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La ley manipulada en el neoliberalismo

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La reciente vinculación a proceso de dos policías por presuntamente simular un enfrentamiento en Amatlán de los Reyes no es sólo un episodio judicial tardío. Es, sobre todo, una ventana hacia una práctica que durante años contaminó el ejercicio de la seguridad pública en Veracruz: la manipulación de la ley para justificar la violencia del estado.

Los hechos investigados se remontan al periodo en que Javier Duarte gobernaba Veracruz y Arturo Bermúdez Zurita ocupaba la Secretaría de Seguridad Pública. Fue en esos años cuando se diseñó y operó una estructura policial que, bajo el lenguaje de la guerra contra el crimen, terminó erosionando las fronteras entre el uso legítimo de la fuerza y la fabricación de versiones oficiales.

La lógica era sencilla y peligrosa al mismo tiempo. En un país atravesado por la estrategia federal de combate militarizado al narcotráfico, las corporaciones policiales comenzaron a operar bajo una presión constante por mostrar resultados. Detenidos, abatidos, decomisos. La seguridad pública empezó a medirse en números y reportes operativos. En ese contexto, el informe policial dejó de ser únicamente un documento administrativo: se convirtió en la pieza clave para legitimar lo ocurrido.

Cuando ese informe se manipula, la ley deja de ser el marco que limita la fuerza pública y se transforma en su coartada.

Eso es lo que vuelve particularmente grave el caso de Amatlán. No se trata sólo de la posible responsabilidad penal de dos agentes. Lo que aparece detrás es la sospecha de un mecanismo conocido: el enfrentamiento que se construye después de los hechos. La escena se altera, el relato se ajusta y el informe policial homologado se convierte en la versión oficial que pretende cerrar el caso desde el primer momento.

Esa práctica no surgió de la nada. Fue el resultado de una forma de gobernar la seguridad que se extendió durante el periodo neoliberal, cuando el Estado mexicano adoptó un modelo de gestión donde la violencia se administraba como operación y los resultados se expresaban en estadísticas.

En ese modelo lo importante era el reporte. El parte policial se transformó en la base de toda la cadena institucional: la Fiscalía investiga a partir de él, los jueces lo consideran punto de partida y la opinión pública recibe la versión ya ordenada de los hechos.

Por eso la manipulación del informe no es una irregularidad menor. Es un acto que distorsiona todo el proceso de justicia. Cuando la versión inicial se fabrica, la mentira se institucionaliza.

El caso de Amatlán vuelve a colocar bajo la luz un problema que Veracruz conoce demasiado bien. Durante los años del duartismo, con Bermúdez al frente de la seguridad pública, la policía estatal fue reorganizada bajo una lógica operativa que privilegiaba el control y la fuerza, pero debilitaba los contrapesos legales y la supervisión institucional.

Las consecuencias de ese diseño siguen apareciendo años después en los tribunales.

La justicia tardía que hoy intenta reconstruir lo ocurrido no sólo busca establecer responsabilidades individuales. También obliga a mirar hacia atrás y reconocer que durante un periodo la ley dejó de ser un límite para la acción policial y se convirtió, con demasiada frecuencia, en un instrumento manipulable.

Si la fuerza pública dispara, el Estado debe investigar. Pero cuando la autoridad escribe después la historia para justificar la violencia, la ley deja de ser un límite y se convierte en un instrumento manipulable.

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