El narcoestado más poderoso del planeta no está al sur del río Bravo, sino en Washington. Lo dijo recientemente Pedro Miguel en Canal 22 y la evidencia histórica lo respalda con una contundencia que ningún funcionario estadounidense se atreverá a discutir. Mientras Washington sermonea al mundo sobre “combate a las drogas”, su propio aparato militar, financiero y corporativo ha construido, desde hace siglo y medio, un sistema económico donde el narcotráfico no es un enemigo externo, sino un instrumento funcional de poder. El país que exige mano dura es el mismo que convirtió las drogas en un negocio geopolítico, un arma diplomática y una industria doméstica multimillonaria. Todo empieza con la hipocresía histórica.
Durante las Guerras del Opio, Estados Unidos participó como socio menor del saqueo imperial que inundó China con drogas para abrir mercados a la fuerza. Ese fue el primer laboratorio del capital estadounidense vinculado a sustancias prohibidas. Décadas después, en la Segunda Guerra Mundial, mandos militares pactaron con la mafia italoamericana para garantizar el desembarco en Sicilia: Lucky Luciano y sus redes criminales trabajaron codo a codo con el ejército estadounidense. El narco no estaba “afuera”: estaba en la cadena de mando.
Vietnam llevó la relación aún más lejos. Investigaciones periodísticas y académicas demostraron que parte de la heroína del Triángulo Dorado llegó a Estados Unidos en aviones militares. No es metáfora ni teoría: fue logística de guerra. El Estado que hoy acusa a México de “envenenar a su juventud” fue incapaz –o no quiso– evitar que sus propios vuelos militares se convirtieran en corredores de tráfico. Esa heroína produjo una epidemia que arrasó barrios enteros en los años 70. Pero nada se compara con el uso político del narcotráfico en América Latina. La CIA toleró y encubrió operaciones de tráfico de cocaína para financiar a la Contra nicaragüense en los 80.
Colombia vivió durante décadas una guerra diseñada para servir intereses geoestratégicos estadounidenses, no para erradicar drogas. Y México recibió la Iniciativa Mérida, que militarizó al país sin reducir ni un gramo del consumo estadounidense. La “guerra contra las drogas” ha sido, para Washington, la coartada perfecta para intervenir gobiernos, disciplinar ejércitos y mantener a América Latina bajo tutela. Mientras tanto, dentro de Estados Unidos el narco se incrustó en el corazón de la economía legal. Los grandes bancos de Wall Street han sido repetidamente acusados –y multados– por lavar miles de millones de dólares del narcotráfico.
HSBC, Wachovia y otros gigantes financieros operaron durante años como lavanderías globales y no hubo un solo banquero en la cárcel. En el narcoestado estadounidense, el crimen siempre paga… salvo cuando beneficia a los pobres. Y llegó el fentanilo. La peor epidemia de drogas en la historia moderna no tiene origen en México ni en China, sino en las farmacéuticas estadounidenses que sembraron adicción con opioides legales, engañando a médicos y pacientes. Purdue Pharma, Johnson & Johnson y distribuidores como McKesson sabían que estaban creando adictos en masa. La DEA también lo sabía. Callaron. Y hoy más de 110 mil estadounidenses mueren cada año por sobredosis.
No es un ataque externo: es un colapso interno provocado por corporaciones protegidas por el propio Estado. Con este historial, resulta grotesco que politiqueros de Washington pretendan culpar a México de lo que su propio sistema ha producido, protegido y monetizado durante décadas. Antes de lanzar amenazas militares o financieras contra nuestro país, Estados Unidos debería mirar su casa: un aparato militar asociado históricamente a mafias, una CIA que ha traficado para financiar guerras sucias, bancos que lavan dinero a escala industrial y farmacéuticas que destruyeron generaciones enteras. México no es el problema. México es el espejo que Estados Unidos no quiere mirar. Y ya es hora de decirlo sin miedo: el verdadero narcoestado, el único, está al norte.




