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APUNTES: EL MIEDO Y EL PÁNICO

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La neurociencia y el terror


“Yo nunca he tenido ni miedo ni pánico”, leí en un mensaje. Esta declaración me llevó a pensar en dar una explicación, desde el punto de vista de la neurociencia y desde la parte conductual, esto es: lo observable y medible.

De hecho, el miedo es una emoción humana animal universal y antigua. En la perspectiva evolutiva, el miedo y el pánico han sido aliadas en la prevención y supervivencia. Estos sentimientos nos llevan a desarrollar mecanismos de defensa para detectar el peligro y responder de manera rápida y adecuada a cualquier amenaza, latente o distante. El estado extremo del miedo aquel que se da cuando éste se intensifica, se hace persistente o interpreta el peligro real de una manera desastrosa se vuelve pánico, es decir, el miedo en su potencia es el pánico. Comprender estos dos factores implica entender sus causas, el comportamiento y la parte neurobiológica que se implica.

En todo caso, el miedo es una respuesta emocional que se presenta frente a una amenaza real o imaginaria. El cuerpo responde de manera automática: se aumenta el ritmo cardiaco, se tensionan los músculos, sudoración, y alerta general, secreción de cortisol e histamina. El mecanismo de defensa, de hecho, uno de los más antiguos del cerebro de los mamíferos será: huir, enfrentarse a la amenaza, o “congelarse” quedarse inmóvil. En condiciones medias de poca peligrosidad el miedo puede ser una función protectora, nos alerta del peligro y nos obliga a tomar decisiones rápidas. El gran problema se presenta cuando la respuesta se activa sin estímulo aparente externo y se mantiene activa después de haber desaparecido el peligro.

Surge el terror, aquí un caso extremo:
Un hombre “compra” un documento falso en un callejón de Chicago para ayudar a un amigo, con esa acta podría adquirir una licencia de conducir. Al salir del vehículo, donde se hizo la compraventa, una patrulla de policía enciende las luces al final del callejón por otra circunstancia que no incluía al sujeto de estudio. El resultado fue una inmovilización e impedimento de actuar normalmente por años. Aunque fuera tratado por el hecho, el miedo recurre de manera ocasional y persiste.

Otro caso:
El empleado que quedó atrapado en un ascensor “se fue la luz”, el aire acondicionado dejó de funcionar, esto disparó un estado de pánico: se incrementó el ritmo cardiaco, un sudor helado en la espalda, la mente se llenó de terror al acercarse a la supuesta muerte. El cuerpo colapsó. No sería sino hasta que regresó la electricidad al edificio, en pocos minutos, que pudo volver en sí y despertar del terrible episodio.

El terror que sufren nuestros hermanos y hermanas, trabajadores indocumentados en los EE. UU. a causa de las redadas de la patrulla fronteriza, tal es el caso de Los Ángeles, Chicago, Nueva York, Denver, Minneapolis y demás, a causa de las políticas presentes de la administración actual. La herida persistirá, la mente histórica, el recuerdo producirá una similitud a los hechos originales. Es ahí donde la experiencia del miedo y pánico crean un círculo de miedo, ese es el terror.
Entender el miedo y el pánico, desde la perspectiva de la neurociencia implica entender que:

“La neurociencia ha permitido comprender con mayor precisión qué ocurre en el cerebro cuando sentimos miedo o pánico. Una estructura clave en este proceso es la amígdala, un conjunto de núcleos situado en el sistema límbico. La amígdala actúa como un detector de amenazas: recibe información sensorial y, si interpreta peligro, activa de manera inmediata las respuestas de estrés, incluso antes de que la corteza cerebral haya tenido tiempo de analizar racionalmente la situación. Esta rapidez es útil para la supervivencia, pero también explica por qué el miedo puede sentirse tan automático e incontrolable”. (LeDoux)

Desde la perspectiva psicológica, los estudios señalan las experiencias tempranas, traumas, aprendizajes, patrones de pensamientos recurrentes. Vivencia de situaciones de amenaza extrema y en general, hipersensibilidad al peligro. A nivel social, la pobreza, especialmente la pobreza extrema, la violencia intrafamiliar, la sobre exposición a noticias son factores del miedo recurrente.

El hipotálamo juega un papel importante, éste conecta el sistema nervioso con el endócrino. Al activarse se da la liberación de las llamadas hormonas del estrés: la adrenalina y el cortisol. Aunque estas sustancias aumentan la energía del cuerpo, puntualmente la energía disponible y la no disponible, la que se hace necesaria para que funcionen otros órganos de manera adecuada.

El cortisol y la adrenalina afectan el ritmo cardiaco, precipitan la respiración, es una respuesta que refuerza la sensación de peligro, con el tiempo, incluso con los años esta memoria de pánico se hace recurrente.

La corteza prefrontal cerebral se encarga de funciones como la toma de decisiones, la inspección emocional y lo racional. En condiciones normales esta parte del cerebro puede valorar el peligro y emitir una respuesta emocional regulada.

Cuando entramos en estado de pánico, la actividad de esa región baja su capacidad de procesar, al tanto que la amígdala toma el papel dominante en la respuesta, esto es, en el ataque de pánico, es casi imposible razonar o actuar de manera lógica o tranquila. Los recuerdos del pánico sufrido recurren en el futuro y reactivan ese sentimiento de miedo extremo.

De igual manera, la neurociencia reconoce que todos los seres humanos reaccionamos de manera similar frente al miedo y el pánico. La serotonina y el GABA se hacen presente en el sistema nervioso e influyen en la vulnerabilidad que tenemos al pánico.

“Un sistema inhibidor débil puede dificultar la regulación de la respuesta de miedo, haciendo que algunas personas sean más propensas a experimentar ansiedad intensa o ataques de pánico”.

La recurrencia de memorias que nos llevan al pánico demanda el conocimiento sobre la interacción del cerebro, cuerpo, entorno, medio ambiente e historia personal. Los enfoques terapéuticos más recomendados deben ser el trabajo cognitivo, el trabajo emocional y corporal, solo así podremos restablecer el equilibrio del sistema nervioso y la felicidad.

Con todo y todo, tanto el miedo como el pánico, son respuestas humanas y animales presentes desde el nacimiento. El miedo puede ser de efectos adaptativos a la circunstancia, al tanto que el pánico es un rompimiento de nuestro sistema de protección. La neurociencia nos indica que las emociones como el miedo no son signos de debilidad, al contrario, es el cerebro que intenta prepararnos al peligro, cuando lo hace de manera excesiva y esa protección se vuelve recurrente entramos en pánico sin necesidad. Debemos transformar el miedo en conciencia, en crecimiento personal: alimentación adecuada, ejercicios, un buen entorno, un buen medio ambiente, un desarrollo espiritual, cualquiera que fuera.
Referencias

Joseph Leroux – Neurociencia del miedo. LeDoux, J. (1996). The Emotional Brain: The Mysterious Underpinnings of Emotional Life. New York: Simón & Schuster.
Antonio Damasio – Emoción, cuerpo y cerebro. Damasio, A. (1994). Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. New York: Putnam.
American Psychiatric Association – Ataques de pánico y ansiedad.
DSM-5 “Panic attacks are abrupt surges of intense fear or discomfort that reach a peak within minutes and include physical and cognitive symptoms.”
American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5th ed.). Washington, DC: APA.