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El espejismo opositor llamado “Somos México” 

En la política mexicana los disfraces nunca han estado de moda, pero la oposición ha encontrado en ellos un último recurso. Tras siete años de derrota, desarticulación y berrinches, aparece Somos México como la nueva marca registrada de lo que en realidad es: el reciclaje de los mismos apellidos, las mismas mañas y el mismo tufo a privilegios de antaño. La diferencia es que ahora pretenden venderse como “ciudadanía organizada”, cuando en realidad son el ala más conservadora y resentida de quienes vieron en la Cuarta Transformación el fin de su pequeño festín de privilegios. Los nombres detrás de este nuevo intento no engañan a nadie. 

Edmundo Jacobo, el burócrata dorado que durante casi 15 años como secretario ejecutivo del INE cobró sueldos de alrededor de 220 mil pesos mensuales y se jubiló con una pensión cercana a los 200 mil pesos mensuales. Lorenzo Córdova, que tras su salida del INE se aseguró un retiro inmediato con percepciones equivalentes a las de ministros de la Corte, con bonos y seguros médicos privados pagados por años. Otros consejeros y altos funcionarios, jubilados tempranamente, garantizaban pensiones de entre 150 y 180 mil pesos mensuales, en un país donde la pensión promedio del IMSS apenas ronda los 6 mil pesos. A eso se le llamaba “servicio público”: cobrar como magnates y jubilarse como jeques. Hablan de democracia, pero lo que defienden son nóminas doradas. Se rasgan las vestiduras por la “institucionalidad”, pero nunca se rasgaron nada cuando desde su atalaya burocrática se premiaba la simulación y se garantizaban contratos a modo. 

La narrativa es tan cansina como predecible: frente a la 4T no plantean un proyecto de país, sino un rosario de quejas. Contra Sheinbaum y antes contra López Obrador, su única “plataforma” ha sido el grito de alarma, la denuncia sin sustento y la convocatoria al extranjero para que intervenga en los asuntos nacionales. Y ahora resulta que con Somos México dicen haber encontrado la fórmula para convertirse en la oposición que el país “necesita”. El problema es que México ya conoce esa receta: se trata de la misma sopa recalentada de tecnócratas jubilados a destiempo, dirigentes sin base social y opinólogos que confunden trending topic con legitimidad popular. En siete años de gobierno de la 4T, la oposición no ha sido capaz de articular una sola propuesta de nación que se sostenga en pie más allá de la conferencia de prensa. No hay plan de desarrollo, no hay proyecto energético, no hay visión educativa, no hay propuesta de seguridad que no sea el manido “regresen los militares a los cuarteles” (dicho con una mezcla de nostalgia y cinismo, porque cuando ellos gobernaban eran los primeros en sacar a los soldados a la calle). 

Frente a esa orfandad intelectual y política, Somos México se presenta como un “primer intento serio” de articular a una oposición que hasta ahora ha vivido de la crítica fácil y de la añoranza de los tiempos en que bastaba con ganar la bendición de Washington y los editoriales de Reforma para sentirse gobierno en la sombra. El escepticismo es inevitable. ¿De verdad alguien puede creer que figuras que han hecho carrera defendiendo sus propios sueldos y prebendas ahora van a representar a los millones de mexicanos que viven con menos de dos salarios mínimos? ¿Puede considerarse “renovación democrática” un proyecto conducido por quienes nunca han pisado un mercado popular, pero sí se saben de memoria las rutas de los vuelos ejecutivos? ¿Es oposición o es club de jubilados prematuros con vocación de mártires democráticos? Más que un partido en ciernes, Somos México parece un intento desesperado por darle verosimilitud a un bloque opositor que ha perdido toda credibilidad. Lo que se vende como “plataforma ciudadana” no es más que la coartada institucional de siempre: la defensa de un modelo que nunca tuvo interés en redistribuir, sino en conservar. Y lo hacen además con una retórica hueca, la de la “pluralidad” y el “respeto al Estado de derecho”, cuando en los hechos representan la continuidad de un sistema que se dedicó a garantizar el despojo en nombre de la legalidad. 

El país, sin embargo, ya cambió. Lo saben aunque lo nieguen. Por eso recurren al disfraz ciudadano: porque entienden que nadie les cree si se presentan como lo que en realidad son, conservadores de derecha con historial de irregularidades, con nóminas escandalosas y jubilaciones doradas. Lo paradójico es que al querer reinventarse como algo nuevo, terminan confirmando lo viejo: la oposición mexicana sigue siendo incapaz de articular una visión de futuro, y en su lugar nos ofrece una nueva sigla, un nuevo logotipo y un nuevo espejismo. Quizá este sea el primer intento serio de articular a la oposición en un partido con pretensiones de estructura. Pero un esqueleto pintado de colores no deja de ser esqueleto. Lo verosímil no se construye con papeles ante el INE ni con asambleas a modo; se construye con propuestas, con base social, con contacto real con la gente. Y eso es justamente lo que les falta. 

Lo que Somos México representa no es una opción de país, sino la confesión más clara de que la oposición, en siete años, no ha encontrado otra cosa que reciclar a sus burócratas más grises para intentar disfrazarlos de ciudadanos indignados. En el fondo, es un reality show más. Y en un país que ya probó lo que significa la transformación, la farsa ya no alcanza ni para el aplauso de cortesía. Somos México no es el nacimiento de una oposición: es el velorio de su credibilidad, con jubilaciones doradas como coronas fúnebres.

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