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El Estado herido: alcaldes en la línea de fuego

El asesinato del alcalde de Uruapan, Michoacán, es más que una tragedia individual: es el retrato de un país donde la política local se ha convertido en una profesión de alto riesgo. Carlos Manzo, un edil que había denunciado los vínculos entre el crimen organizado y el poder político, fue ejecutado a plena luz del día, en un acto público, frente a su comunidad. Su muerte no es sólo un golpe a su municipio; es una herida abierta en la gobernabilidad del país.

México vive un proceso silencioso de erosión institucional desde su base. Los municipios, que deberían ser el rostro más cercano del Estado, son hoy su punto más débil. Allí donde las policías locales son rebasadas, donde los recursos son insuficientes y donde la ley depende de la voluntad de unos pocos, el crimen encuentra terreno fértil para imponer su propio orden. Los alcaldes se convierten en blanco y mensaje: matar a uno es advertir a todos.

El Estado mexicano ha intentado durante décadas combatir al crimen organizado con estrategias verticales —militares, federales, centralizadas—, pero ha descuidado su dimensión más vulnerable: los gobiernos locales. Sin una red de protección municipal, cualquier política de seguridad nacional es un edificio sin cimientos. La violencia se filtra por los márgenes, por los caminos rurales, por los municipios donde el presupuesto no alcanza ni para gasolina o armamento, y donde los policías viven con miedo.

Claudia Sheinbaum, al descartar un cambio drástico en la estrategia de seguridad, asume un desafío complejo: mantener la estabilidad institucional mientras enfrenta una violencia que ya no distingue entre Estado y sociedad. No se trata sólo de perseguir criminales, sino de reconstruir el tejido de autoridad en los municipios. Eso implica repensar desde la formación de las policías locales hasta los mecanismos de cooperación entre niveles de gobierno. El problema no es sólo de fuerza, sino de confianza.

Hoy, buena parte de los alcaldes del país vive bajo amenaza, se desplaza con escoltas o evita participar en actos públicos. Cada asesinato de un funcionario municipal erosiona la legitimidad del Estado. En los hechos, muchos municipios están cooptados por intereses delictivos, mientras otros sobreviven bajo un pacto tácito de tolerancia. El resultado es una gobernabilidad fragmentada: una nación formalmente unida, pero administrada por poderes paralelos en zonas enteras.

Reconfigurar la protección del Estado a nivel local no significa militarizar los municipios, sino devolverles capacidad y dignidad. Crear policías regionales profesionalizadas, coordinadas con mandos estatales y federales, podría ser un paso intermedio. Pero se requiere también un blindaje político: mecanismos que garanticen la integridad física y jurídica de los alcaldes que se atreven a denunciar la corrupción o desafiar al crimen. La impunidad no sólo mata la justicia, mata la esperanza de gobernar.

El país necesita entender que la seguridad no se construye desde los cuarteles, sino desde las plazas, las escuelas, los cabildos. El poder local debe ser una fuente de autoridad legítima, no un eslabón débil que el miedo doblega. Cada alcalde asesinado debilita la democracia; cada municipio sometido es un territorio que el Estado pierde sin declararlo.

El asesinato de Carlos Manzo duele,y obliga a repensare ¿qué clase de Estado queremos ser? Si el Estado no protege a quienes lo representan en sus niveles más cercanos a la sociedad terminará siendo una abstracción sin rostro. Gobernar no debería ser una condena de muerte, sino un acto de servicio.

Reconfigurar la protección del Estado desde lo local no es una opción técnica, es una urgencia moral. Mientras no se proteja la primera línea del gobierno —los municipios—, la República seguirá siendo un mapa lleno de fronteras invisibles, donde la soberanía se disputa calle por calle y donde la autoridad se apaga, como una vela, en cada atentado impune.

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