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El país que se mira en sus mujeres originarias

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El homenaje de esta mañana a las mujeres indígenas —con especial énfasis en Malintzin— toca un punto neurálgico de la historia mexicana: la deuda profunda, estructural y persistente con las mujeres que, siendo el corazón cultural y lingüístico del territorio, han cargado durante siglos con la triple discriminación que sostiene la desigualdad nacional: la pobreza, el género y el color de piel. Reconocerlas no es un gesto ceremonial; es un acto de rectificación histórica.

Malintzin encarna ese nudo trágico y luminoso. Fue esclavizada por un pueblo indígena rival y posteriormente entregada a Hernán Cortés, no como obsequio, sino como pieza dentro de una guerra interétnica que ya existía antes de los españoles. Pero su genio lingüístico —hablaba náhuatl, maya chontal y aprendió el castellano en meses— la convirtió en intérprete diplomática, negociadora y mediadora entre dos mundos en conflicto. No fue traidora ni heroína simple: fue una mujer indígena utilizada por un sistema patriarcal indígena y luego por uno colonial. Su historia revela la complejidad del nacimiento de México y la necesidad de desmontar mitologías simplistas que han ocultado el papel de las mujeres originarias como sujetos políticos.

La figura de Tecuichpo —la hija de Moctezuma, rebautizada Isabel de Moctezuma— muestra otra arista. Sobrevivió al derrumbe de su mundo, a matrimonios impuestos, a alianzas calculadas, y aun así se convirtió en puente entre la nobleza indígena y la sociedad novohispana. Su vida evidencia que las mujeres indígenas no fueron espectadoras de la Conquista: fueron arquitectas silenciosas de la continuidad cultural que evitó que México fuera reducido a una simple colonia europea.

Y está también Eréndira, la joven purépecha que aprendió a cabalgar como los españoles para encabezar la resistencia armada en Michoacán. Su historia, envuelta en mito pero sostenida por crónicas indígenas, simboliza la decisión de un pueblo de no rendirse y la capacidad de una mujer para convertirse en líder militar en un mundo donde el género determinaba la obediencia. Eréndira es la prueba de que la rebeldía indígena tuvo rostro femenino.

Pero estas figuras no son excepciones: representan a las abuelas anónimas que preservaron la lengua, la milpa, la medicina, los cantos, los saberes del agua y la tierra; a las mujeres desplazadas, golpeadas, despreciadas, invisibilizadas por sistemas que combinaron racismo, clasismo y patriarcado con una crueldad sistemática. La discriminación en México tiene tres columnas: ser pobre, ser mujer y tener piel morena. Ellas cargan las tres.

Por eso la reivindicación no puede limitarse a una ceremonia. Implica transformar la estructura del país: garantizar tierras, justicia, protección frente al feminicidio, educación en lenguas originarias, reconocimiento pleno de los sistemas normativos indígenas y acceso real a la vida pública sin tutelajes. Implica desmontar el racismo que aún considera “menos valioso” lo indígena y la misoginia que sigue creyendo que las mujeres deben agradecer sobrevivir.

México no puede consolidarse como nación sin reconocer que su raíz más profunda está en las mujeres que sostuvieron al país cuando los imperios colapsaban y cuando los gobiernos fallaban. El país debe asumir que Malintzin, Tecuichpo y Eréndira no son notas al pie de la historia, sino columnas maestras de la identidad nacional. Reivindicarlas no es un gesto hacia el pasado: es una obligación con el futuro.

El México que viene solo podrá llamarse justo si empieza por mirar de frente a las mujeres indígenas y darles, al fin, el lugar de dignidad que les fue arrebatado durante quinientos años.

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