Veracruz vuelve a oler a pólvora y miedo. En Oteapan, un grupo de vecinos hartos decidió dejar de llamar al 911 para llamar a sus propios fusiles. No lo hicieron por gusto ni por ideología: lo hicieron porque nadie llega cuando los matan, cuando los extorsionan, cuando los levantan. Lo hicieron porque la autoridad se volvió un fantasma. El regreso de las autodefensas es la confesión del fracaso institucional. Es la manera más elocuente que tiene una comunidad de decir: “ya no creemos en ustedes”. No hay comunicado más claro que un campesino empuñando un rifle frente a su casa mientras el gobierno redacta boletines sobre “coordinación interinstitucional”.
Durante años, Veracruz ha vivido entre comunicados y balaceras. Las cifras oficiales hablan de reducción del delito, pero las funerarias no mienten. En los pueblos del sur la vida cotidiana se organiza entre retenes, rumores y miedo. La violencia se normalizó y ya forma parte del paisaje: se saluda, se evita, se tolera. En Oteapan, los pobladores aseguran que las autoridades dejaron de protegerlos. Los robos, las extorsiones y las amenazas crecieron en los últimos meses aunque no se registran cifras oficiales de muertos recientes. Ni la Fiscalía del Estado ni los reportes de prensa han confirmado homicidios ligados directamente a esta oleada pero el miedo fue suficiente para encender la chispa. En marzo se reportó un ataque armado en una gasolinera con un herido; luego, semanas de silencio. La ausencia del Estado pesa más que las balas.
Oteapan es la consecuencia lógica de años de abandono, corrupción y simulación. Se prometió seguridad, se entregaron patrullas, se hicieron ceremonias y selfies. Pero las patrullas no patrullan, las cámaras no graban y las investigaciones se empolvan. Cuando el Estado se ausenta, alguien ocupa su lugar. Y en Veracruz, como en Michoacán hace una década, ese vacío lo llena la rabia organizada. Los políticos parecen sorprendidos como si no supieran que la desesperación también vota. Los mismos que hoy llaman al “diálogo” toleraron durante años la infiltración criminal en policías municipales, la impunidad judicial y la precariedad de los cuerpos de seguridad. Hoy fingen escándalo pero lo que ocurre en Oteapan no es una excepción: es el síntoma de una enfermedad que lleva tiempo pudriéndose.
El sur del estado es tierra olvidada: carreteras destruidas, desempleo crónico, escuelas cerradas y una violencia que se hereda como apellido. Los jóvenes migran o se reclutan. Las familias viven entre la fe y el miedo. Y mientras tanto, desde la capital se repite el discurso del “estado seguro”, como si el lenguaje fuera suficiente para tapar los agujeros de bala. El problema no son los fusiles improvisados sino la legitimidad que los sostiene. Cuando un pueblo cree más en su vecino armado que en la policía las instituciones se desmoronan. No hay Estado posible sin confianza. Y no hay confianza posible cuando la ley sólo aparece para levantar cadáveres.
La autodefensa no es heroísmo: es desesperación. Y la desesperación es el preludio del caos. Si el gobierno no actúa con inteligencia y sensibilidad, si reduce el fenómeno a “grupos irregulares”, acabará criminalizando a las víctimas y fortaleciendo a los verdaderos criminales. Veracruz necesita más justicia que discursos. Menos patrullas nuevas y más policías capacitados, menos fotos y más resultados. Necesita que la autoridad vuelva a ser autoridad no rumor. Porque un Estado que abandona su deber termina siendo una escenografía de sí mismo.
En Oteapan la gente se armó porque entendió lo que el poder no quiere admitir: que la ley sin confianza es sólo papel mojado. Lo que hoy ocurre allá puede repetirse mañana en cualquier otro municipio donde el miedo gobierna y el Estado calla. Veracruz no está ante un brote de rebeldía sino ante el espejo de su propia omisión. Y en ese espejo lo que se refleja no son los hombres armados: es la derrota del Estado.




