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El costo de la intimidación


Las amenazas de Donald Trump contra México no son una política de seguridad: son un acto de irresponsabilidad estratégica. No buscan resolver ningún problema real, sino fabricar una narrativa de fuerza en un momento en que Estados Unidos atraviesa una fractura interna profunda, económica, social y política.

La diferencia entre la fanfarronería y la viabilidad es abismal, y en el caso mexicano esa distancia es insalvable. Trump actúa como si México fuera un teatro externo de operaciones, un espacio distante y sustituible, cuando en realidad se trata de una frontera viva, compartida, profundamente interdependiente, donde cualquier gesto de hostilidad se traduce de inmediato en daño económico del lado estadounidense.

A diferencia de Venezuela, México no es un país aislado ni sancionado, ni una economía desconectada del sistema productivo norteamericano. Es, por el contrario, uno de los engranajes centrales del funcionamiento cotidiano del sur de Estados Unidos.

Las economías de California, Arizona, Nuevo México y Texas dependen de flujos diarios con México: cadenas de suministro industriales, agroexportaciones, comercio minorista, logística, turismo médico, energía y fuerza laboral transfronteriza. No se trata de intercambios marginales, sino de millones de cruces, contratos y operaciones que sostienen empleos, recaudación fiscal y estabilidad regional.

Amenazar a México es amenazar directamente la economía del propio electorado fronterizo estadounidense. Por eso la amenaza es económicamente suicida. Bastan declaraciones beligerantes para generar retrasos aduanales, encarecimiento de seguros logísticos, aplazamiento de inversiones y nerviosismo empresarial.

En una región donde la producción funciona en tiempo real, la incertidumbre no es abstracta: es pérdida inmediata.

Trump no amenaza a un enemigo externo; amenaza el corazón productivo del sur estadounidense. Aquí radica la diferencia fundamental con el llamado “venezolazo”. Intervenir o presionar a un país lejano, ya asfixiado por sanciones, con vínculos económicos mínimos y sin frontera compartida, tiene costos limitados para Washington.

Intentar algo similar con México sería un acto de autoagresión económica, un disparo al propio pie de la economía estadounidense.

La frontera México–Estados Unidos no es una línea militar: es una arteria económica. A ello se suma que Estados Unidos no está cohesionado internamente para sostener una escalada.

La oposición ciudadana a las políticas migratorias se ha intensificado; ICE enfrenta rechazo abierto; estados y ciudades santuario desafían al poder federal; y autoridades locales fronterizas saben que cualquier ruptura con México sería devastadora para sus comunidades.

Incluso en el Congreso, la fortaleza de Trump es relativa y fragmentada. No hay consenso interno para una aventura que pondría en riesgo empleos, comercio y gobernabilidad local.

La amenaza, entonces, cumple una función distinta: distraer de los problemas internos de Estados Unidos. Violencia armada, crisis de opioides, polarización política, deterioro institucional y una economía tensionada por la desigualdad.

Incapaz de resolver esos frentes, Trump externaliza el conflicto y señala a México como chivo expiatorio, aun cuando hacerlo contradice los intereses materiales de su propio país.

La respuesta mexicana ha sido correcta: firmeza sin estridencia. México no ha caído en la provocación porque entiende algo esencial: la interdependencia es un escudo. La cooperación es posible; la subordinación, no.

Y la amenaza, cuando se analiza con rigor, carece de viabilidad económica, política y social. Trump puede gritar; no puede ejecutar. No porque sea moderado, sino porque la realidad lo contiene.

México no es Venezuela. No es una isla diplomática ni un blanco lejano. Es un socio económico estructural, un vecino inevitable, un límite que Estados Unidos no puede cruzar sin pagarlo caro.

Por eso la amenaza es eso: ruido, no política. Y como todo ruido, se disipa cuando choca contra los hechos.

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