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El arte opositor de mentir con cara de mármol

Leopoldo Gavito Nanson

Si algo ha perfeccionado la oposición mexicana es el arte de decir disparates con tono doctoral, como si la voz engolada y el saco a la medida fueran sinónimo de verdad. Alejandro Moreno, alias “Alito”, ha salido a declarar que jamás pidió la intervención de Estados Unidos en México y que, en cambio, el verdadero problema es que el gobierno de Claudia Sheinbaum está aliado con el crimen y encarna un narco-terrorismo de manual. Sí, lo de siempre: gritar “al web lobo” mientras se roba las ovejas.

No es que sorprenda. La oposición se ha vuelto maestra en la gimnasia de la contradicción. Juran que nunca hicieron lo que todos vimos hacer, juran que nunca dijeron lo que está grabado en video, juran que son víctimas de un Estado opresor cuando la realidad es que son herederos directos del sistema más corrupto que ha visto este país desde la Colonia.

La especialidad de la casa es la amnesia selectiva. Moreno afirma con una seriedad digna de un cardiólogo en plena cirugía que él nunca pidió intervención extranjera, como si las declaraciones, entrevistas y guiños diplomáticos a Washington hubieran sido producto de un deepfake colectivo. Los mexicanos, según él, somos incapaces de recordar lo que ocurrió hace apenas unos meses. Claro: si lograron que durante décadas creyéramos que eran un partido revolucionario e institucional al mismo tiempo, ¿por qué no habríamos de creerles ahora que son paladines de la soberanía?

La palabra “narcoterrorismo” es hoy el comodín opositor.  Juguete retórico que sirve para todo, sobre todo para describir al gobierno, y para acusar a la Guardia Nacional, y para justificar llamados velados a la injerencia extranjera y, por supuesto, para distraer del hecho de que los pactos con el crimen organizado florecieron precisamente en sus gobiernos estatales y federales. Es como si un bombero pirómano acusara al vecino de haber encendido la cerilla.

El discurso es simple: repetir hasta el cansancio que México está en manos del narco, que el gobierno es cómplice, que la presidenta se arrodilla ante los capos. Lo repiten con tanta enjundia y disciplina que parecería una homilía dominical. Pero los datos –y la memoria colectiva– se empeñan en recordarles que los pactos oscuros y los arreglos bajo la mesa fueron su moneda corriente.

Claro que hablar de corrupción en abstracto suena aburrido. Por eso conviene volver al expediente concreto de Campeche, donde Alejandro Moreno dejó huellas tan finas y discretas como las de elefante en cristalería. Allí están las investigaciones sobre enriquecimiento ilícito, sobre compras que harían sonrojar a un jeque árabe, sobre una vida de excesos que haría palidecer a cualquier influencer de Dubai.

El asunto de la compra de una playa no es un chisme de café. Fue parte de la investigación por el origen dudoso de los recursos que le permitieron hacerse de una propiedad con vistas al mar que no compra un gobernador con salario público honesto, sino alguien que entiende la política como boleto VIP para el lujo. Lo mismo ocurre con los coches deportivos de lujo: Ferraris, Lamborghinis y demás caballitos mecánicos que desfilaban en su garaje como si fuera concesionaria en Mónaco. ¿El sueldo oficial? Insuficiente incluso para pagar las llantas.

Por menos que eso, en países que tanto admiran como modelo –llámese Estados Unidos o cualquier otro europeo occidental– se abre un proceso de impeachment, de desafuero o, como mínimo, un escándalo que marca de por vida. Aquí, en cambio, la oposición prefiere hacernos creer que esas menudencias son inventos de un gobierno vengativo.

Cuando la palabra “desafuero” aparece en la conversación, los opositores se ponen nerviosos. Les recuerda que no están blindados para siempre, que la impunidad no es eterna, que la justicia –aunque lenta– puede alcanzarlos. Lo cierto es que los motivos para un desafuero de Moreno no son una novela de ficción: están en expedientes oficiales, en investigaciones abiertas, en testimonios públicos.

Pero, claro, la oposición ha perfeccionado la narrativa de victimización: el corrupto nunca es corrupto, sino “perseguido político”; el saqueador nunca es saqueador, sino “líder incomprendido”; el que se compra playas y coches de lujo nunca es un ladrón de cuello blanco, sino “un hombre que prosperó con esfuerzo”. Es la misma cantaleta que nos vendieron durante décadas, y que todavía pretenden que compremos al mismo precio.

Cuando Moreno acusa al gobierno actual de narcoterrorismo, en realidad habla frente a un espejo roto. Lo que vemos no es una crítica seria, sino la proyección de su propia historia. La oposición mexicana, tan probadamente corrupta ahora tiene la peregrina intención de convencernos de que es el faro moral de la nación, la voz de la democracia y el garante de la soberanía. Pero a cada paso la realidad se encarga de recordar su historial: playas privadas, autos de lujo, fortunas inexplicables, pactos con el crimen y un largo etcétera tanto de Alejandro Moreno como del resto de la fauna de acompañamiento, cada vez más pequeña en su propio partidopequeña. 

Por eso la acusación de narcoterrorismo no indigna: da risa. Porque en boca de quienes cargan expedientes de corrupción, suena a comedia de mal gusto. Porque cuando alguien con garajes de Ferrari señala al gobierno de vivir en el lujo ilícito, la carcajada es inevitable. Porque cuando quienes han implorado ayuda extranjera para “poner orden en México” juran que son los verdaderos guardianes de la soberanía, la ironía se escribe sola.

El guion es tan predecible que sorprende por su creatividad. Nula. Hoy Alejandro Moreno dice que nunca pidió intervención extranjera y acusa de narcoterrorismo al gobierno. Mañana dirá que siempre fue un ferviente defensor del Estado de bienestar y que sus Ferraris eran en realidad carritos de Hot Wheels. Pasado mañana jurará que la playa que compró no era una playa, sino un charquito de su jardín. Y así, hasta el infinito.

Lo que sí es seguro es que el país ya no traga entero. El disfraz opositor de víctima perseguida está tan manoseado que apenas se sostiene con alfileres. Y cada vez que intentan usarlo, lo único que logran es recordarnos que la verdadera amenaza a México no son los fantasmas de “narcoterrorismo” que inventan, sino la corrupción descarada de quienes pretenden volver al poder como si el desastre de sus gobiernos no hubiera pasado.*Es Cosa Pública

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