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Las muertes que dejan las olas

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Adalberto Tejema

A diferencia del norte y del occidente del país, para el oriente y el sur la tercera ola de calor ya ha pasado. Se fue, pero dejó sequías urbanas y rurales, incendios, enfermedades gastrointestinales, aumento en consumos energéticos en edificaciones y transportes, disminución de la productividad, conflictos familiares y agotamiento de ventiladores en el mercado. Evidenció que, si no estamos preparados para el clima actual, mucho menos para el clima del futuro. Y también dejó muertos. ¿Cuántos? Nadie lo sabe a estas fechas.

Como decía en una nota anterior*, la gran ola de calor europea de hace veinte años nos enseñó que después de una y hasta dos semanas siguieron las secuelas de fallecimientos, principalmente de personas de más de setenta años con problemas cardiovasculares o respiratorios.

Los estadígrafos y epidemiólogos tendrán que evaluar en qué medida los fallecidos en junio de 2023 en nuestra región, superan a los de años previos para el mismo mes, pero además ajustar las cifras para que el incremento poblacional no las exagere. Para eso se necesitan datos confiables del sector salud, que además sean públicos.

El asunto parece de obvia solución si no fuera por dos problemas no menores. Primero, que los ciudadanos comunes habremos olvidado esta tercera ola en unas cuantas semanas, ya sea porque llegó la cuarta o porque no llegó ninguna, o porque se dejarán venir las inundaciones. El segundo, que los gobiernos ven el reconocimiento de un problema como un asunto de claudicación ideológica, o moral, o ambas, y para eso es mejor sacarse de la manga otros datos. En tiempos de precampaña, con mucha más (sin)razón.

Además, después de una década de muertes por la violencia que se acrecienta conteo tras conteo, y de medio millón de muertos por la pandemia de Covid 19, debido en parte a la irresponsabilidad en los mensajes emitidos desde el más alto nivel, la evaluación de las consecuencias de esta ola de calor, la necesidad de preparar protocolos de prevención, la instauración de sistemas de alerta temprana, o siquiera el reconocimiento del problema, no merecerán la atención de los mal llamados tomadores de decisiones; quizás ni de la sociedad misma, y el asunto quedará en manos de un puñado de mentes inquisitivas arrinconadas en los cubículos de algunos centros de investigación, nunca como ahora tan despreciados por el oficialismo.

Oleadas de calor

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