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En torno a la educación de los pueblos originarios Timocuepah Tochan (El regreso a casa) Natalio Hernández Hernández (2024)

Nosotros no usamos libros, porque sabemos que los niños sólo aprenden a leer y no a pensar. Oswaldo Jiménez, promotor educativo del Proyecto de Educación Alternativa Tsotsil

INTERTEXTOS

Juan Fernando Romero Cervantes Fuentes

En relación a la reciente declaración de la Presidenta Claudia Sheinbaum relativa al proceso de incorporación nacional de los pueblos originarios, y en concreto con respecto al tema de la educación para este sector de la población mexicana -una cuestión muy compleja- hay varios caminos que el Estado Mexicano ha seguido con el objeto de incorporar, re-valorar e integrar a las culturas indígenas al proceso de modernización del país en el siglo XX con la intención de formar efectivamente una Nación Mexicana integrada, o dicho de forma sintética: de humanizar la educación pública, valorada ésta como estrategia e instrumento de comunicación intercultural, es decir una política no sólo de aceptación del “otro” sino de reconocimiento de las concepciones, costumbres y valores diferentes a los occidentales que están atrás del Estado mexicano y de su historia novohispana e independiente, una educación no superficial (propiamente “muralista”), sino interesada en el conocimiento de las cultura autóctonas que persisten en sus tradiciones y que conviven en México desde hace miles de años, a pesar de que fueron desplazadas por la violencia europea institucionalizada más tarde con el disfraz de la política liberal en el México independiente y en el moderno, violencia que intentó ser desplazada por el Ejercito Zapatista de Liberación al aceptar el reto de enfrentar con las armas esa violencia legal y real, encubierta por una capa de reconocimiento falso en el fondo, cuando no manifiesta en la superficie.

1994 se convirtió en un año axial para México, de inflexión para nuestra historia, pues enfrentó dos vías opuestas: la ultra-modernizadora y capital-globalista del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, contra la erupción de la visión y los valores de las culturas indígenas que enarboló el Ejército Zapatista de Liberación Nacional desde uno de los estados que mayor violencia antindígena han sufrido en México, antes y después de la Colonia: Chiapas.

Hay dos procesos muy visibles de la posible integración de las culturas indígenas a la nación mexicana; la oficial, es decir la del Estado y su gobierno, que ha sido política, superficial, pro-europea y pro-capitalista, y la visión genuina que aspira a la integración multicultural de la nación mexicana, esto es, una visión humanista (no sé si es apropiado calificarlo como mexicana). Este largo e intenso proceso es desde luego multidisciplinario y va más allá de los procesos educativos, pues se conecta con las raíces culturales tan diversas que caracterizan a México y que tampoco deben de negar el proceso de mestizaje cultural que habla con la voz de su propio espíritu, pues es parte fundamental del ser mexicano.

Para evitar la exclusión se han seguido varios métodos, principalmente de orden político, que intenta, de buena o mala fe, la unificación de la nación mexicana: un ideal político-estatal, cultural, social, regional, municipal, europeo, capitalista, socialista, utópico, religioso: la comunión. Siendo tantos los objetivos sociopolíticos, igual son sus caminos, por lo que es muy difícil ponerse de acuerdo tanto como gobierno como sociedad, una sociedad por otra parte contaminada en el siglo XXI con los valores y antivalores del sistema capitalista en continua expansión que manipula las mentes y los sentimientos de infantes y adolescentes en caminos dirigidos desde un dispositivo móvil.

Si la integración social como aspiración romántica del XIX o como aspiración militar del XX, ya no está tan lejana en la realidad del XXI, se debe, en parte, al renacimiento y auto- reconocimiento de las culturas indígenas que alzan la mano y alzan la voz y alzan las armas. Esa aspiración de unidad social y de reconocimiento de México como una verdadera nación incluyente de todos los nacidos en ella, es decir no sólo respetuosa, sino conocedora y practicante de sus culturas, se podrá lograr mediante un proceso diferente: la transculturación.

Nuestro país ha hecho muchos intentos de inclusión a partir de la segunda mitad del siglo XX, si bien criticables desde el punto de vista de su superficial uso político, también han dejado una huella sobre la posibilidad de entendimiento reciproco de la cultura europeo-capitalista (en el sentido de Max Weber) y las culturas de los pueblos originarios tanto de México como de Abya Yala toda, pues compartimos espacio y tiempo, historia y futuro, es decir un presente lleno de contradicciones y aspiraciones.

Si compartimos la madre tierra, entonces hay un sustrato de entendimiento; el problema es cómo lograrlo: una posible respuesta es mediante la educación; salta de inmediato la pregunta ¿de cuál educación? ¿De la europea nacionalizada como mexicana en el siglo XX que tiene grandes logros como los artículos segundo y tercero de la Constitución, de la educación religiosa cristiana basada en el amor al prójimo y su reconocimiento como iguales que practicaron Bartolomé de las Casas y Vasco de Quiroga? ¿de los modelos educativos incluyentes del siglo XX que han tenido algunos resultados positivos en Europa? ¿del modelo cheroquee en Estados Unidos y Canadá que ha sobrevivido como tal al tiempo que se ha integrado a la cultura norteamericana? ¿de los muchos ensayos educativos indígenas que ellos han realizado en México a partir de 1994? ¿del modelo boliviano de la buena vida que permite que convivan en paz las muchas naciones de Bolivia, desafiando al sistema capitalista de forma estructural, legal, política y económicamente?

Es claro que no hay una sola respuesta, sino muchas; los procesos llevados a cabo en México sobre la aculturación, la aceptación semi-religiosa del otro como hermano, los numerosos ensayos de la política mexicana en la segunda mitad del siglo XX para fingir/adoptar una política de inclusión de los indígenas como ciudadanos iguales ante el Estado mexicano y sus gobiernos liberales, revolucionarios, priistas, neoliberales, ahora en el proceso de una cuarta transformación de la historia: repetimos, en una mezcla de mala y de buena fe, estos procesos tienen que tener y mantener una base cultural sólida, pues es la única forma de realmente lograrlo y no sólo a trazos de pinceladas constitucionalistas que reflejan una veleidad política más que un intento serio de aceptación del otro como un igual, del indígena del siglo XXI que vive en la sierra y en la selva, o que se ha semi-adaptado para vivir en ciudad Netzahualcóyotl o en Coatzacoalcos o en Lázaro Cárdenas, Michoacán. ¿Cómo se puede lograr realmente este proceso? La respuesta es casi evidente: mediante la educación.

La respuesta a la segunda pregunta no es evidente: ¿qué tipo de educación? Los muchos contenidos educacionales ensayados oficialmente dentro de un marco nacional y pedagógico común –es decir indiscriminado- con variantes en el marco sociolingüístico, se han hecho cada vez más complejos. Por estas razones y motivos, y al agradecer sus enseñanzas, cito a continuación de forma muy breve las precisiones de este proceso educativo indicadas con mayor detalle por el Dr. Natalio Hernández Hernández (2024, Doctor Honoris Causa por El Colegio de Veracruz) en su libro Timocuepah tochan ( El regreso a casa):
Alfabetización en lenguas indígenas (1940-1970); Educación bilingüe cultural (1970-2000); Educación intercultural bilingüe (2001-2022), entre otras.

El contexto de esta “intervención socioeducativa” en un primer conjunto de experiencias educativas comunitarias descritas por el Dr. Natalio Hernández, que –como arriba se señala- han variado y responden a las políticas educativas oficiales de distintos momentos, útiles para seguir construyendo nuestra educación como nación multicultural, pero con objetivos y contextos diferentes que han convertido a la educación en un “laboratorio pedagógico” con diversos equipamientos y fines.

La “educación indígena” desde la Secretaría de Educación Pública del gobierno federal ha estado variando con puntualidad sexenal, de acuerdo a la aceptación o rechazo que recibe tanto dentro de las comunidades indígenas propiamente, como dentro de las comunidades educativas encargadas de impartirla en lugares muy distantes de las grandes ciudades del país, medios
rurales a los cuales es complicado acceder y que exigen de una buena disposición y, sobre todo, de una vocación auténticamente magisterial.

El segundo conjunto de intervenciones educativas comunitarias con enfoque intercultural del libro citado, ilustra con detalle experiencias con diferentes comunidades del país, experiencias ya largas (23 años) que se han desarrollado con la intervención decidida y valiosa de distintas comunidades indígenas que han mantenido enseñanzas muy ricas e interesantes señaladas con detalle por el Dr. Hernández Hernández, prácticas que han pasado de marginales a la efectiva realización de un sueño –como las experiencias educativas del proyecto y organización Tsotsil Sociedad Civil Las Abejas- por lo que son sumamente valiosas ya que abren los ojos y la mente a los retos del futuro para la educación denominada “intercultural”.

La educación intercultural intenta estar –actuar- entre dos culturas como un puente que las pudiera unir en una educación compartida desde la generalizada por el sistema federal con las experiencias locales de diversas comunidades que por motu propio han decidido realizar un proceso de educación compartida, esto es, la generalizada para el país, con la parte local, comunitaria o comunal que busca y desarrolla en las raíces propias tanto su propia cosmovisión, como su propio proceso de enseñanza, es decir, el contenido educacional y la pedagogía adecuados a su particular comunidad y cultura.

Esta alternancia obedece a procesos señalados en la obra citada del Dr, Natalio Hernández y son sin ninguna duda, una experiencia valiosísima para la educación intercultural en nuestro país, y también para el mundo, ya que demuestran en su lento e indeciso desarrollo original los problemas materiales y las dudas sobre contenidos y formas de enseñanza a los que se han enfrentado las comunidades que él ha estudiado en México, y que no obstante, han sido llevadas a cabo para la construcción de estos espacios interculturales que finalmente han tenido un desarrollo fructífero.

Lo que finalmente en este espacio deseo destacar, es que a este proceso de educación oficial, impuesta desde el poder del Estado primero con fines políticos evidentes, y después como un proceso de negociación política de aceptación incluyente con las comunidades indígenas cada vez más participativas e incluso beligerantes -como el EZLN- precisamente se caracteriza por ese intercambio intercultural iniciado con la educación bilingüe desde la primaria y que ha avanzado hasta incluir licenciaturas y por lo menos una maestría, como es el caso de la Universidad Veracruzana Intercultural que realiza este “intercambio” educativo, si, mediante ese proceso de traducción, que desde luego es interesante, útil, benéfico para ambas partes, constructivo también para ambas partes, alentador para el futuro –pues inicia un camino de comprensión y autonomía educativa de los pueblos indígenas- y destructor de mitos del pasado, que se construye de manera simultánea además de la práctica pedagógica, con una valiosa bibliografía y se organiza educativamente de formas crecientemente fortalecidas, como la Universidad Autónoma Indígena, y desde luego muy positiva en puntos cruciales tales como los procesos de enseñanza que están dirigidos a la práctica productiva y social (es decir, no es sólo teoría), de ahí la importancia de lo señalado en el epígrafe; sin embargo, desde nuestro punto de vista, gran parte de esto es aún insuficiente.

Más allá del proceso de la interculturización, y dado que coincido ampliamente con lo precisado por el Dr. Natalio Hernández: “se busca que la pedagogía se centre en que los alumnos no son objetos de conocimiento sino sujetos con agencia e iniciativa” (p. 110), mi propuesta personal ha señalado a la “transculturación” como el proceso de comunicación sociopolítica con el mundo de la vida, basado en el pensamiento de Jürgen Habermas que posibilitaría esa educación en dos sentidos y simultánea para las dos partes: desde la visión moderna activa y desde la visión indígena activa (tema trabajado como investigación en el COLVER con el título de: “Propuesta de diálogo transcultural por medio de la educación en la región del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec”).

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