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África y Zapata


Jonh Womack, quien en el próximo agosto cumplirá 89 años, sigue revolucionando la historiografía del Ejército Libertador del Sur.

En el año de 1969 se publicó simultáneamente en inglés y español uno de los estudios más emblemáticos “Zapata y la Revolución Mexicana”. Casi 50 años después, en 2017 el Fondo de Cultura Económica editó nuevamente este libro que había alcanzado ya en 1985 15 reimpresiones en su casa original, Siglo XXI y que es libro de texto en las escuelas de educación media superior.

Para esta ocasión el autor escribió un prólogo titulado “Historias por estudiar sobre la revolución del sur (1911-1920): lo que aún no sabemos, lo que valdría la pena saber”.

En ese año (2017) señala que después de su célebre tomo se habrán publicado entre inglés y español más de 50 trabajos que merecerían la atención de todos los que quieran entender este movimiento de base regional pero de conciencia y alcance nacionales y de simbolismo internacional.

Y entre los temas que apunta dignos de atender por los historiadores hay uno que “parece desvanecerse en la nada a partir de la Independencia: el de África en México.

En ese periodo la revolución de independencia acabó con la importación de esclavos y se abolió la esclavitud, de modo que ya no entraron africanos a México, ni como esclavos ni en otra condición. Pero los mexicanos de ascendencia africana seguían en México, visibles durante una generación más (ahí están el cura y general José María Morelos, Vicente Guerrero, Juan Álvarez y sus “pintos”).

Womack refiere que en la mayoría de los lugares, sus hijos y nietos, cada vez menos ostensiblemente africanos, ya no reconocidos como de origen africano, se fueron fundiendo con la población mexicana general, establecida por la historiografía anterior y posterior a “la Revolución mexicana” como mestiza, una mezcla de las únicas dos razas culturalmente reconocidas, la española y la indígena, o bien se transmutaron por esfuerzo propio o por defecto simplemente en indios.

A diferencia de los historiadores, los antropólogos sí vieron los restos africanos en México, dice el historiador de Harvard, pero sólo cuando, ya sea porque los estaban buscando o porque se los topaban por accidente, literalmente los veían, posaban sus ojos sobre ellos en los pocos barrios donde vivían quienes seguían siendo negros en sentido “somático” o “biológico” o “cultural” o “ritual”.

Sin embargo, la crema y nata de la élite mexicana de Morelos sí que sabía, gracias a sus narices refinadas “la verdadera cafrería” cuando la olió en la revolución local en sus dominios, donde, después de Hawái y Puerto Rico, Morelos era la región más productora de caña de azúcar del mundo y donde un solo hacendado podía contar con 10 mil hectáreas de cañaverales.

El sociólogo mexicano más reconocido y respetado de su época declaró en 1920 que el propio Zapata tenía “un quince por ciento de sangre negra”, lo cual convertía al dirigente sureño en un “mestizo triple”, un súper mestizo.

Así pues, desde entonces, durante décadas, ni los intelectuales mexicanos ni los extranjeros se preguntaron por alguna significación específica de los mulatos para la historia o la sociología mexicanas.

El acento que se ha puesto en la cultura indígena como generadora de la rebeldía sureña (como opinan el nahuatlologo Miguel León Portilla o los románticos Octavio Paz y el historiador francés Gruzinky) no es tal, pues si bien es cierto que en los cien pueblos que conformaban el segundo estado más pequeño de México se suscitaron en casi todos revueltas de “indios”, no se hubiera podido sostener la coordinación, mucho menos unificar los levantamientos y mucho menos proyectarlos deliberadamente más allá de los vecinos inmediatos sin los hijos del Morelos “afro”, el Morelos mestizo-mulato-moreno-pardo-chino-zambahigo-zambocafres.
Para que el Ejército Libertador del Sur, – no “Liberal”, sino activa, directa y objetivamente libertador – uniera las revueltas locales y las hiciese cooperar entre ellas, fue posible gracias a estos pobladores que se convertirían en “aves de paso”, o “dejados de la mano de dios”.

El radical señalamiento de Womack dará tarea a la pléyade de investigadores del tema, pues solo este Morelos afro pudo proyectar la fuerza de su ejército regional por una causa nacional y seguir luchando estratégicamente durante cerca de una década por la misma causa. La fuerza viva revolucionaria, amplia, expansiva e impulsora, en busca de justicia a nivel nacional de 1911 a 1920, fue la del Morelos afro-mestizo.

Esta hipótesis, que reconoce Womack él ya no podrá explorar a profundidad, es una llamada para hacerlo a sus colegas: No quiero que se entienda de ninguna manera, nos dice, que mi hipótesis en biológica, genética, una cuestión de ADN. Mi esfuerzo de complejidad reflexiva se dirige a la posición que me parece más adecuada para un argumento sociocultural históricamente materialista para explicar la Revolución del Sur como (al menos en principio e intención) un movimiento revolucionario armado de carácter socioeconómico y escala nacional que se extendió de 1911 a 1920.

Es por algo, deduce, que el plan del Ejército Libertador del Sur ostentaba ya el nombre, no de un ancestral pueblo de indios (Anenecuilco, por ejemplo, con siete siglos de tradición) sino de una parte de una antigua plantación azucarera, largamente trabajada por afromexicanos, separada de un pueblo indio por un arroyo, sí, pero convertida en un lugar muy diferente, en el pueblo pequeño y abierto de Ayala, cuya municipalidad era probablemente la más militante y la mejor armada de todas las de Morelos.

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