Por Dr. Hugo López Rosas, El Colegio de Veracruz
Las reflexiones de Juan Fernando Romero Cervantes Fuentes sobre la obsolescencia de los programas educativos (https://jornadaveracruz.com.mx/reflexiones-sobre-los-programas-educativos-en-la-tercera-decada-del-siglo-xxi/) plantean un diagnóstico necesario: la velocidad de cambio científico, tecnológico y social ha dejado atrás los esquemas heredados del siglo XX. Retomar esta discusión es fundamental, pero también es momento de avanzar hacia propuestas más concretas que permitan enfrentar esa transformación con pasos claros y sostenibles.
Un primer desafío es reconocer la creciente distancia entre los llamados conocimientos duros (las ciencias naturales, la tecnología, las matemáticas) y los conocimientos sociales y culturales, que avanzan con ritmos más lentos. Romero apunta con acierto a esta tensión, pero el reto consiste en imaginar cómo articular ambos planos de manera productiva. Aquí entran en juego nuevas pedagogías críticas que integren lo científico con lo social: enseñar biología o física sin desligarlas de los dilemas éticos, ambientales o políticos que plantean, y enseñar sociología o filosofía en diálogo con las transformaciones tecnológicas y científicas más recientes.
De este modo, una vía práctica sería promover proyectos interdisciplinarios dentro de las aulas, donde estudiantes de distintas áreas trabajen juntos en torno a problemas reales, como la gestión del agua, el cambio climático o el uso responsable de algoritmos digitales. La combinación de saberes técnicos y sociales convierte el aprendizaje en una experiencia situada y más cercana a la vida cotidiana, rompiendo con la fragmentación de los planes de estudio tradicionales.
Otro punto clave es definir con mayor precisión los mecanismos de transición entre el modelo que se busca superar y el que se quiere construir. El señalamiento sobre la obsolescencia de los programas es acertado, pero se requiere pensar en rutas intermedias que permitan dar el salto de forma ordenada. Una opción es que las universidades y centros de educación superior impulsen laboratorios pedagógicos o planes piloto, donde se ensayen currículos flexibles, proyectos comunitarios y el uso innovador de herramientas digitales. Estos espacios podrían convertirse en referentes para una transformación más amplia, evitando tanto la improvisación como la rigidez.
La cultura digital, además, no puede reducirse a la mera adopción de plataformas de enseñanza en línea. Requiere enseñar a discernir información confiable, comprender los sesgos de los algoritmos y participar críticamente en entornos virtuales. Formar en competencias digitales implica no solo habilidades técnicas, sino también capacidades de reflexión y análisis. De lo contrario, se corre el riesgo de preparar profesionales hábiles con las herramientas, pero poco conscientes del impacto social y político de su uso.
En este proceso, la vinculación de las universidades con su entorno inmediato adquiere un papel central. No basta con transmitir conocimientos enciclopédicos: se trata de conectar el trabajo académico con los problemas sociales y económicos de cada región. En Veracruz, por ejemplo, sería posible articular estudios de inteligencia artificial con el monitoreo ambiental, sumando a estudiantes de ingeniería, biología, sociología y derecho en proyectos colectivos. Este enfoque permitiría formar profesionales con competencias interdisciplinarias y un compromiso activo con la realidad que los rodea.
La insistencia en el humanismo como base del sistema educativo es, sin duda, uno de los aportes más valiosos del texto de Romero. Sin embargo, este humanismo necesita traducirse en prácticas cotidianas: construcción de comunidades de aprendizaje, fortalecimiento del pensamiento crítico, fomento de la solidaridad y el compromiso ético. El reto no es menor: implica pasar de la declaración de principios a experiencias educativas que integren valores y conocimientos en un mismo horizonte pedagógico.
Finalmente, la transformación educativa debe entenderse como un proceso gradual, no como un reemplazo inmediato de un modelo por otro. Los programas actuales, aunque rezagados, contienen elementos aprovechables que pueden servir como base para nuevas propuestas. La tarea es revisar con cuidado qué contenidos y métodos siguen siendo útiles, cuáles necesitan actualizarse y cuáles deben ser sustituidos por completo. Solo así se evitará la tentación de reproducir viejas inercias bajo un ropaje digital.




