René Montero Montano
Seguimos a Trump en clave A. Negri, que habla de una democracia global como alternativa del siglo XXI para construir la sociedad contemporánea. Sin embargo, creo que, previo a trabajar por la instalación de una democracia global (como posibilidad de futuro), hay que deconstruir las condiciones actuales del Imperio Global realmente existente y su vínculo constelar con el neoliberalismo, que se acoge, al menos, en dos contextos mundiales:
a) en el progresismo latinoamericano, y
b) en los radicalismos raciales de países de la Unión Europea (hoy cada vez más distantes de formatos ético-políticos solidarios con los migrantes).
Esto es, el avejentado imperialismo que, hacia finales del siglo XX, se reconfiguró, hoy se cuestiona si aún vale sostener el pragmatismo que representaba el dominio directo sobre las naciones colonizadas o imposibilitar toda intención democrática geopolítica global, interviniendo en los países bajo control. Un ejemplo de esto son las recientes declaraciones del embajador norteamericano en México.
Por otro lado, se aprovecha que hacer valer el derecho a la multitud (organizaciones interautónomas), establecidas y en resistencia como formaciones políticas democráticas en relativa soberanía, encuentra complicaciones para hacer valer su sobrevivencia política. Esto se debe a que las legislaciones de sus Estados nación de origen están ancladas a leyes electorales que les obligan a actuar como partidos políticos, imponiéndoles una nomenclatura que las anula y organiza burocráticamente. Esto se logra mediante dispositivos de control político-administrativo convencionales, tanto exógenos como endógenos, bloqueando así sus prácticas políticas democratizantes.
En este contexto, la ruta de Trump para este primer cuartil del siglo XXI encuentra condiciones propicias para replegarse a la fase previa de la geopolítica imperial hoy vigente y desmarcarse sin pudor, para reestablecer fronteras fijas y barreras económicas y sociales a la antigua usanza de los Estados nación imperialistas. Este modelo, ya abandonado, establecía su territorio como centro de poder desde donde dominaba a las naciones colonizadas, apoyándose en una connotación de soberanía imperialista reconocida por la diplomacia internacional.
Hoy el imperialismo aspira a reinstalarse como una diversidad de naciones soberanas para ejercer un modelo de imperialismo diversificado con sus propios centros de poder. En este proceso, Estados Unidos se erige como el primer explorador sistémico, dando un paso atrás—quizá por las consecuencias o los residuos de un dominio imperialista de barbarie—y jugando con los restos de soberanía de los Estados nación, que hoy funcionan como nodos asociados a una economía política global neoliberal de conveniencia.
Pero ¿ante qué tipo de soberanía estamos hablando que hoy se desconoce? Parece ser la que se construyó frágilmente en los Estados nación-nodos del Imperio Global neoliberal y que hoy se sienten violentados.
El capitalismo intentó y avanzó en instalar un neoliberalismo económico global suavizado. Hoy, ante las consecuencias amenazantes de ese control desconcentrado, experimenta con Trump, dando un paso atrás para autoevaluarse y reemprender “dos adelante”.
Su reto es que los modos de producción y sus productos (mercancías) han cambiado y diversificado inconmensurablemente. Las relaciones de producción también se construyen bajo nuevos formatos, integrando más productos-mercancía, incluidos objetos culturales (estéticos y de servicios). Esto ha ido más allá de lo meramente fabril, estableciendo nuevas formas de intercambio y valor en un mundo mayormente tecnologizado, donde el concepto de trabajo concreto se encuentra escasamente articulado y con un valor cuantificable extremista en sus umbrales. Negri quizá diga que el paso atrás es imposible, pero Trump y sus representados lo sostienen.
No dejemos pasar por alto que la economía política de Estados Unidos, desde antes de las grandes guerras mundiales (1ª y 2ª), aspiraba a superar las fallas del imperialismo europeo del siglo XIX, que se orientaba a sobrevalorar las diferencias por sobre las similitudes con los Estados nación dominados. De ahí su relevancia como Estado gestor de un Imperio Global capitalista y neoliberal, basado en hacer de las naciones dominadas redes y nodos suavizados en función de similitudes. Esto fue un intento por superar las fallas del imperialismo europeo, que mostraba su decadencia con las luchas de independencia, sobre todo en África.
Si lo dicho es así, paradójicamente el Imperio Global se retrae y reinstala—o intenta reinstalarse—justamente revalorando el autoritarismo y las fallas que originalmente intentó superar.
Trump es el representante significante de las fuerzas sociales que, desde el siglo XIX, aspiran a un poder y dominio centralizado, ubicado territorialmente. Su objetivo es demostrar que, a pesar de sus fallas, aquel régimen puede generar más logros que debilidades para la supervivencia de un imperialismo focalizado y competitivo.
No más nodos y redes, sino control guerrero, determinante y genocida, que despliegue una supremacía racista y un control de recursos energéticos estratégicos actuales y del futuro.
Aquí es donde se hace posible reconocer ¿quiénes se apoyan en Trump? Y relanzar la pregunta y sus respuestas: ¿quiénes se proyectan en los significantes de fuerza que pone en movimiento Trump y se miran representados por esa figura que da sentido a sus aspiraciones como masas, pueblo y/o clase?
Parece ser que se trata de las fuerzas sociales norteamericanas, y no nacionales, que aspiran a un control desde un capitalismo de barbarie de recursos energéticos estratégicos, inspirados en un racismo que logra disfrazarse de humanitarismo como derecho.




