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¿Y dónde está Justicia?

Abigail Mendoza Alvarado

5 de marzo de 2025

Mi dolor era similar al de muchas; cientas, miles alrededor del mundo, que me parece increíble que sigan llamándonos histéricas, locas, menopáusicas; que sigan culpándome por mi desgracia. ¿Podemos estar todas locas, eso es posible?

Cuando era pequeña, me gustaba jugar con muñecas y a la comidita. La verdad no pensé en jugar a otras cosas porque no tenía otra opción, y ni tiempo me dio. Le dijeron a mi mamá que yo me lo busqué, que una actitud extrovertida era fácil confundirla con un coqueteo, y que el uniforme escolar era sugestivo; que socializar con todos era dar entrada a que esto me sucediera, pues al final la tentación es de humanos, y no le dieron oportunidad de hablar más. Con su ineficacia y negligencia, la quisieron condenar a un silencio sepulcral, pretendiendo que callara el dolor de no tenerme; que se olvidara del día cuando, saliendo de la escuela, un sujeto me agarró de la coleta, la que con tanto amor me hizo en la mañana para que me fuera bien peinada. Intenté correr, pero mi pequeño cuerpo en desarrollo no fue desafío para él.

Cuando era pequeña, no me pude defender de mi agresor y pequeña me quedé. Mi cuerpo apareció días después gracias a que mamá, en compañía de otras mujeres que también buscan a sus hijas y a una tal Justicia, me encontraron. Casi todas aparecen después de mucho buscar, pero siento feo por Justicia, a ella parece que no la encuentran, lo que me pone algo triste. ¿Qué le habrán hecho a ella? Me asusta pensar que sufrió lo mismo que yo, o si está solita en algún lugar.

Mamá ya no me tiene consigo, pero desde donde sea que estoy, la acompaño y me escabullo a su cuarto disfrazada de brisa nocturna; la escucho llorar, sentir culpa, miedo, dolor y coraje. También la veo resistir y acompañarse de otras mujeres. Les dicen locas por pedir respeto, equidad o buscar a Justicia. Las señalan y se ríen, pero nadie las escucha ni les pregunta nada; si algo les duele, si buscan a alguien o si fueron lastimadas como yo.

Aún soy pequeña y siempre lo seré, pero entiendo que el miedo y el silencio ya no pueden seguir siendo el día a día de tantas mujeres. Yo no puedo jugar más, crecer o cuidar a otras mujeres. Por eso admiro a quienes se atreven a salir a las calles a luchar; a las que se quitan el miedo y con un grito de verdad, le cierran la puerta al monstruo que las lastima y a la impunidad.

Admiro a las mujeres como mamá, que acompañan a otras mujeres. Ella ya no me tiene, pero sí a cientos de mujeres que gritan mi nombre y el de las otras víctimas. Tiene quien la acompañe a sanar con esa ternura femenina que nos caracteriza.

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