parte empieza a sentir —o a declarar— que la otra no pertenece, la política deja de ser competencia y se vuelve depuración.

Conviene decirlo con precisión: la fractura venía incubándose; Trump no la creó, pero la volvió doctrina: gobernar no para integrar, sino para excluir; no para convencer, sino para expulsar del “nosotros” a medio país. Ese giro no inventa el resentimiento, pero lo organiza. No inventa la desconfianza, pero la convierte en combustible. No inventa el miedo, pero lo vuelve método. Y cuando el miedo se vuelve método, el vecino se vuelve sospechoso y la diferencia se vuelve amenaza.

Esa es la señal más peligrosa del momento estadounidense: la exclusión como forma de poder. No hablo solo de políticas migratorias o de debates culturales, sino de una lógica más profunda y más corrosiva: convertir a sectores enteros en “intrusos” dentro del propio país. Migrantes, minorías, disidentes, críticos, periodistas, profesores, activistas, incluso vecinos. El enemigo ya no está afuera: se fabrica adentro. Y cuando el enemigo se fabrica adentro, el Estado deja de funcionar como casa común y empieza a operar como herramienta de facción.

La exclusión destruye cohesión porque rompe el pacto básico de ciudadanía: la idea de que, con diferencias, todos caben dentro de las mismas reglas. En una democracia sana, el adversario es rival; puede equivocarse, puede perder, puede ser criticado. Pero no se le expulsa del derecho a pertenecer. Cuando esa frontera se mueve, las reglas dejan de ser “nuestras” y se vuelven “de ellos”. Y en ese punto la pregunta central ya no es qué política conviene, sino si el otro tiene derecho a existir políticamente.

Por eso la crisis estadounidense es también una crisis de convivencia. Cuando el tejido se adelgaza, la sociedad se organiza por trincheras. Las ciudades y los campos se miran como mundos incompatibles. Las comunidades se encapsulan en sus propias versiones del país. Los medios se vuelven fábricas de identidad y sospecha. Y la vida cotidiana se llena de un rumor inquietante: “¿este lugar sigue siendo para mí?”

El costo de esa pérdida es enorme. Un país sin cohesión no puede sostener proyectos largos: solo administra urgencias. Se vuelve reactivo, nervioso, agresivo. Confunde firmeza con castigo. Confunde autoridad con intimidación. La política se teatraliza y se endurece porque ya no puede convencer: solo puede imponer. Y cuando no hay “nosotros”, lo que queda es la disputa por quién controla el aparato que define quién entra y quién sale.

Estados Unidos todavía posee recursos materiales, tecnológicos y culturales inmensos. Pero un país no se sostiene solo con poder; se sostiene con pertenencia. Cuando la pertenencia se rompe, el poder se vuelve ruido: mucha fuerza sin comunidad, mucha consigna sin pacto, mucha bandera sin casa común. Y una nación así —por más armada, por más rica, por más tecnológica— empieza a perder lo único que ninguna potencia puede comprar: la capacidad de reconocerse a sí misma como un pueblo.

La fractura venía incubándose; Trump no la creó, pero la volvió doctrina: gobernar no para integrar, sino para excluir; no para convencer, sino para expulsar del “nosotros” a medio país.

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