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El ocaso del intocable: Salinas Pliego frente al Estado

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La sentencia definitiva de la Suprema Corte que obliga a Ricardo Salinas Pliego a cubrir sus adeudos fiscales abrió un quiebre profundo en las viejas relaciones entre el poder económico y el Estado. Durante quince años, el empresario desplegó una estrategia jurídica pensada para aplazar el pago de ISR omitido entre 2008 y 2013: juicios de nulidad, amparos sucesivos, tecnicismos, recursos formales y tácticas procesales destinadas a ganar tiempo. Pero el tiempo se agotó. La Corte resolvió que no existió violación constitucional alguna y declaró firme una deuda superior a cuarenta y ocho mil millones de pesos. Una vez firme, un crédito fiscal ya no se discute: se cobra.

El conflicto pasó del terreno legal al operativo. El SAT adquirió la facultad plena de iniciar el Procedimiento Administrativo de Ejecución, que le permite requerir pago, exigir garantías, congelar cuentas bancarias, embargar bienes muebles e inmuebles, intervenir marcas registradas, limitar operaciones financieras y ejecutar activos. No es una persecución política: es la operación normal de un Estado que aplica su legislación fiscal. Durante décadas, los grandes contribuyentes abusaron de la complejidad del sistema para aplazar pagos o evadirlos jurídicamente. Esta vez, la puerta se cerró.

La respuesta del magnate fue transformar su problema fiscal en un relato político. Alega persecución, denuncia abuso de poder, se envuelve en el discurso de víctima y anuncia que acudirá a instancias internacionales. Pero ningún tribunal externo puede suspender la ejecución fiscal en México. Estas rutas tienen valor mediático, no jurídico. Son herramientas para reforzar una imagen construida con cuidado: la del empresario que se enfrenta al poder, aunque en realidad esté enfrentando una obligación tributaria que cualquier ciudadano debe cumplir.

El problema para Salinas Pliego es que su conglomerado ya no tiene el aire financiero de otros tiempos. TV Azteca arrastra años de pérdidas, juicios en Estados Unidos, tensiones con proveedores y una caída sostenida en ingresos publicitarios. Elektra depende de liquidez constante; un aseguramiento precautorio del SAT, incluso antes de un embargo formal, podría afectar su sistema de pagos, su operación de créditos y su relación con bancos e inversionistas. El golpe fiscal no llega en un momento de fortaleza, sino en uno de vulnerabilidad acumulada.

Si decide pagar, podría negociar un esquema de parcialidades que reduzca el impacto inmediato, preserve operaciones esenciales y limite la erosión reputacional. Sería una derrota controlada, pero le permitiría conservar las piezas centrales de su estructura empresarial. Si opta por resistir, el SAT deberá proceder con embargos: congelamiento de cuentas, aseguramiento de bienes, ejecución de activos y eventual remate de propiedades. No hacerlo sería una renuncia del Estado a su deber legal y una señal devastadora en materia de equidad fiscal.

Existe una tercera vía: la confrontación prolongada. En ese escenario, el empresario intensificaría su narrativa de persecución, usaría su plataforma mediática para victimizarse, buscaría apoyo político externo y trataría de convertir la ejecución fiscal en un conflicto ideológico. Pero esta estrategia tiene límites prácticos: no impide embargos, agrava el desgaste reputacional y profundiza la incertidumbre dentro de sus empresas. Además, coloca al Estado en una posición en la que no puede ceder sin debilitar su legitimidad.

El caso se ha convertido en un espejo de algo mayor: la capacidad del Estado mexicano para sostener un principio elemental de justicia tributaria frente a la presión del poder económico. La Cuarta Transformación ha construido un discurso de equidad fiscal y combate al privilegio. Ahora debe llevarlo a la práctica con rigor. La resolución de la Corte no solo obliga a Salinas Pliego a pagar. Obliga al Estado a no retroceder.

El mito del “intocable” comenzó a resquebrajarse. Y ese quiebre, más allá del protagonista, marca un precedente: en México, la ley puede —y debe— alcanzar también a quienes siempre creyeron estar por encima de ella.

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