A veces la política se explica mejor en escenas que en discursos.
El domingo, la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres transcurrió en México con una tónica singular. Hubo marchas, sí; hubo consignas, como cada año. Pero también algo distinto: una celebración sencilla, casi íntima, casi de mujer a mujer. Sin estridencia oficialista y sin el tono defensivo que durante años marcó la relación entre el poder y las movilizaciones feministas.
Un día después, en la alcaldía Gustavo A. Madero, ocurrió otra escena que ayuda a entender el momento político que vive el país.
La Presidenta inauguró un hospital que durante años permaneció abandonado. El edificio había sido construido durante administraciones delegacionales anteriores y nunca entró en operación. Ahí quedó, como tantos otros proyectos públicos de aquella época: un cascarón terminado que nadie abrió. Un edificio que simbolizaba lo que ocurre cuando la infraestructura pública la hacen neoliberales.
Años después, durante el gobierno de Claudia Sheinbaum en la Ciudad de México, se decidió rescatar el inmueble, rehabilitarlo y equiparlo para ponerlo finalmente en funcionamiento.
Antes de la conferencia mañanera, la Presidenta recorrió las instalaciones. La acompañaban autoridades locales y personal médico. En medio del recorrido se escuchó con claridad la voz de Clara Brugada: “Está muy bueno el hospital”.
Parece frase protocolaria, pero no. Sonó como una constatación simple frente a algo que, finalmente, funciona.
El recorrido estuvo atravesado por el entusiasmo. No el entusiasmo artificioso de los actos oficiales, sino el que aparece cuando un proyecto finalmente se materializa. “¡Qué maravilla!”, se oyó decir a la Presidenta al observar las instalaciones.
Las imágenes televisivas captaron algo más que el protocolo. En los cristales oscurecidos de la fachada se reflejaba el paso del Cablebús que cruza la zona. Al frente, los niños de una escuela primaria gritaban desde las ventanas de sus salones: “¡Presidenta, Presidenta!”.
En una sola escena aparecieron tres elementos que sintetizan buena parte del momento político actual: infraestructura pública recuperada, movilidad urbana popular y reconocimiento social inmediato.
No conviene exagerar el símbolo. Un hospital inaugurado no resuelve por sí mismo los problemas estructurales del sistema de salud ni cancela décadas de rezagos acumulados. La política pública se mide, al final, por su capacidad de sostener resultados en el tiempo.
Pero tampoco conviene minimizar lo que esas escenas revelan.
Durante años el país se acostumbró a la lógica inversa: hospitales inconclusos, obras abandonadas, edificios vacíos convertidos en monumentos a la ineficacia administrativa. La normalización del desperdicio público fue uno de los rasgos visibles de aquella época.
Por el entusiasmo observado en la inauguración se entiende algo simple: cuando el Estado termina lo que empieza, la política recupera credibilidad.
La escena en la GAM –el hospital terminado, el Cablebús reflejado en los cristales, los niños gritando desde las ventanas de sus salones– condensa algo más que una inauguración administrativa.
Es, en cierto sentido, una imagen síntesis de la Cuarta Transformación: obras públicas orientadas a la vida cotidiana de la gente común.
El desafío comienza ahora. Porque la legitimidad que nace del entusiasmo inicial sólo se consolida si esas obras funcionan, si los servicios se sostienen y si los resultados se multiplican.
La política puede empezar en el entusiasmo. Pero se sostiene, inevitablemente, en la realidad.
En ese contexto, la presencia del Ejército en los actos del 8 de marzo también generó lecturas encontradas. Para algunos despistados, es una militarización del espacio civil. Otros olvidan un dato elemental: hoy decenas de miles de mujeres forman parte de las fuerzas armadas mexicanas. Hay generalas, coronelas, capitanas, mayoras, tenientas y subtenientas. La escena, vista desde ahí, adquiere otra dimensión.




