Los migrantes, especialmente los hispanos, enfrentan una creciente persecución por parte de las autoridades migratorias en Estados Unidos, así como un aumento del racismo y la reaparición de grupos neonazis que amenazan su seguridad. En estados como California, donde representan una parte fundamental de la economía, muchos viven con el temor constante de ser deportados o convertirse en blanco de ataques xenófobos.
Se estima que el 60 por ciento de la fuerza laboral en sectores industriales, comerciales y de servicios está conformado por migrantes. Sin embargo, a pesar de su contribución al país, enfrentan operativos sorpresa de la Patrulla Fronteriza (Border Patrol) y del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), que organizan redadas en centros de trabajo, escuelas, hospitales y lugares de reunión de la comunidad latina.
Óscar Mendoza Cázares, migrante veracruzano originario de Río Blanco y residente en Los Ángeles por más de dos décadas, recuerda cómo en los primeros 19 días del gobierno de Donald Trump se intensificó el acoso de estas agencias. “Nosotros venimos a trabajar, no a causar problemas en un país que albergó a los primeros migrantes venidos de Europa. Los verdaderos norteamericanos son los indios”, afirma.
El miedo se ha extendido entre la comunidad migrante. Muchos evitan acudir a hospitales para no ser identificados y detenidos, mientras que otros dejan de enviar a sus hijos a la escuela ante la presencia de agentes migratorios en algunas instituciones.
Además del acoso oficial, los hispanos enfrentan una escalada de racismo. Mendoza Cázares señala que “hoy basta con tener rasgos latinos para ser objeto de discriminación o incluso agresiones”. Con la llegada de Trump, grupos supremacistas blancos comenzaron a ganar visibilidad, autodenominándose neonazis y convirtiéndose en una amenaza real para los migrantes.
El discurso antiinmigrante promovido por algunas figuras políticas ha legitimado estos movimientos, lo que ha derivado en un aumento de ataques físicos, insultos y actos vandálicos contra negocios y viviendas de inmigrantes.
Ante esta hostilidad, la comunidad migrante en Los Ángeles, junto con asiáticos y otros grupos de origen extranjero, organizó la protesta «Un día sin latinos». En esta jornada, trabajadores y estudiantes se ausentaron de sus empleos y escuelas, lo que paralizó parcialmente la economía de la ciudad. Muchos negocios operaron con personal reducido o cerraron temporalmente, evidenciando el papel esencial de los migrantes en la economía estadounidense.
Los organizadores de la protesta subrayan que no buscan confrontaciones, sino respeto y reconocimiento. A pesar de la creciente presión, la comunidad migrante sigue luchando por sus derechos y su permanencia en un país que, paradójicamente, ha sido construido por generaciones de inmigrantes.
El panorama sigue siendo incierto. Las políticas migratorias se endurecen, los grupos supremacistas ganan visibilidad y el miedo sigue latente. Sin embargo, la unidad y la movilización pueden ser claves para enfrentar los desafíos que vienen. En un país donde los migrantes son la columna vertebral de la economía y la sociedad, la lucha por la dignidad y el respeto sigue más vigente que nunca.






