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El caos que no necesita coordinarse

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a inauguración del Mundial llegó con un telón de fondo fabricado con precisión: bloqueos en los accesos al Estadio Azteca, consignas diseñadas para los micrófonos internacionales, un empresario que en entrevista con Adela Micha llamó a ser “más rudos”, a bloquear los accesos y declaró que las manifestaciones pacíficas “no sirven para nada” —declaraciones que la propia presidenta exhibió en la mañanera del día anterior. Tres actores distintos, sin línea de mando común, produciendo el mismo efecto: la imagen de un México en ebullición frente a las cámaras del mundo.

Julio Hernández López lo señaló ayer en Astillero con precisión quirúrgica: CNTE y Salinas Pliego no se juntan política ni ideológicamente, menos operativamente. Tiene razón. Pero la ausencia de coordinación no cancela la funcionalidad objetiva de la coincidencia. Que no haya acuerdo no impide que el resultado sea idéntico. El caos no necesita director de escena para producirse; basta con que tres conjuntos de intereses agraviados apunten al mismo blanco en el mismo momento.

Lo que une a estos actores no es un proyecto compartido sino una derrota compartida. Salinas Pliego tuvo años de luna de miel con la 4T, pantallas prestadas, asesoría a AMLO, contratos y concesiones privilegiadas, hasta que llegó la factura fiscal y la ruptura. El bloque negro aporta la estética de la confrontación, el artefacto explosivo encontrado entre normalistas, el pretexto perfecto para quien necesita demostrar que esto es más que un pliego petitorio.

La CNTE tiene un caso distinto porque tiene un agravio real en su origen. Durante la campaña, Sheinbaum comprometió revisar la Ley del Issste de 2007, la reforma que en el gobierno de Calderón liquidó el sistema solidario de pensiones y lo sustituyó por cuentas individuales, dejando a generaciones de maestros con jubilaciones insuficientes. Una vez en el poder, esa puerta se fue cerrando gradualmente: primero delegando la negociación a Segob y SEP en lugar de atenderla directamente, luego ofreciendo alternativas que conservan el esquema de cuentas individuales, finalmente declarando la inviabilidad presupuestal de las demandas centrales. La CNTE lo lee como traición a una promesa explícita. El gobierno lo lee como responsabilidad fiscal. Ambas lecturas son simultáneamente ciertas.

Pero un agravio legítimo no justifica cualquier instrumento. El salario de un maestro de primaria fue de 9 mil 580 pesos mensuales con Calderón, 11 mil 952 con Peña Nieto, 17 mil 635 con AMLO y 20 mil 351 con Sheinbaum. Durante el periodo neoliberal los aumentos no superaron el 4 por ciento anual. En dos años, el gobierno actual otorgó 10 y 9 por ciento. La CNTE no marchó contra las Afores. No bloqueó el Zócalo cuando Calderón aumentó el salario en migajas ni cuando Peña Nieto impuso la reforma educativa punitiva. Se moviliza ahora, contra el gobierno que más ha incrementado sus salarios en la historia reciente, eligiendo como palanca el escaparate más grande que México ha tenido en décadas.

Eso no es sindicalismo. Es política con destinatario claro.

Julián Quiñones abrió el marcador al minuto 9 —primer gol del Mundial 2026, anotado por México en su casa— y Raúl Jiménez lo cerró de cabeza al 66. En el 42 un balón pegó en el palo. Al 49 Sithole fue expulsado por derribar a Gutiérrez que se iba solo. El marcador pudo haber sido mayor, y Aguirre lo sabe. Pero lo que el Azteca vio durante noventa minutos fue una selección que jugó sin miedo, con la misma confianza con la que este país organizó el evento y enfrentó la ofensiva. Esa confianza no se improvisa.

Sheinbaum ha actuado con la única lógica posible: diálogo sin represión, concesiones donde el presupuesto lo permite, firmeza donde no. La trampa era exactamente esa: que el gobierno respondiera con fuerza y les regalara sus mártires. Sheinbaum no cayó. El Mundial se jugó. México ganó 2-0 —resultado que, con todo, dejó al Vasco Aguirre inconforme: el marcador pudo haber sido mayor. Y mostró al mundo no el caos que querían vender sino la capacidad de un Estado que sostiene el orden sin brutalidad, negocia sin capitular y celebra sin pedir permiso a quienes hubieran preferido el incendio.

El caos fabricado reveló más de quienes lo fabricaron que del país que pretendían retratar.

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