La gobernadora Rocío Nahle García lo dijo en Soledad Atzompa: los pueblos originarios son una prioridad para los gobiernos de la Cuarta Transformación, mientras entregaba obras en la Sierra de Zongolica, una de las regiones con mayor rezago del estado, donde llevar caminos, escuelas y salud es obligación elemental de cualquier gobierno.
Pero lo sustantivo está en otro registro: en lo que los pueblos originarios le aportan a la sociedad entera como valores.
Los pueblos originarios han sido, durante siglos, los guardianes de valores que el resto de la sociedad dice apreciar pero que ha ido abandonando por el camino: el cuidado colectivo por encima del interés individual, la reciprocidad como forma de organizar la vida en común, el respeto al territorio no como recurso sino como sustento compartido, la memoria transmitida de generación en generación cuando todo lo demás se olvida. Esos valores no son folclore ni patrimonio de museo. Son el referente ético que la sociedad mestiza y urbana invoca cuando quiere hablar de comunidad, y que rara vez practica con la misma consecuencia.
El tequio sostiene caminos, templos y escuelas en comunidades donde el Estado llegó tarde o no ha llegado todavía: se trabaja la tierra del vecino sabiendo que el vecino trabajará la propia cuando haga falta. La milpa enseña una relación con la tierra que no agota lo que siembra: maíz, frijol y calabaza crecen juntos, se cuidan entre sí, y esa lógica de convivencia ha alimentado a este país durante milenios sin agotar el suelo que la sostiene. Las parteras y los curanderos guardan un conocimiento de plantas y cuerpos que la medicina institucional apenas comienza a documentar, no a enseñar. Las lenguas originarias conservan formas de nombrar el tiempo, el parentesco y el territorio que el español no tiene, y que se pierden cada vez que muere quien las habla sin haberlas transmitido. Las fiestas patronales y los rituales agrícolas mantienen un calendario de agradecimiento a la tierra que el resto de la sociedad abandonó cuando empezó a tratarla como mercancía.
Los manantiales y los ríos de la Sierra de Zongolica se cuidan porque de ahí bebe la comunidad entera, no porque una ley lo ordene; esa vigilancia colectiva del agua ha protegido cuencas que la explotación industrial ha secado en otras partes del país. El tejido textil transmite de madre a hija patrones que codifican historia, territorio y linaje en cada hilo, un archivo que no está en ningún expediente. Cuando un desastre golpea una comunidad indígena, la respuesta inmediata rara vez espera a que llegue la ayuda oficial: la propia comunidad organiza el rescate, reparte lo poco que tiene y reconstruye antes de que el gobierno complete el diagnóstico. La transmisión oral de la historia local, sostenida por los abuelos, ha conservado durante siglos memorias de despojo, resistencia y sobrevivencia que ningún libro de texto ha recogido con la misma fidelidad.
Las asambleas comunitarias deciden por consenso, no por mayoría que aplasta a la minoría, y ese método de gobierno ha resuelto conflictos de tierra y de agua durante generaciones sin necesitar un tribunal. El cuidado de los mayores dentro de la propia familia extendida, sin asilos ni instituciones externas, sostiene una idea de vejez digna que el resto de la sociedad va perdiendo a medida que se urbaniza. La música y la danza ritual no son espectáculo para el turista: son forma de mantener viva una relación con lo sagrado que no distingue entre fiesta, trabajo y oración.
Nada de esto es pasado. Es un sistema de valores en uso, sostenido día a día por comunidades a las que históricamente se les ha pedido asimilarse, y no se les ha preguntado qué tienen para enseñar.
Vamos atrasados en reconocer esa deuda en toda su dimensión. Se ha avanzado en resarcir el rezago material, y eso merece reconocerse. Pero falta todavía asumir con la misma seriedad la deuda de fondo: haber tratado como periferia folclórica lo que en realidad es la reserva moral de la que la sociedad entera debería estar aprendiendo.
Vamos atrasados en reconocer esa deuda en toda su dimensión. Se ha avanzado en resarcir el rezago material, y eso merece reconocerse. Pero falta todavía asumir con la misma seriedad la deuda de fondo: haber tratado como periferia folclórica lo que en realidad es la reserva moral de la que la sociedad entera debería estar aprendiendo.






