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Washington exige, pero se niega a hacer lo obvio

Trump tiene una virtud: sabe señalar con el dedo. Y tiene una debilidad estructural: rara vez se mira la mano. A México le exige de todo —que pare el fentanilo, que aplaste a los cárteles, que controle rutas, que entregue resultados inmediatos— como si el crimen organizado fuera un fenómeno atmosférico que nació en Sonora por generación espontánea. Pero cuando toca hablar de lo que Estados Unidos sí controla, o debería controlar, el discurso se vuelve niebla. Washington pide mucho, pero hace poco —o no se nota— justo en dos frentes sin los cuales el problema no se resuelve: el tráfico de armas hacia México y la crisis sanitaria de las adicciones dentro de su propio territorio.

Primero, las armas. Estados Unidos actúa como si los cárteles se armaran con poemas. Como si los fusiles de asalto y las municiones cruzaran la frontera por telepatía. México puede decomisar, capturar y desmantelar redes, pero mientras el flujo de armas de alto poder siga entrando, la capacidad de fuego se repone. No es ideología: es logística. Pero aquí aparece la ironía amarga: el país que se siente con derecho a “dar lecciones” al mundo es incapaz de poner orden en su propio mercado de armas, porque su política interna está secuestrada por un culto: el de la pistola como identidad. Washington exige a México que reduzca la violencia, pero protege el negocio que la alimenta.

Segundo, el fentanilo. Estados Unidos habla del tema como si fuera una invasión extranjera, no una epidemia doméstica. Exige a México “cero tolerancia” y sugiere respuestas de fuerza, pero evita decir lo esencial: el fentanilo es, ante todo, una crisis de salud pública. Un país con millones de consumidores problemáticos no está ante un enemigo foráneo; está ante una herida interna. Si la respuesta central es castigo y no tratamiento, prevención, control de recetas médicas, atención comunitaria y políticas de reducción de daño, la demanda persiste. Y donde hay demanda, hay oferta. Lo demás es escenografía.

Ahí está el truco político: exportar la culpa. Convertir el dolor estadounidense —adicciones, desesperación social, mercados ilegales— en acusación contra el vecino. En vez de tratar al paciente, se grita contra la ambulancia. Es una operación retórica perfecta: desplaza responsabilidades, produce enemigos y evita enfrentar la pregunta incómoda: ¿qué deformaciones sociales, qué economías de precariedad, qué colapsos comunitarios han hecho de Estados Unidos el mayor mercado de drogas del planeta?

El resultado es una política de chantaje moral. “Hagan más”, dice Washington. “Hagan más”, repite Trump. Pero cuando toca hacer lo propio, se abre un paréntesis eterno: el Congreso está polarizado, los lobbies mandan, la cultura armamentista es intocable, la salud pública se trata como un asunto secundario, y la solución se reduce a una palabra mágica: fuerza. Como si la fuerza curara adicciones. Como si la fuerza reemplazara a la medicina.

Para México, esta asimetría no es un detalle: es una trampa. Aceptar el marco estadounidense significa aceptar que el problema está “aquí” y la solución está “allá”. Significa aceptar que la soberanía mexicana se vuelva negociable mientras la corresponsabilidad estadounidense se vuelve opcional. Y eso, además de injusto, es ineficaz: una estrategia que sólo presiona el lado mexicano sin cortar el lado estadounidense es como intentar vaciar una alberca con una cuchara mientras alguien mantiene abierta la llave.

La posición mexicana, si quiere ser seria, debe sostener tres ideas con firmeza: cooperación sí, subordinación no; resultados sí, pero con corresponsabilidad; y un principio básico: no hay solución real si Estados Unidos no enfrenta sus dos orígenes domésticos del desastre. Uno cruza en cajas y camionetas: armas. El otro cruza por venas y farmacias: adicciones.

Trump puede seguir exigiendo a México lo imposible y presentarlo como “mano dura”. Pero mientras Washington no haga lo obvio —control de armas y política sanitaria robusta— sus exigencias serán lo que ya son: un discurso de fuerza para ocultar una renuncia interna. Y la renuncia, cuando se disfraza de amenaza, no es liderazgo: es miedo.

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