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El sheriff incendiario y su ayudante nuclear

ECP

El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra instalaciones militares y estratégicas iraníes marca un punto de inflexión que el mundo todavía no termina de dimensionar. No se trata de un episodio más en la larga tensión de Medio Oriente ni de una operación quirúrgica destinada únicamente a degradar capacidades militares. La magnitud del despliegue, la coordinación binacional y el objetivo político implícito revelan algo distinto: el inicio de una guerra cuyo desenlace nadie controla plenamente.

Durante semanas, las señales estuvieron a la vista. Dos grupos de portaaviones estadounidenses fueron posicionados en la región, más de un centenar de aeronaves estratégicas fueron trasladadas a Europa y Medio Oriente y se activó una arquitectura militar que sólo se despliega cuando la decisión ya está tomada. El bombardeo posterior confirmó que no se trataba de disuasión, sino de preparación operativa.

El ataque no buscó únicamente enviar un mensaje. Buscó alterar el equilibrio interno del Estado iraní mediante la destrucción simultánea de infraestructura militar y centros de mando. Ese tipo de operación pertenece a la doctrina de decapitación estratégica: golpear la continuidad política del adversario esperando provocar desorganización interna o colapso del régimen.

El problema es histórico. Cada vez que Washington ha intentado rediseñar Medio Oriente mediante poder aéreo —Irak, Libia, Siria— el resultado ha sido exactamente el contrario al declarado: fragmentación regional, actores armados autónomos y conflictos prolongados imposibles de cerrar.

Irán, además, no es un Estado aislado. Posee redes militares y políticas extendidas en Líbano, Irak, Yemen y el Golfo Pérsico. La respuesta comenzó casi de inmediato mediante ataques indirectos y advertencias de represalias mayores. El conflicto dejó de ser bilateral desde el primer momento.

La pregunta central ya no es si habrá escalada, sino qué tipo de escalada.

Primer escenario: guerra contenida regional. Estados Unidos e Israel continúan ataques selectivos mientras Irán responde mediante fuerzas aliadas sin cruzar el umbral de una confrontación directa total. Sería el escenario más administrable, aunque implicaría meses —o años— de inestabilidad energética y militar permanente.

Segundo escenario: guerra regional ampliada. El cierre parcial del estrecho de Ormuz, ataques sostenidos a bases estadounidenses o la intervención abierta de Hezbollah transformarían el conflicto en una guerra de Medio Oriente de gran escala. El impacto inmediato sería global: petróleo, comercio marítimo e inflación internacional.

Tercer escenario: internacionalización del conflicto. Si Rusia o China perciben que el objetivo real es modificar el equilibrio estratégico global y no sólo contener a Irán, podrían intervenir indirectamente mediante apoyo militar o logístico. En ese punto dejaría de existir una guerra regional para convertirse en una crisis sistémica comparable a las grandes confrontaciones del siglo XX.

En este contexto surge una pregunta incómoda que rara vez se formula en términos estructurales: ¿actúan Estados Unidos e Israel como un eje de poder impulsado por intereses permanentes más allá de gobiernos específicos?

No se trata de una categoría moral ni propagandística. Tampoco de simplificaciones ideológicas. Se trata de observar la convergencia objetiva entre complejos industriales militares, seguridad energética, supremacía tecnológica y sistemas financieros profundamente vinculados a la lógica de conflicto permanente. El llamado deep state no es una conspiración cinematográfica; es la continuidad institucional de intereses económicos, militares y estratégicos que sobreviven a presidentes, elecciones y discursos públicos.

Desde esa perspectiva, la guerra aparece menos como reacción defensiva inmediata y más como mecanismo de preservación de hegemonía en un mundo donde el poder estadounidense enfrenta desgaste relativo y transición multipolar. La historia muestra que las potencias en fase de pérdida de centralidad tienden a recurrir con mayor frecuencia al instrumento militar para sostener posiciones estratégicas.

El riesgo, sin embargo, es evidente. Las guerras iniciadas para preservar el orden suelen acelerar su transformación.

El mundo entra así en una fase incierta donde el conflicto ya no responde únicamente a amenazas concretas, sino a la disputa por el diseño del sistema internacional del siglo XXI. Y cuando las guerras comienzan por cálculo estratégico y no por necesidad inmediata, rara vez terminan donde sus promotores imaginaron.

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