La discusión sobre la política monetaria del Banco de México en 2026 debe entenderse dentro de un entorno internacional marcado por el recrudecimiento de las tensiones comerciales y por diversos conflictos geopolíticos que han incrementado la incertidumbre global. En los últimos años, la economía mundial ha enfrentado choques sucesivos que alteraron las cadenas de suministro, encarecieron las materias primas y debilitaron las perspectivas de crecimiento.
Entre los antecedentes más relevantes destaca la guerra entre Rusia y Ucrania, cuyo impacto sobre los precios de la energía y de los alimentos contribuyó al repunte inflacionario internacional y llevó a numerosos bancos centrales a aplicar un fuerte endurecimiento monetario entre 2022 y 2023. Más adelante, conforme la inflación comenzó a moderarse y la actividad económica mostró señales de desaceleración, diversas autoridades monetarias iniciaron o consideraron procesos de flexibilización, aunque todavía dentro de un contexto frágil y expuesto a nuevos riesgos externos.
En este escenario, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han advertido que los acontecimientos geopolíticos recientes pueden interrumpir el proceso de desinflación, generar nuevas presiones sobre los mercados energéticos y financieros, y profundizar la desaceleración del crecimiento mundial. Por ello, ambos organismos han insistido en que los bancos centrales deben actuar con cautela, evaluando cuidadosamente si los choques externos son transitorios o persistentes antes de modificar su postura monetaria.
Esta recomendación no supone una inmovilidad absoluta, sino una estrategia prudente que evite, por un lado, un relajamiento prematuro que desancle las expectativas de inflación y, por otro, un endurecimiento innecesario que profundice el estancamiento económico. Desde esta perspectiva, el análisis de las decisiones del Banco de México exige considerar no solo las condiciones internas de inflación y la actividad económica, sino también el complejo entorno internacional que condiciona los márgenes de maniobra de la política monetaria.
A la luz de este contexto, la actuación del Banco de México entre 2020 y 2026 puede interpretarse como un ciclo monetario completo: una fase inicial de recortes agresivos durante la pandemia, seguida de un periodo de endurecimiento muy marcado entre 2021 y 2023 y, posteriormente, un proceso gradual de reducción de tasas entre 2024 y 2026. En términos acumulados, la tasa de interés pasó de 7.00% en febrero de 2020 a 4.25% en septiembre del mismo año; posteriormente aumentó hasta 11.25% en marzo de 2023 y, finalmente, descendió a 6.75% en marzo de 2026.
En conjunto, esta secuencia muestra que el Banco de México reaccionó de manera gradual al choque inflacionario: primero sostuvo una política expansiva durante la pandemia y, más adelante, corrigió esa postura mediante incrementos fuertes y prolongados en la tasa de interés, cuando la inflación adquirió un carácter persistente. Desde 2024, la institución ha transitado hacia una normalización gradual de la política monetaria, aunque sin abandonar una postura prudente frente a los riesgos inflacionarios y externos.
En este marco, en su reunión del 7 de mayo de 2026, la Junta de Gobierno del Banco de México decidió disminuir en 25 puntos base el objetivo para la Tasa de Interés Interbancaria a un día, para ubicarla en 6.50%. La decisión entró en vigor el 8 de mayo de 2026 y marcó formalmente el cierre del ciclo de recortes iniciado en marzo de 2024.
La decisión fue aprobada por mayoría de votos. La gobernadora Victoria Rodríguez Ceja y los subgobernadores José Gabriel Cuadra García y Omar Mejía Castelazo votaron a favor del recorte, mientras que Galia Borja Gómez y Jonathan Heath se pronunciaron por mantener la tasa en 6.75%.
La Junta de Gobierno juzgó apropiado realizar un recorte adicional a la tasa de referencia. Ello en congruencia con la debilidad mostrada por la actividad económica nacional y con la valoración del actual panorama inflacionario. Además, consideró los niveles observados del tipo de cambio y la anticipación del ciclo de relajamiento monetario por parte de los mercados.
La Junta de Gobierno tomó en cuenta la contracción registrada por la actividad económica nacional durante el primer trimestre de 2026. Este debilitamiento de la economía generó un menor nivel de presiones sobre la demanda agregada y, en consecuencia, contribuyó a moderar las presiones inflacionarias asociadas, en particular, al consumo y la inversión.
Un factor de especial relevancia en la decisión de la Junta de Gobierno del Banco de México fue la disminución de la inflación general anual, la cual pasó de 4.63% en la primera quincena de marzo a 4.45% en abril de 2026. Asimismo, destacó la reducción de la inflación subyacente, que descendió de 4.46% a 4.26% durante el mismo periodo, reforzando la expectativa de una trayectoria inflacionaria más favorable.
Además, la Junta de Gobierno del Banco de México señaló que el peso mexicano mostró una tendencia hacia la apreciación, lo que contribuyó a moderar las presiones inflacionarias provenientes de los precios de las mercancías importadas.
Por otra parte, aunque el conflicto en Medio Oriente continuó representando un factor de riesgo por su duración e intensidad, la incertidumbre asociada a este se moderó ligeramente en el margen. Asimismo, las tasas de interés de los valores gubernamentales en México registraron disminuciones en los plazos cortos y medios, lo que reflejó que los mercados ya anticipaban la continuidad del ciclo de relajamiento monetario.
La Junta de Gobierno del Banco de México consideró que, pese a los recortes realizados, la tasa de referencia continuaba en terreno restrictivo. Bajo esta premisa, el ajuste monetario fue considerado congruente con la trayectoria necesaria para que la inflación converja hacia la meta permanente de 3% en el segundo trimestre de 2027.
A pesar de ello, existía la expectativa de que, en las reuniones de marzo y mayo de 2026, el Banco de México adoptara una postura más cautelosa, en línea con la orientación del Sistema de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, así como con las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, organismos que han insistido en evitar recortes prematuros ante la persistencia de riesgos inflacionarios globales.
No obstante, el Banco de México decidió reducir la tasa de interés de referencia en ambos encuentros, hasta ubicarla en 6.50% en mayo de 2026, con lo que dio por concluido el ciclo de recortes iniciado en marzo de 2024.
Desde la perspectiva de los miembros de la Junta de Gobierno, las disminuciones de la tasa de interés realizadas en marzo y mayo de 2026 deben entenderse como la fase final de un proceso amplio y prolongado de flexibilización monetaria iniciado en 2024, posterior al periodo de endurecimiento aplicado tras el episodio inflacionario global. Bajo esta lógica, el Banco de México actuó de manera consistente con la evolución de sus propios pronósticos, los cuales apuntan a una convergencia gradual de la inflación hacia la meta de 3% durante 2027. Asimismo, la Junta consideró que la debilidad de la actividad económica representaba un riesgo relevante para el crecimiento en el corto plazo.
Por otro lado, los críticos de la decisión del recorte de la tasa de interés sostienen que el control de la inflación debe prevalecer sobre los incentivos de corto plazo orientados a estimular la economía. Desde esta perspectiva, los argumentos a favor de los recortes solo adquieren solidez si existe evidencia clara de una convergencia inflacionaria sostenible, acompañada de estabilidad cambiaria y de un adecuado anclaje de las expectativas de inflación. De lo contrario, una reducción prematura de la tasa de interés podría comprometer la credibilidad de la política monetaria y retrasar el retorno de la inflación a la meta objetivo del 3%.
El cierre del ciclo de recortes en mayo de 2026, que situó la tasa de referencia en 6.50%, representa la culminación de una estrategia de sintonía fina por parte del Banco de México ante una realidad económica ambivalente. Por un lado, la institución priorizó los indicadores locales —como la brecha negativa del producto y la desaceleración de la inflación subyacente— para evitar un enfriamiento excesivo de la economía nacional. Por otro lado, esta decisión se tomó en un entorno de discrepancia respecto a las directrices de organismos internacionales y otros bancos centrales, lo que subraya una apuesta por la autonomía técnica basada en datos domésticos.
En última instancia, el éxito de este ciclo monetario no se medirá por el estímulo inmediato a la actividad económica, sino por la capacidad de la inflación para converger efectivamente hacia la meta del 3% en 2027. Si bien el ajuste de 25 puntos base en mayo busca normalizar la postura monetaria, el margen de error es estrecho: el Banco de México deberá vigilar que este relajamiento no sea interpretado por los mercados como una claudicación ante las presiones inflacionarias globales, sino como una pausa estratégica que preserve tanto la estabilidad de precios como la confianza en el poder adquisitivo de la moneda.
