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La culpa como forma de control pasivo

Capítulo II: Del orden al juicio. Entrega 1 de 4

Antes de convertirse en una experiencia interior, la culpa fue una relación. No pertenecía al sujeto, sino al vínculo entre acción y consecuencia. En el mundo antiguo tardío, ese vínculo comienza a fijarse. Lo que antes era lectura del desajuste empieza a volverse atribución. El desequilibrio ya no es solo algo que ocurre: empieza a ser algo que alguien provoca.

Ese desplazamiento es decisivo. Introduce una mediación nueva: la conducta. El mundo deja de ser únicamente incierto y empieza a ser interpretable. La catástrofe ya no se lee sólo como destino, sino como resultado. Y en ese paso, el ser humano deja de ser únicamente vulnerable para convertirse en potencialmente responsable.

No es aún culpa en sentido pleno. No hay interioridad ni conciencia moral estructurada. Pero aparece la condición que la hará posible: la imputación. Nombrar una acción como origen de un efecto. Establecer un nexo. Decir que hay relación entre lo que se hace y lo que ocurre.

Ese acto de nombrar inaugura un campo nuevo. Porque si la acción puede vincularse a un resultado, también puede vincularse a un sujeto. Y si hay sujeto, hay posibilidad de señalarlo. La relación deja de ser difusa y comienza a cerrarse. Aparece la figura del agente.

Con ello, el mundo cambia de lógica. Ya no basta con corregir el desajuste mediante ritual. Se abre la necesidad de explicarlo. De fijarlo. De hacerlo repetible. La interpretación comienza a estabilizarse. Lo que era contingente empieza a ordenarse como regla.

Ese es el umbral del juicio. No como institución formal todavía, sino como forma de pensamiento. Una manera de leer la realidad donde los hechos se encadenan y los sujetos quedan inscritos en ese encadenamiento. El mundo deja de ser solo un campo de fuerzas y empieza a ser un campo de responsabilidades.

La diferencia es estructural. En el orden anterior, la ruptura exigía restablecimiento. En el nuevo, la ruptura exige explicación. Y esa explicación tiende a organizarse. A clasificarse. A volverse sistema.

Ahí se prepara el siguiente movimiento. Fijar esa relación. Nombrarla de manera estable. Convertir el vínculo entre acción y consecuencia en norma. Pasar de la atribución al código.

En la siguiente entrega: el momento en que esta lógica se cristaliza. Cuando la relación entre acto y consecuencia deja de ser interpretación y se convierte en ley. Cuando nombrar, tipificar, tarifar y castigar se vuelve un mismo gesto. Cuando el orden ya no sólo se describe, sino que se impone.

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