Había una vez un país tan pequeño que cabía en un búnker. Su creador, Bunkeler, un presidente con delirio de libertador, vendía la falsa promesa de paz. En este pequeño país se cultiva maíz, sorgo y café; se fabrican sueños y migrantes. Sus habitantes sobreviven comiendo esperanza; la de curar sus heridas, de contar como algo lejano la historia del dolor no procesado.

¿Quién salva a El Salvador, el “Pulgarcito de América”?, ¿quién borra su dolor, sino aquel que se los niega?, ¿quién les traerá por fin su libertad? El guanaco alimenta su espíritu de dignidad y resiliencia. Su oficio, vagar por el mundo buscando su verdadera independencia; el que entiende que vivir encerrado no es vida y abandona el cielo azul salvadoreño guardando un pedacito de él en su mochila. No teme salir, aunque nadie sepa de dónde es.
El salvador… No había una vez, había muchas, varias, tantas que ya es difícil contar. ¿Quién les traerá paz? Dudo mucho que aquel que no sabe ni dónde está. Bunkeler, el que no entiende la historia y el dolor de un país, de que el Pulgarcito solo necesita amor, un abrazo y mucho, muchísimo amor; un apapacho mexicano como el de un buen hermano mayor.
Aquí estamos y estaremos los mexicanos tan Guanacos, los que sufren el dolor de ese pequeño país tan maltratado. Los hijos de guerrilleros, de exiliados y asesinados; los que entienden que el silencio y omisión van de la mano con la traición.
Resistan mis compatriotas, mis hermanos, que como por nombre llevan el de aquel que los salvará. Resistan, pero también luchen, construyan y reconstruyan su folklor, su color, alegría y sabor. Que la esperanza se convierta en realidad, que el sueño no sea solo migrar, si no también el de alimentar la paz.
Abigail Mendoza Alvarado
Xalapa, Ver., a 14 de septiembre de 2024