Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard/Director Binacional Comunicación y Relaciones Públicas, AMEXCAN Inc.
En Carolina del Norte, la demografía ya no es un rumor, los rostros y las voces latinas forman parte esencial del tejido social y, por ende, del mapa político. Según las últimas estimaciones del Censo, las personas de origen hispano o latino constituyen alrededor del 11.4% de la población del estado; esta cifra, más que una estadística fría, significa barrios, escuelas, negocios, iglesias y, sobre todo, electores con necesidades y aspiraciones concretas.
Este 2025 marcó una señal visible de ese cambio, por primera vez en décadas, un número récord de candidaturas latinas apareció en las boletas municipales del estado. Organizaciones locales registraron 27 candidaturas latinas en las elecciones municipales de este año, una cifra modesta todavía frente al peso poblacional, pero histórica por lo que implica, gente que decide pasar del reclamo a la propuesta y que se presenta para tomar decisiones públicas; esta presencia aumenta la posibilidad de que las agendas locales, desde el mantenimiento de calles hasta políticas educativas y de salud comunitaria, consideren realidades que antes quedaban al margen.
¿Por qué importa que haya candidatos latinos, más allá del simbolismo? Primero, porque la representación cambia prioridades; un concejal o una concejala que vive la experiencia de una familia immigrante sabe, por vivencia propia, cuáles son los cuellos de botella que frenan el acceso a servicios públicos, al empleo formal o a la educación superior, segundo, porque la presencia en cargos locales construye cantera política, posiciones municipales y comisiones son el espacio donde se forman futuros legisladores estatales y federales, tercero, porque la representación fortalece la confianza cívica; ver a alguien del propio barrio en la plaza pública reduce la distancia entre la ciudadanía y las instituciones; estas son ganancias no partidistas, mejor gobernanza y mayor legitimidad democrática.
La participación electoral latina también mostró señales de fuerza en el ciclo anterior, pues en la elección presidencial de 2024, miles de votantes latinos se activaron en el estado, con registros y votación temprana que ponen de relieve el potencial de movilización política de la comunidad. Esto no es un dato anecdótico, donde la gente se organiza y participa, aumenta la posibilidad de que sus problemas sean escuchados y atendidos por quienes ocupan cargos públicos.
Esto no significa que el camino sea fácil; el crecimiento de la población latina en Carolina del Norte ha sido notable, en algunos informes se registra un aumento importante en el periodo 2020-2024, pero las plazas de poder no cambian a la misma velocidad que las calles y las aulas. Los obstáculos van desde barreras idiomáticas y falta de redes de financiación hasta, en ocasiones, políticas y relatos públicos que estigmatizan a las comunidades migrantes, mencionarlo no es quedarse en la queja, es reconocer que la representación real exige inversiones en formación cívica, acceso a recursos para campañas locales y un esfuerzo sostenido de partidos, organizaciones y medios para abrir puertas.
Un punto que merece especial atención es la dimensión municipal de la política, las grandes decisiones que afectan la vida diaria, las divisiones geográficas, ordenanzas, servicios de recolección y seguridad pública, se deciden muchas veces a nivel local por eso la emergencia de candidaturas latinas en municipios pequeños y medianos es estratégica, es ahí, en los ayuntamientos, donde la representación puede traducirse rápidamente en cambios tangibles. Además, la experiencia local permite construir discursos y soluciones auténticas, alejadas de consignas y más cerca del diagnóstico cotidiano.
En este esfuerzo, la participación de los jóvenes latinos es crucial, muchos de ellos son ciudadanos por nacimiento, hijos o nietos de migrantes que no pueden votar por su estatus migratorio, pero que confían en que sus voces sean escuchadas a través de las nuevas generaciones. Participar, registrarse, organizarse y ejercer el voto no solo es un derecho, sino una forma de honrar los sacrificios de sus familias y abrir camino para quienes aún no tienen voz en las urnas; la representación no se limita a ganar cargos, empieza cuando la juventud entiende que la democracia también les pertenece y que su acción tiene impacto directo en la vida de sus padres, vecinos y comunidades enteras.
¿Y qué pide la comunidad latina al electorado y a las instituciones? En primer lugar, que se faciliten mecanismos reales de participación, materiales electorales en español, foros accesibles en horarios comunitarios, apoyos para candidaturas independientes y programas de mentoría cívica. En segundo lugar, que la conversación pública pase de la polarización a la utilidad, hablar de representación implica preguntar cómo se traduce en escuelas más inclusivas, servicios de salud culturalmente competentes y apoyo a pequeñas empresas que sostienen economías locales. Finalmente, que los medios y los líderes reconozcan que la representación no es un favor, es una exigencia democrática de un estado que es más diverso cada año.
Termino con una idea sencilla pero contundente, la democracia mejora cuando quienes gobiernan se parecen a quienes gobiernan, no por empatía obligatoria ni por cuotas, sino porque la experiencia vivida aporta información fundamental para decisiones más justas y eficaces. Si Carolina del Norte quiere un gobierno que entienda sus propias transformaciones, debe facilitar y celebrar la llegada de más líderes latinos a los espacios de decisión, no se trata de cambiar la política, sino de enriquecerla con voces que hoy son mayoritariamente interlocutores y que mañana pueden ser gobernantes responsables y competentes.




