Veracruz volvió a amanecer entre dos fantasmas que nunca se van: un derrame de hidrocarburo en el río Cazones que obligó a suspender el suministro de agua potable, y un nuevo episodio de lluvias extremas asociado al frente frío 16 que dejó incomunicadas varias comunidades del sur y provocó al menos una muerte. Los hechos parecen aislados, pero no lo son: forman parte de una misma enfermedad profunda que este estado arrastra desde hace décadas. La vulnerabilidad de Veracruz no es un accidente natural ni un destino inevitable. Es una construcción histórica hecha de omisiones, negligencias y una peligrosa indiferencia social.
Cada que cae una lluvia fuerte, un frente frío o una tormenta tropical, Veracruz queda expuesto como si se tratara de un territorio sin Estado. Ríos desbordados, carreteras colapsadas, poblaciones incomunicadas, presas saturadas, cortes de energía, deslizamientos. Y cuando no es el clima, es la actividad humana: derrames de hidrocarburo, contaminación industrial, incendios provocados, fugas químicas. El estado vive en un ciclo permanente de sobresalto, como si su infraestructura estuviera siempre al límite y su cultura preventiva reducida a comunicados de emergencia.
Lo ocurrido en el río Cazones es un recordatorio brutal. Basta un solo derrame para paralizar el abasto de agua, afectar a miles de familias y obligar a medidas de emergencia que cuestan dinero que no se recupera y deterioran la calidad de vida de la población. Veracruz está lleno de ríos contaminados, oleoductos viejos, instalaciones industriales corroídas y sistemas municipales incapaces de gestionar lo básico. La CAEV opera, en muchos casos, con infraestructura envejecida que responde a lógica de parches, no de prevención.
Al mismo tiempo, el frente frío 16 evidenció lo de siempre: cualquier evento climático moderado se vuelve un desastre en territorios cuya urbanización creció sin drenaje pluvial, sin desazolve, sin ordenamiento ecológico y sin planes de desarrollo territorial. Veracruz tiene más cuerpos de agua, más cuencas y más zonas inundables que muchos países, pero sigue actuando como si el riesgo fuera sorpresa y no rutina. Esa contradicción es insostenible.
La verdadera tragedia es que esta vulnerabilidad crónica se convierte en una fuga gigantesca de energía humana, institucional y económica. Cada derrame, cada inundación, cada cierre carretero implica horas de trabajo perdidas, recursos desviados, presupuestos destinados a reparar lo que pudo evitarse, y un desgaste social silencioso que empobrece al estado más allá de cualquier indicador oficial. Veracruz gasta más reaccionando que previniendo, y esa ecuación es la marca de los territorios que nunca logran despegar.
Pero no sólo es un problema de gobiernos. También lo es de cultura social. Buena parte de los desastres se agravan por la imprudencia individual y colectiva: tirar basura en drenes, construir sobre cauces, invadir zonas de riesgo, ignorar alertas, manejar sin precaución en carreteras saturadas. La vulnerabilidad es una suma: la incapacidad del gobierno más la irresponsabilidad ciudadana multiplicadas por un entorno natural poderoso. Y esa suma siempre da pérdidas.
Los gobiernos estatales han hablado de resiliencia durante años, pero la resiliencia no es un discurso; es una política pública continua, técnica y sostenida. Implica invertir en bordos, drenajes, plantas tratadoras, sistemas de alerta temprana, renovación de ductos, profesionalización de la protección civil y ordenamiento territorial real, no simulado. Eso cuesta dinero, pero cuesta menos que reconstruir, indemnizar, evacuar y lamentar muertos cada año.
La sociedad también necesita una educación cívica que vaya más allá de campañas temporales. Veracruz requiere una cultura de prevención enseñada desde la primaria, reforzada en comunidades, asumida por autoridades y practicada como ejercicio cotidiano. No es posible exigir infraestructura moderna con hábitos urbanos atrasados.
Veracruz no está condenado. Lo que sí está condenado es el modelo que combina improvisación gubernamental, falta de mantenimiento, negligencia empresarial y desinterés social. Mientras no se rompa ese patrón, cada frente frío, cada lluvia fuerte y cada derrame será un recordatorio de que el estado vive siempre a un paso del colapso.
Mientras la naturaleza siga haciendo su parte y el ser humano siga fallando en la suya, la historia será la misma: emergencias, pérdidas, desaliento, reconstrucciones parciales y nuevas emergencias. Veracruz no necesita más discursos: necesita planificación, inversión seria y ciudadanía consciente. Lo demás es seguir pagando, año tras año, el precio insoportable de vivir siempre al borde.
