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Veracruz: la abundancia que se pudre

Veracruz tiene agua. Ríos, cuencas, humedad constante. No hay sequía estructural que explique la pérdida. El deterioro viene por otro lado. El agua está, pero cada vez sirve menos. La imagen se repite: cauces convertidos en descargas. No hace falta ir lejos. Xalapa, que alguna vez tuvo ríos visibles y manantiales, hoy convive con drenajes abiertos. Lo que era parte del paisaje terminó absorbido por una práctica que se volvió normal.

No es un problema aislado ni reciente. Se acumuló durante años. Industria que descarga sin tratamiento suficiente. Municipios que no resuelven el saneamiento. Colonias enteras que usan el río como extensión del drenaje. Todo al mismo tiempo. Todo sostenido. El resultado ya no se mide solo en contaminación. Se mide en pérdida de agua útil. Cada río degradado reduce disponibilidad real. Cada tramo inutilizado presiona al resto. La abundancia empieza a erosionarse desde dentro. Basta ver algunos nombres. El Atoyac. El Coatzacoalcos. El Papaloapan en varios de sus tramos. No se trata solo de cuánto están contaminados. La pregunta es en qué estado se encuentran. Siguen teniendo vida, pero bajo presión, con límites cada vez más estrechos. Eso también cuenta como pérdida. La respuesta institucional aparece tarde y de forma fragmentada.

Programas de saneamiento, anuncios de inversión, llamados a la industria. Todo necesario. Nada suficiente por sí solo. Sin continuidad y sin vigilancia efectiva, el problema se reproduce. Pero hay una parte que no pasa por decretos. La conducta cotidiana. La descarga doméstica directa. La basura arrojada al cauce. El uso del río como salida fácil. Prácticas repetidas, asumidas, normalizadas. Ahí se cierra el círculo. El Estado no corrige del todo y la sociedad tampoco. Entre ambos, el deterioro avanza. El punto no es menor. No se trata de un tema ambiental secundario. Se trata de la base material de la vida cotidiana. Agua que se pierde, que se encarece, que deja de estar disponible donde se necesita. La salida exige algo más que infraestructura.

Exige conducción y también cambio de conducta. Educación sostenida, desde la escuela hasta los medios, con un mensaje simple: el río no es drenaje. Mientras eso no cambie, la abundancia seguirá deteriorándose. No por falta de agua, sino por la forma en que se usa.

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