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El Antropoceno y su gestión como neologismo clave en el Siglo XXI

De manera similar a otros pensadores de Italia, Francia y América Latina, sostenemos que muchos de los conceptos que utilizamos para analizar e interpretar críticamente la realidad, histórica, social y política estan agotados en su significación y que es necesario construir nuevas categorías (significantes) y significados que permitan nombrar los fenómenos y acontecimientos que estudiamos cotidianamente.

Se tata de neologismos que den cuenta de los requerimientos de un mundo cambiante y que, al nombrarse con significantes agotados, tergiversan y retardan la comprención y divulgación que sobre estas transformaciones han ocurrido, con o sin la intervención humana.

Ese es el ritmo que impone una realidad y los esfuerzos por comprenderla si no queremos quedar atrapados en una tradición que, si bien en su momento demostraron su utilidad, hoy son conceptos lastre que facilitan su uso en narrativas falaces, mentirosas y corruptas, al mismo tiempo que dificultan los cambios sociales y conceptuales que en en este Siglo XXI se requieren.

La revolución en la física cuántica -aún por desplegarse-, los alcances de la tecnología, las TIC’s y la Inteligencia Artificial, entre otros cambios, se imponen a la lenta y desgastada narrativa política, con el riesgo de ser coptada -si no es que ya lo esta- por la mesquindad reaccionaria.

Los acontecimientos climaticos catastróficos cada vez más frecuentes que se suceden en el mundo, exigen de una lectura que los relacione con lo ético, lo económico y lo político que produce la presencia de lo social en el planeta mismo. Esto es, pensar certeramente y explicarnos provisionalmente la ocurrencia de un desastre que (intencionalmente o como consecuencia de) sucede en un espacio determinado, y que conmueve formas, estructuras y relaciones sociales entre los sujetos que habitan un territorio desgarrado y en una región de ocurrencia, requisita explicaciones consistentes y legítimas de la relación entre naturaleza y sociedad.

Ya en los inicios de este siglo algunos científicos y críticos sciales intentan abordar el asunto desde una teoría política del medio ambiente y las relaciones socionaturales que ocurren y transcurren en la superficie y el subsuelo del planeta. Sin embargo la mayoría de ellos tienen el defecto de recargarse en una moral culpabilizante de los actores que técnicamente son identificados como los ejecutores de actos de corrupción ambiental o carentes de una cierta conciencia ecológica, por demás permeada por una culpabilización inefectiva para la sanción contundente de la falta.

Así, y con esta ineficaz política, estamos hablando de una caracterización prácticamente desconocida -si no ignorada- de las etapas geológicas de la tierra y su relación con la existencia de vida que en este planeta se sortea desde hace miles de años y que, por pura convención “científica”, llamamos Pleistoceno…

Pleistoceno, que es la primera de la era cuaternaria o neozoica, y la primera del período cuaternario de la era cenozoica, y precedente al Holoceno del planeta; se extiende desde hace unos 2 millones de años hasta hace unos 10 000 años, que es cuando se han identificado los primeros restos fósiles humanos que datan del Pleistoceno. El Pleistoceno cuando la condición del planeta se caracterizó por la extensión del hielo en forma de glaciares sobre más de una cuarta parte de la superficie terrestre del planeta.

Esta construcción explicativa del posible origen -de nuestro origen-, cargada sin duda de una convención concensada, se sitúa de frente ante las argumentaciones del origen de lo humano de carácter religioso y teológico. Digamos que responde a la racionalidad que la humanidad ha logrado construir desde su presencia en este mundo, y se superpone para superar a los grandes relatos mitológicos que sorprendentemente, aún predominan en las sociedades contemporáneas.

Sin otra construcción legítimada, es esta la que hoy nos brinda elementos, cuando menos suficientes, para pensar el mundo desmarcado de una religiosidad irresponsable de sus provocaciones y abusos sobre “el habitat” de la vida.

En este sentido, trato de orientar la reflexión de lo ocurrido en la Huasteca y en el norte de Veracruz, desde la lógica que actualmente vivimos en una realidad biofísica denominada Antropoceno, haciendo referencia a una época geológica caracterizada por la transformación humana de los sistemas que ocurren en el planeta y donde el “cambio climático” -concepto por demás de lo político-, puede expandir su función ascéptica de esa religiosidad irresponsable políticamente y que legitimamente debe conocerse como “calentamiento global”, en reconocimiento de la responsabilidad misma que la humanidad tiene sobre esta era Antropocena, y que intenta una evasión escondida, con pretenciones de sostener una indiferencia inmoral de su implicación como especie, en las consecuencias derivadas de su estar-en-el-mundo.

Quizá la nomenclatura de Antropoceno como teoría política medioambiental, no sea tan impertinente, cuando esta ya esta incluyendo las prácticas de una humanidad cada vez más

comprometida con una economía política orientada descarnadamente por un axioma fundado en la tendencia a la extinción.

Esto es, que la narrativa de una sociedad que llevaba y utilizaba los recursos del planeta en la dirección del progreso y mejoramiento de la vida, es una creencia agotada desde el Holocausto y que en efecto y a diferencia de lo que aún se sostenia a mediados del Siglo XX, lo que se encuentra en camino desde la revolución industrial es la extinción de la humanidad como especie dominante, en un proceso constelar que en su conjunto ocurre y transcurre en éste su planeta.

Esta introducción, me sirve para desplegar mi argumentación sobre los hechos recientemente ocurridos y extremadamente cercanos de las trágicas inundaciones inesperadas en el territorio de Veracruz, pero también para evidenciar cómo las narrativas etico-políticas circulantes sustraen las responsabilidades humanas de los sucesos, llevando a posicionamientos y explicaciones histéricas e insuficientes de su ocurrencia. haciendo que estas se desvíen y enfoquen la atención en componentes parciales, obnubilando lo constelar del proceso como conjunto y respondiendo así a intereses mundanos y mezquinos políticamente explícitos y de fácil resonancia en una población aún demandante de una cargada de religiosidad ancestral y que si bien ya no recurre al “Díos que sabe lo que hace”, hoy se moviliza para desvanecer responsabilidades humanas que hoy se centran y descargan -con un mecanismo similar, recurriendo a la culpabilización del otro, pero con impactos concretos, sobre las estructuras de gobernanza vigentes en el momento en que la hecatombe ocurre.

Esto es, las inundaciones ocurridas el México, particularmente en la Huasteca Veracruzana, ¿son fenómenos naturales, cuya atención y reparación como catástrofe debe ser expedita e inmediatamente resuelta por las estructuras de gobernanza en turno?, mismas que deben mostrar su alta eficiencia y eficacia y estar más que suficientemente preparadas para ofrecer soluciones !ya!, respondiendo así a la histerización producida en la sociedad en su conjunto y que, bien si no lo logran, sobreexitan la culpabilización de las consecuencias exigiéndo la rapidez de las respuestas y soluciones, que en condiciones tales de la magnitud de la catástrofe, resultan complejas para cumplir.

Ésta soberexitación deshistorizada y atemporal –ajena e indiferente al tiempo, cantidad y cualidad de ocurrencia del desastre- es manipulable para potencializar intereses mezquinos, funcionando como arma de doble filo… desprestigiando la gobernanza en su conjunto -llámense federal y estatal- incluyendo la municipal, para así mismo, desvanecer la responsabilidad social e histórica de una humanidad y las poblaciones locales, que contribuyen sistemáticamente en la catástrofe de extinción, evadiendo responsabilidades que tendrían que asumirse en conjunto, para encontrar vías de prevención e incluso de no ocurrencia.

El río va revuelto, los pescadores mezquinos no son incógnitos, pero se escabullen tras los medios y las TIC’S, provocando la reacción de pobladores encolerizados y desenchufads de su <responsabilidad antropocénica>, comunidades bien maleables para exacerbar decisiones malogradas y desvirtuar los productos y logros de respuesta, para falazmente recargarse con todo lo mal hecho, y minimizando los esfuerzos que pudieron haberse realizado bien y heroicamente.

En esta lógica y semiótica enajenada, el ciudadano común no es responsable, la responsabilidad Antopocénica se evadió, mientras la autocrítica ético-política ciudadana de participación en soluciones conjuntas es puesta en duda.

Dada la intensidad y magnitud de la culpabilización de las instituciones y órganos de gobernanza, estimulada y asumida -comprensiblemente- por quenes viven la catástrofe y el oportunismo de los medios para exaservarla en sus componentes de dramátización, la mezquinidad campea entre la perversa utilización de los medios de información que gestionan la indiferencia y negación ante la presencia de la catástrofe. La “raja política” en su máxima expresión desvirtuando el esfuerzo solidario y minimizando los avances … ¡Gran cosa! Mientras se desconozca la responsabilidad de lo humano en el proceso de autodestrucción planetaria.

Los acontecimientos en Veracruz y su lectura hoy generalizada, son tan solo un ejemplo del enfoque y la interpretación social de la realidad ante la catástrofe climática que acontece… el proceso hacia la extinción logra, una vez más afianzar sus mecanismos y formatos de encubrimiento de una realidad más compleja y profunda.

Si las estructuras de gobernanza no dejan de asumir protagonismos de solución ante la catástrofe, reconocen sus limitaciones inevitables, celebran la acción solidaria ejemplar y sobre todo despliegan los saberes ya acumulados de la actividad humana en un proceso de extinción humana y planetaria, denunciando responsables concretos y fortaleciendo las prácticas ciudadanas de prevención, sanción y legitimización de la acción autónoma, seguiran siendo consderados como complices y responsables de lo que ocurra.

Para ello, la divulgación de las teorías sobre el Antropoceno serán, sin duda, de gran ayuda.

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