Por Adalberto Tejeda-Martínez
Como en los peores chistes, el mundo se enfrenta a dos noticias, una buena y una mala. La primera, que el calentamiento global se podría frenar en cualquier momento y al menos por unos años. La segunda, que ese freno lo pondría una guerra nuclear, en buena medida auspiciada por Donald Trump.
En efecto, el tiroteo de misiles y cohetes la iniciaron Netanyahu y los ayatolas, pero como le explicó Daniel Álvarez a Max Aub, reportero de El Universal (edición del 21 de junio), el acuerdo de contención nuclear que habían firmado en 2015 Estados Unidos y la Unión Europea con Irán a cambio de ayuda humanitaria, lo rompió Trump al retirarse en 2018 simplemente para desmantelar un logro de Barak Obama.
Ahora Irán está más pobre que entonces, pero tiene un ejército de medio millón de activos, más de cuatro mil tanques de guerra, tres mil misiles balísticos, sus buques superan la centena y cuenta con 17 submarinos. Para acabarla de amolar, Trump ordenó ataques a Irán sin previo acuerdo con el Congreso y los ayatolas posiblemente responderán con acciones terroristas.
Durante la Guerra Fría la amenaza de conflagración nuclear hacía que los climatólogos se preocuparan por el enfriamiento planetario, pues unas explosiones nucleares numerosas inyectarían a la atmósfera tal cantidad de cenizas y partículas, que la radiación solar llegaría muy disminuida a la superficie del planeta. La preocupación por el calentamiento global adquirió relevancia una vez caído el Muro de Berlín, en 1989, lo que permitió que adquiriera notoriedad el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, el famoso IPCC de la ONU, nacido un año antes.
El tema del invierno nuclear ha sido la preocupación de varios científicos y activistas. Por ejemplo, el astrónomo, divulgador de la ciencia y pacifista estadunidense Carl Sagan en 1983 publicó un artículo en la revista Science que se convirtió en clásico. En 2007 el científico británico Phillip Weber retomó el asunto en una carta publicada en el Bulletin of the Atomic Scientists, con relación a los submarinos nucleares Trident que heredó al mundo Margaret Thatcher como primera ministra del Reino Unido (1979-1990). Con motivo de los conflictos del Oriente Medio, el climatólogo Alan Robock en 2010, en un artículo publicado en la revista Climate Change, mostró que una conflagración nuclear podría enfriar el planeta entre 0.7 y hasta 8 °C durante un par de años –dependiendo de la intensidad de la conflagración, desde luego– por la cantidad de polvos que dispersarían en la atmósfera las destrucciones de las explosiones nucleares, de modo que ocurriría una oscuridad dramática.
Al principio de esta nota se dijo que era un mal chiste, pero es algo peor: que la guerra enfríe el planeta es como curar el dolor de una mano amputándola. Así que quienes estén preocupados por enfrentar el calentamiento global, deben voltear a ver la otra cara de la moneda, más dramática, que es la del enfriamiento nuclear.
- Investigador de la Licenciatura en Ciencias Atmosféricas de la Universidad Veracruzana.






