Previsible como era, la muerte del Papa Francisco abre un rango de incertidumbre muy importante sobre el desarrollo de los acontecimientos mundiales ahora que cínicas expresiones neofascistas se dejan ver en diversos gobiernos del mundo, incluyendo a los Estados Unidos. Es el caso, no hace mucho, del sudafricano Elon Musk levantando el brazo derecho al estilo fascista en algún mitin a favor de Trump.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el Papa Juan XXIII inició el Concilio Vaticano II con el fin de reformar la vocación de la Iglesia Católica y reorientarla hacia los pobres. Iba bien la cosa hasta que Juan Pablo II asumió la dirección de la Iglesia y se dedicó a desmantelar todo acuerdo y avance derivado del segundo concilio vaticano y su intención de volver a la vocación eclesiástica por los pobres, luego del papado colaboracionista con los fascismos italiano y alemán durante la Segunda Guerra Mundial. No es en absoluto casual que el conservadurismo extremo de Juan Pablo II coincidiera con la consolidación de las reformas neoliberales iniciadas en los años ochenta.
Existe una incómoda probabilidad de retorno de la derecha eclesiástica al Vaticano. Desde la Reforma Protestante hasta el Concilio Vaticano II, la evolución de la Iglesia ha estado marcada por tensiones internas y externas que han moldeado su rol político. La cuestión sobre la posibilidad de que la derecha eclesiástica recupere el poder en el Vaticano es relevante, no solo por su impacto en la dirección futura de la Iglesia, sino también por las implicaciones sociopolíticas, especialmente ahora que el neofascismo se cuela en actos públicos de gobiernos supuestos a ser democráticos o, simplemente, tomando el poder, como es el caso de Giorgia Meloni en Italia.
Durante 27 años con Juan Pablo II (1978-2005), la Iglesia se alineó notoriamente con la reestructuración neoliberal y el desmantelamiento del Estado benefactor, además de adoptar posiciones conservadoras en temas como la moral sexual, el papel de la mujer y la liturgia. Su legado incluyó la promoción de una teología que defendía los valores tradicionales, abogando por un “retorno a las raíces del cristianismo”.
La llegada de Francisco en 2013 marcó un cambio significativo. Con su enfoque en la inclusión, el diálogo interreligioso y la justicia social, el Papa argentino desafió las percepciones tradicionales de la jerarquía eclesiástica, protectora abyecta de pederastas clericales. Este contraste alimenta la incertidumbre sobre la dirección futura de la Iglesia. La figura de Francisco provocó tanto entusiasmo como resistencia, especialmente en los círculos más conservadores que nunca ocultaron su descontento por algunas de sus reformas y su estilo pastoral.
La geopolítica de la Iglesia:
La situación planetaria es un factor clave. Con el resurgir de ideologías de derecha en diversas partes del mundo, la Iglesia podría ver un resurgimiento de postulados conservadores como respuesta a los cambios socioculturales. Esto podría empujar a algunos cardenales y líderes eclesiásticos a intentar recuperar posiciones de poder que han perdido.
Opresión eclesiástica interna:
La estructura de poder en el Vaticano tiende a ser conservadora en su naturaleza. Desde la elección de cardenales hasta la gestión de los dicasterios, hay una tendencia a favorecer a aquellos que se alinean con la doctrina más tradicional. Si hay un cambio generacional en el Colegio Cardenalicio, es posible que se incline hacia posiciones más conservadoras, impulsadas por el deseo de contrarrestar las innovaciones del papado de Francisco I.
La resistencia de la base de fieles:
Es crucial considerar la reacción de la base de fieles en todo el mundo. Un cambio hacia una postura más conservadora podría ser bien recibido en ciertas áreas, especialmente en comunidades donde los valores tradicionales son más fuertes. Sin embargo, también podría encontrar resistencia significativa, particularmente entre aquellos atraídos por la visión inclusiva de Francisco. Al fin y al cabo, el ascenso de gobiernos conservadores coincide con la decadencia y crisis del modelo neoliberal y el debilitamiento estructural del dólar por razones de deuda.
Los escándalos de abuso sexual:
Los escándalos de abuso sexual han desgastado la imagen del clero y han llevado a muchos a cuestionar no solo la moralidad, sino también la verticalidad del poder eclesiástico. La respuesta que la Iglesia dé a este fenómeno será determinante en su capacidad para sostener o recuperar el poder conservador. Un enfoque que ponga en primer lugar la transparencia y la justicia podría fortalecer la posición de la corriente progresista.
La modernidad:
La disparidad creciente entre la realidad contemporánea y la enseñanza tradicional de la Iglesia plantea un desafío crucial. La lucha contra el cambio climático, la revolución digital y el diálogo interreligioso son áreas donde las expectativas de la sociedad han cambiado radicalmente. La derecha eclesiástica suele argumentar que el retorno a doctrinas más tradicionales puede, en ciertos casos, ser visto como una respuesta a los males contemporáneos, apelando a la necesidad de valores absolutos en tiempos de incertidumbre.
La posibilidad de que la derecha eclesiástica retome el poder en el Vaticano depende de múltiples factores en evolución. Si un futuro cónclave eligiera un sucesor más alineado con la ortodoxia tradicional, se podría abrir un camino para que nombres como el cardenal Raymond Burke, identificado con una postura conservadora, obtengan una mayor influencia.
Pero el cambio de poder dentro de la Iglesia no es lineal. La historia ha demostrado que cada papado es un fenómeno singular, compuesto por una amalgama de voces y visiones. El papado de Francisco no solo canalizó conflictos, sino también reconciliaciones. La comunidad global de católicos es cada vez más diversa y, en última instancia, su voz influirá en el rumbo futuro.
La posibilidad del retorno de la derecha eclesiástica al poder en el Vaticano es una posibilidad real. No conviene desvalorar que existe un ascenso de los gobiernos de franca derecha. Los factores económicos, sociopolíticos y culturales juegan su papel. En los ochenta, la Iglesia optó por el neoliberalismo y la pederastia. Falta por ver lo que hará ahora que ascienden los fascismos y el dólar se precipita en crisis. Falta por ver qué tan hondo caló la impronta de Bergoglio.




