Orizaba, Ver. – En México, la participación de adolescentes en actividades delictivas va en aumento y enciende las alertas de especialistas. De acuerdo con datos compartidos por la psicóloga Ilse Bravo, en los pasados dos años, 32 mil 852 jóvenes de entre 12 y 18 años se involucraron en diversos delitos, lo que representa un incremento superior al 40 por ciento en ese lapso.
La especialista calificó la situación como “sumamente alarmante”, al señalar que cada vez más menores de edad son captados por entornos delictivos, muchos de ellos desde edades muy cortas, “hoy estamos viendo un aumento importante en adolescentes involucrados en delitos. Es algo que ya no podemos ignorar”, advirtió.
Uno de los datos que más preocupa es que ocho de cada diez adolescentes que cometen delitos son hombres, aunque el fenómeno también alcanza a niñas, quienes desde los 12 años comienzan a ser reclutadas. La edad más común de captación, explicó Bravo, se ubica entre los 12 y 15 años, una etapa clave en el desarrollo emocional.
En cuanto a los delitos más frecuentes, detalló que las lesiones ocupan el primer lugar con un 24 por ciento, seguidas del robo con 15.2 por ciento. Las amenazas y extorsiones representan un 9.4 por ciento, el abuso sexual un 9 por ciento y el narcomenudeo un 8.4 por ciento.
Para la especialista, estas cifras no solo reflejan un problema de seguridad, sino una crisis social y emocional más profunda. Subrayó que factores como la violencia familiar, el abandono y el consumo de sustancias son determinantes en la conducta de los menores.
“No es que los jóvenes quieran hacer las cosas mal. Muchas veces no saben cómo manejar lo que sienten”, explicó. Señaló que reducir estas conductas a la rebeldía es un error, ya que detrás existen necesidades emocionales no atendidas.
Uno de los principales motores que empujan a los adolescentes hacia la delincuencia es la necesidad de pertenencia. Cuando no encuentran aceptación en casa, en la escuela o en entornos positivos, buscan ese reconocimiento en otros espacios, incluso si están vinculados a actividades ilícitas.
“A veces no buscan hacer lo correcto o lo incorrecto, buscan sentirse validados”, indicó. En estos grupos, los jóvenes encuentran respeto, poder y una identidad que no hallan en otros ámbitos.
Bravo también destacó que las emociones juegan un papel clave. La frustración, el enojo o el vacío emocional, cuando no se canalizan adecuadamente, pueden traducirse en conductas agresivas. A esto se suma que el cerebro adolescente tiende a buscar intensidad, riesgo y adrenalina, lo que puede hacer atractivas estas prácticas.
El entorno influye de manera directa. Cuando un menor crece en contextos donde la violencia o el delito son cotidianos, deja de percibirlos como algo negativo y los normaliza. Esto facilita su integración a dinámicas delictivas.
Otro factor es el dinero fácil. Aunque pudiera parecer el principal atractivo, la psicóloga aclaró que en muchos casos se trata de una compensación emocional. “No es tanto que el dinero les haga ‘ojitos’, sino que llena un vacío. Es sustituir la falta de atención o afecto”, explicó.
Esta lógica provoca que los jóvenes escalen en sus conductas, pasando de faltas menores a delitos más graves, en una búsqueda constante de satisfacción que nunca se completa.
La especialista también reconoció que no todos los adolescentes ingresan por voluntad propia. Algunos son obligados o presionados por grupos delictivos, lo que agrava el panorama.
Ante este escenario, hizo un llamado a madres, padres y a la sociedad en general a asumir su responsabilidad. Insistió en la importancia de estar presentes en la vida de los hijos, no solo en cantidad de tiempo, sino en calidad.
“Cinco minutos de atención real pueden hacer la diferencia”, afirmó. Escuchar, validar emociones y generar confianza puede prevenir que los jóvenes busquen respuestas en lugares equivocados.
Destacó la importancia de romper ciclos de violencia heredados. “Si algo no funcionó en generaciones anteriores, hay que cambiarlo. Es posible ofrecer a los hijos un entorno distinto. Este problema no es imposible de revertir, pero requiere atención inmediata, compromiso familiar y acciones coordinadas para evitar que más adolescentes caigan en la delincuencia”.






