InicioOpiniónLa culpa como forma de control pasivo IV

La culpa como forma de control pasivo IV

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◗ Capítulo I: Antes del pecado

 (Entrega 4 de 4) 

Antes de convertirse en mandato moral, la culpa fue una forma de dependencia. No surgió de una transgresión consciente, sino de la exposición radical del ser humano a un orden que no controlaba. En Sumeria, el mundo no estaba organizado en torno a la justicia, sino a la estabilidad. Y esa estabilidad no dependía del comportamiento individual, sino de la voluntad de fuerzas superiores, impredecibles, opacas. El ser humano no era juzgado: era vulnerable.

La enfermedad, la sequía, la pérdida, no eran castigos en sentido ético, sino rupturas del equilibrio. Lo decisivo no era haber hecho algo mal, sino haber quedado fuera del orden. Y frente a ese desajuste, lo único posible era la restitución. No había redención: había reparación. Ahí se instala el primer desplazamiento decisivo. La falta deja de ser un hecho concreto y se convierte en una condición permanente.

El ser humano ya no enfrenta eventos adversos aislados: habita un mundo en el que siempre puede estar en falta, aunque no sepa por qué. La incertidumbre no es circunstancial: es estructural. Esa incertidumbre produce una forma específica de obediencia. No se obedece porque se comprenda la norma, sino porque no hacerlo implica exponerse a un desorden que no tiene medida. La obediencia no es moral: es preventiva. No busca el bien, busca evitar el colapso. En ese punto, la culpa aún no ha sido interiorizada, pero ya opera como mecanismo

No se siente como remordimiento, pero se vive como amenaza. No hay tribunal interno, pero hay una vigilancia difusa que se manifiesta en cada acontecimiento adverso. El mundo entero funciona como indicio. Este es el núcleo arcaico de la culpa: no la infracción, sino la inestabilidad. No la conciencia de haber fallado, sino la imposibilidad de saber si se está en falta.

Y es precisamente esa imposibilidad la que abre la puerta a su transformación posterior. Cuando más adelante la culpa se convierta en ley —cuando se nombre, se tipifique, se mida y se castigue— no partirá de cero. Se apoyará en esta estructura previa: en la experiencia de fragilidad, en la necesidad de orden, en la disposición a obedecer sin comprender. 

Hammurabi no inventa la culpa. La organiza. Toma esa vulnerabilidad difusa y la traduce en norma. Donde antes había incertidumbre, introduce clasificación. Donde había amenaza, introduce sanción. Y con ello produce un cambio radical: la falta deja de ser indeterminada y se vuelve identificable. Pero ese avance tiene un costo. Al nombrar la falta, la fija. Al tipificarla, la vuelve permanente. Al sancionarla, la convierte en instrumento de gobierno. La culpa deja de ser una condición del mundo y se convierte en una tecnología del poder. El paso es decisivo.

El ser humano ya no sólo está expuesto al desorden: ahora es responsable de él. La vulnerabilidad se transforma en imputación. Y con ello se inaugura una nueva etapa: la de la ley como máquina moral. El tránsito está completo. De la fragilidad al mandato. De la incertidumbre a la norma. De la exposición al control. Lo que comenzó como lectura del mundo se convierte en estructura de gobierno.