El “árbol del dolor” instalado por las madres del Colectivo Solecito de Veracruz en el Zócalo del Puerto no es sólo un gesto simbólico más de la temporada decembrina. Es un inventario moral del país. Cada esfera con un rostro ausente, cada silla vacía evocada por las madres es un recordatorio de los saldos acumulados del periodo neoliberal y, al mismo tiempo, de las deudas que persisten tras 7 años de cambio de régimen.
Las desapariciones no son una tragedia abstracta ni un fenómeno natural. Son el resultado directo de un modelo político, económico y de seguridad que durante décadas desmanteló al Estado, privatizó funciones esenciales, toleró la colusión entre autoridades y crimen organizado y convirtió vastos territorios en zonas de sacrificio humano. El neoliberalismo no sólo precarizó el trabajo y concentró la riqueza: produjo muerte, impunidad y desaparición como subproductos estructurales de su lógica.
Veracruz fue uno de los laboratorios más brutales de ese colapso. Años de gobiernos capturados, fiscalías subordinadas, policías infiltradas y una cultura institucional que aprendió a mirar hacia otro lado. Las fosas clandestinas no aparecieron por generación espontánea: son la huella física de un Estado que renunció a su función elemental: proteger la vida.
Sin embargo, el “árbol del dolor” también interpela al presente. Han pasado siete años desde el inicio del cambio de régimen y, aunque se han desmontado algunas inercias del viejo modelo, la herida sigue abierta. Las madres siguen buscando. Las listas siguen creciendo. La identificación de restos avanza con una lentitud que resulta insoportable para quien espera desde hace una década y para quien apenas lleva meses en la pesadilla.
Aquí reside la incomodidad que el árbol coloca frente a todos: el cambio político no ha sido suficiente para resolver una tragedia estructural. No basta con no repetir los crímenes del pasado si el Estado aún no logra responder plenamente a sus consecuencias. La búsqueda recae, todavía hoy, en colectivos de madres que hacen guardias, organizan excavaciones y sostienen la memoria que las instituciones no alcanzan a procesar.
Es cierto que los casos recientes cuentan hoy con herramientas de difusión que antes no existían, como reconocen las propias buscadoras. Pero esa verdad convive con otra más dura: para miles de casos de larga data, la esperanza ya no es encontrar con vida, sino encontrar restos. Ese desplazamiento –de la búsqueda de la persona a la búsqueda del cuerpo– es una derrota ética del Estado, incluso cuando no haya dolo presente.
El “árbol del dolor” no acusa sólo al pasado neoliberal; exige al presente una transformación más profunda. No se trata de discursos ni de estadísticas, sino de capacidades reales: fiscalías técnicas, sistemas forenses dignos, identificación masiva de restos, acompañamiento integral a las familias y una política de Estado sostenida en el tiempo, más allá de sexenios y coyunturas.
Mientras ese árbol tenga que ser instalado año tras año, mientras las madres tengan que turnarse para recordar lo que nadie debería olvidar, México seguirá cargando una deuda que no prescribe. El neoliberalismo sembró el horror. El reto del cambio de régimen es desenterrarlo con verdad, justicia y dignidad. No hacerlo, o hacerlo a medias, significa permitir que el dolor se vuelva costumbre. Y eso, en un país con miles de desaparecidos, es una forma silenciosa de continuidad.




