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El trilema energético y sus tendencias actuales

En el ámbito energético, el concepto de trilema energético fue desarrollado por el Consejo Mundial de la Energía para describir una situación en la que tres objetivos fundamentales entran en tensión permanente, de modo que el avance en uno suele implicar restricciones o retrocesos en los otros dos. Desde 2010, el Consejo Mundial de la Energía calcula el Índice del Trilema Energético Mundial, estructurado en torno a tres pilares interdependientes: la seguridad energética, la equidad energética y la sostenibilidad ambiental.

La seguridad energética que se refiere a la capacidad de un país para satisfacer la demanda actual y futura de energía de forma fiable, garantizando la continuidad del suministro, la resiliencia frente a perturbaciones y la capacidad de recuperación ante crisis o choques externos, con interrupciones mínimas.

La equidad energética que evalúa la capacidad de proporcionar acceso universal a energía fiable, asequible y suficiente, con precios razonables tanto para los hogares como para las actividades productivas.

La sostenibilidad ambiental que representa la transición del sistema energético hacia modelos que mitiguen y prevengan los daños ambientales y los impactos del cambio climático. Se centra en la eficiencia de la generación, transmisión y distribución de la energía, así como en los procesos de descarbonización y reducción de emisiones.

De manera complementaria, el Índice del trilema energético mundial incorpora una cuarta dimensión, denominada contexto del país, que mide las condiciones estructurales que permiten implementar políticas energéticas eficaces, como la estabilidad macroeconómica, la calidad de la gobernanza, la efectividad institucional, la estabilidad política y la capacidad de innovación y atracción de inversiones.

En la coyuntura actual, la creciente volatilidad geopolítica está obligando a los países a replantear sus decisiones en el marco del trilema energético, es decir, del equilibrio entre seguridad energética, sostenibilidad ambiental y equidad energética. En este contexto, la seguridad energética se ha consolidado como la prioridad dominante en el corto plazo. Episodios críticos, como las interrupciones en el tránsito marítimo por el Estrecho de Ormuz —uno de los corredores estratégicos más relevantes para el comercio mundial de hidrocarburos—, han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro energético.

Esta disrupción en el comercio de hidrocarburos ha intensificado la volatilidad de los precios internacionales del petróleo y del gas, además de obligar a reconfigurar rutas comerciales, proveedores y mecanismos de almacenamiento estratégico. En respuesta, numerosos países importadores han reforzado políticas orientadas a garantizar el abastecimiento energético mediante la diversificación de sus fuentes de suministro, la ampliación de reservas estratégicas y la suscripción de contratos de largo plazo. Sin embargo, estas medidas han supuesto, en muchos casos, mayores costos económicos y, de forma temporal, cierta flexibilización o postergación de compromisos ambientales vinculados a la transición energética y a la reducción de emisiones contaminantes.

Este encarecimiento de la energía repercute de manera inmediata en la equidad energética. El alza de los precios afecta al conjunto de la economía al generar presiones inflacionarias, incrementar las cargas fiscales asociadas a los subsidios y reducir el ingreso real de los hogares. En consecuencia, los gobiernos enfrentan un dilema complejo entre proteger a los consumidores y preservar la estabilidad macroeconómica.

Al mismo tiempo, la sostenibilidad ambiental tiende a verse comprometida en el corto plazo. Ante la urgencia de asegurar el suministro, varios países han reactivado fuentes fósiles más contaminantes, flexibilizado temporalmente sus metas de emisiones o pospuesto el cierre de plantas nucleares. Sin embargo, de forma paradójica, estos mismos choques pueden reforzar, en el mediano y largo plazo, los incentivos para acelerar la transición hacia energías limpias, con el propósito de reducir la dependencia externa y fortalecer la autonomía energética.

En conjunto, el conflicto geopolítico desplaza el equilibrio del trilema hacia una configuración dominada por la seguridad energética, a costa de mayores precios y de un desempeño ambiental más débil en el corto plazo. Este sesgo hacia la seguridad energética confirma que la transición energética no sigue una trayectoria lineal, sino que está marcada por ajustes continuos y por la necesidad permanente de equilibrar seguridad, asequibilidad y sostenibilidad en un entorno global cada vez más incierto.

Más allá de los choques coyunturales, el análisis de largo plazo del Índice del Trilema Energético Mundial permite identificar transformaciones estructurales en la matriz energética global. Para el Consejo Mundial de Energía, este proceso se ha caracterizado por un tránsito gradual desde una elevada dependencia de los combustibles fósiles hacia un sistema más diversificado, descarbonizado y tecnológicamente complejo, en el que coexisten múltiples fuentes y vectores energéticos; así como, diversos choques externos, restricciones económicas y decisiones estratégicas vinculadas a la seguridad nacional.

Una de las tendencias más claras es la acelerada expansión de las energías renovables, en particular la solar y la eólica. En los últimos años, ambas tecnologías han alcanzado una participación inédita en la generación eléctrica mundial, superando a fuentes tradicionales como la hidroeléctrica y acercándose a la nuclear. Esta evolución refleja un avance significativo en la dimensión ambiental del trilema y una reducción relativa de la dependencia de los combustibles fósiles. Sin embargo, también introduce desafíos operativos relevantes, asociados a la intermitencia y variabilidad de estas fuentes, lo que exige mayores inversiones en redes, almacenamiento y flexibilidad del sistema eléctrico.

Paralelamente, el concepto de seguridad energética ha experimentado una redefinición sustancial. De una visión centrada casi exclusivamente en la estabilidad del suministro de petróleo y gas, ha evolucionado hacia un enfoque de resiliencia dinámica que incorpora riesgos climáticos, físicos y digitales sobre la infraestructura energética. Además, la transición hacia tecnologías limpias ha generado nuevas dependencias estratégicas en torno a minerales y metales críticos, cuyas cadenas de suministro se encuentran altamente concentradas y sujetas a crecientes disputas geopolíticas.

Los choques geopolíticos recientes han reforzado esta centralidad de la seguridad energética. Crisis internacionales y conflictos armados han obligado a numerosos países, especialmente en Europa, a diversificar de manera acelerada sus fuentes de suministro e incluso a recurrir temporalmente a combustibles más intensivos en emisiones. En otras regiones, como América Latina, África y Asia, el aumento de los precios internacionales ha incentivado la expansión de la producción doméstica de petróleo y gas, generando nuevas tensiones entre los objetivos de autosuficiencia, asequibilidad y sostenibilidad ambiental.

Este entorno de alta volatilidad se ha traducido en presiones crecientes sobre la equidad energética. El encarecimiento de la energía impacta directamente en los hogares y en la competitividad de las economías, alimentando presiones inflacionarias y obligando a los gobiernos a ampliar esquemas de subsidios con elevados costos fiscales. Aun así, en una perspectiva de más largo plazo, se observan avances relevantes en electrificación y acceso a energías modernas, consolidando la noción de un “mínimo de energía moderna” como condición indispensable para el desarrollo económico y la inclusión social.

En este contexto emergen nuevas fronteras tecnológicas que están redefiniendo las trayectorias de la transición energética. El hidrógeno verde se perfila como una alternativa clave para descarbonizar sectores difíciles de electrificar, mientras que la energía nuclear ha recuperado protagonismo como fuente de generación de base con bajas emisiones. Lejos de concebirse como un sustituto de las renovables, la energía nuclear tiende a desempeñar un papel complementario, al aportar generación continua que contribuye a estabilizar sistemas eléctricos con alta penetración de fuentes intermitentes y a reducir la dependencia de plantas fósiles de respaldo.

En última instancia, el análisis del trilema energético en un contexto geopolítico cambiante pone de manifiesto una realidad incómoda: la transición energética no es un proceso técnico inevitable ni unívocamente progresivo, sino un campo de tensión política en el que los avances ambientales pueden verse subordinados—temporal o estructuralmente—a imperativos de seguridad y estabilidad económica. Esta dinámica cuestiona los discursos normativos que presentan la descarbonización como un camino lineal y consensuado, y obliga a repensar la gobernanza energética global desde una perspectiva más realista, consciente de los conflictos, asimetrías y trade-offs que atraviesan el sistema energético internacional. Reconocer este carácter conflictivo no implica renunciar a la transición, sino asumir que su viabilidad depende, precisamente, de la gestión explícita de sus tensiones.

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