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Turismo, derrame y propaganda

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En la conferencia matutina, Claudia Sheinbaum señaló la campaña de desinformación impulsada desde la oposición para desalentar el turismo en Veracruz bajo el pretexto del derrame. Horas después, la gobernadora Rocío Nahle confirmó lo mismo desde el territorio: no hubo afectación real en la afluencia de vacacionistas. Los propios hoteleros lo reportaron. La ocupación se sostuvo. El flujo turístico continuó. La narrativa del desastre no se correspondió con los hechos.

Ese contraste es el punto. No se trata de negar un incidente ambiental que debe investigarse, atenderse y transparentarse con rigor. Se trata de observar cómo, a partir de ese hecho, se construye deliberadamente una percepción de colapso con fines políticos. La operación no busca informar. Busca inhibir, sembrar duda, erosionar actividad económica. Y lo hace en un sector particularmente sensible: el turismo, que implica empleo directo, ingreso local y movilidad regional.

El mecanismo es reconocible. Se toma un hecho real, se amplifica sin proporción, se le despoja de contexto y se le proyecta como crisis generalizada. Se empuja en redes, se replica en voces mediáticas alineadas, se instala como ambiente. No importa si después los datos lo desmienten. El objetivo no es la verdad, es el impacto inicial. La duda como herramienta. El daño como saldo.

Lo relevante es el alcance. No es una crítica al gobierno. Es una afectación al país. Golpear la percepción de seguridad sanitaria de las playas veracruzanas en temporada vacacional no distingue entre administración y economía local. Afecta a trabajadores, prestadores de servicios, cadenas de valor completas. Se utiliza el territorio como campo de disputa política, incluso a costa de ingresos y reputación.

No es un caso aislado. La misma lógica se ha visto en otros episodios: sobrerreacción ante eventos focalizados, construcción de narrativas de colapso, uso de datos parciales para generalizar crisis inexistentes. La constante es la misma: trasladar la contienda política al terreno de la percepción económica, con efectos reales sobre actividades productivas.

La evidencia en este caso es directa. La afluencia turística no cayó. La ocupación hotelera se mantuvo. La temporada avanzó sin el desplome anunciado. La distancia entre discurso y realidad expone la intención. No era advertencia, era propaganda.

El país no puede normalizar ese patrón. La crítica es necesaria cuando señala fallas verificables y exige correcciones. La desinformación es otra cosa. Cuando se utiliza para dañar sectores económicos y construir percepciones negativas sin sustento, deja de ser oposición y se convierte en sabotaje reputacional.

El episodio de Veracruz es ilustrativo. Un hecho ambiental acotado se intentó convertir en crisis turística. No funcionó. Pero revela una práctica: disputar el poder dañando la confianza en el propio país. Ese costo no lo paga un gobierno. Lo paga la economía real. Y, al final, lo paga la gente.

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