Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard (Director Binacional de Comunicación y Relaciones Públicas en AMEXCAN) y Emilio Antonio Vázquez Morales (Coordinador Binacional de Comunicaciones en AMEXCAN)
En las democracias del mundo se repite una escena contradictoria, la juventud encabeza protestas, lidera conversaciones digitales, empuja causas ambientales, sociales y de derechos humanos, pero no siempre acude en la misma proporción a las urnas, pero cuando lo hace, cambia el tablero; a nivel global, diversos estudios sobre participación electoral coinciden en que los votantes de entre 18 y 29 años tienden históricamente a registrar tasas menores que los adultos, pero también demuestran que en elecciones cerradas su peso puede ser decisivo. En Estados Unidos, por ejemplo, la participación juvenil alcanzó en ciclos recientes uno de sus niveles más altos en décadas, rozando la mitad del electorado joven habilitado, ese crecimiento no es menor, es una señal de que la generación que ha crecido entre crisis económicas, pandemia, polarización política y emergencia climática está entendiendo que el voto no es un trámite, sino una herramienta de poder.
Ese fenómeno cobra especial relevancia en estados políticamente competidos como Carolina del Norte, el cual es considerado un estado sumamente importante, donde las elecciones suelen definirse por márgenes estrechos, el crecimiento demográfico juvenil y latino está transformando silenciosamente el mapa electoral; la población latina en Carolina del Norte es una de las que más ha crecido en las últimas dos décadas, además es significativamente más joven que el promedio estatal, esto significa que cada ciclo electoral incorpora miles de nuevos votantes latinos jóvenes al padrón, no obstante, la participación en elecciones municipales e intermedias ha sido históricamente baja, especialmente entre jóvenes latinos. El problema no es apatía, es desconexión, junto con falta de información cívica accesible, barreras lingüísticas en los hogares, desconfianza institucional y una narrativa política que pocas veces los interpela directamente.
En medio de unas elecciones intermedias donde se define el control legislativo, presupuestos, políticas de salud, educación, migración y justicia, el voto joven adquiere una dimensión estratégica, pues no se trata solo de elegir representantes; se trata de definir el rumbo de leyes que impactan la vida cotidiana y aquí emerge un componente profundamente humano que suele ignorarse, muchos de estos jóvenes latinos son hijos e hijas de padres con distintos estatus migratorios, algunos son residentes permanentes, otros tienen protecciones temporales, muchos trabajan, pagan impuestos, sostienen economías locales, pero no tienen el privilegio de ejercer el votos, pero sus hijos sí.
Ahí radica una responsabilidad histórica pues para miles de jóvenes latinos en Carolina del Norte, votar no es únicamente un derecho individual; es también un acto de representación familiar, es la posibilidad de darle voz política a quienes no la tienen, es también una forma de empatía activa; cuando un joven deposita su boleta, no solo está pensando en su matrícula universitaria o en el costo de la vivienda; también está pensando en la estabilidad migratoria de sus padres, en el acceso a servicios, en la retórica pública que define si su familia es vista como parte del tejido social o como una amenaza.
El voto joven latino, en este contexto, tiene un doble filo transformador, pues es demográfico y moral, demográfico porque es un bloque creciente que puede inclinar elecciones cerradas; moral porque encarna la historia migrante de Estados Unidos y la traduce en acción cívica y en un estado como Carolina del Norte, donde las contiendas suelen decidirse por puntos porcentuales mínimos, la movilización de jóvenes latinos puede marcar la diferencia entre políticas inclusivas o restrictivas.
La democracia no se fortalece solo con discursos, sino con participación y si algo nos enseña la historia es que cada generación tiene su momento para asumir el timón. Esta es la hora del voto joven; no como moda, no como consigna, sino como acto consciente de poder y solidaridad, porque para muchos hijos de migrantes, votar no es solamente ejercer un derecho, es honrar un sacrificio.
