- Advertisement -spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

El trilema político de la economía mundial y la crisis de la globalización

El desarrollo de la globalización contemporánea constituye uno de los procesos históricos más relevantes del capitalismo moderno. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial la economía mundial transitó de un capitalismo regulado y centrado en el Estado nacional hacia un capitalismo globalizado, caracterizado por la liberalización comercial, la relocalización productiva y la financiarización de la economía.

Tras la Segunda Guerra Mundial se configuró un nuevo orden económico internacional sustentado en los acuerdos de Bretton Woods de 1944. Este modelo, conocido como capitalismo de posguerra, se basó en una economía mixta que combinaba el mercado con la intervención del Estado. La estabilidad económica internacional descansaba en tipos de cambio relativamente estables, controles sobre los movimientos de capital, regulación del sistema financiero y políticas fiscales y monetarias orientadas al pleno empleo y al fortalecimiento del Estado de bienestar. Asimismo, la apertura comercial avanzó de manera limitada y gradual, de modo que la integración internacional permanecía subordinada a las prioridades nacionales.

A partir de la década de 1970, el modelo de Bretton Woods comenzó a mostrar signos de agotamiento estructural. La combinación de la crisis del petróleo, la estanflación, la caída de la rentabilidad industrial en las economías centrales y el incremento de la competencia internacional erosionaron las bases del crecimiento de posguerra, proceso que se vio agravado por la creciente presión de los mercados financieros, interesados en liberarse de las restricciones nacionales.

Frente a este escenario, emergió un nuevo paradigma económico inspirado en el neoliberalismo y el fundamentalismo de mercado. Este cambio de rumbo provocó una transformación profunda en la gobernanza económica internacional: mientras que el capitalismo de posguerra subordinaba la integración económica a los objetivos de pleno empleo y bienestar nacional, la nueva etapa de la globalización invirtió esa lógica al subordinar la política económica de los Estados soberanos a las exigencias y dinámicas de los mercados globales.

Esta globalización económica se consolidó a través de tres grandes procesos estructurales interdependientes: la apertura comercial profunda, la fragmentación transnacional de la producción y la financiarización global.

Apertura comercial profunda y regulación supranacional. La creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 formalizó el tránsito de una “integración económica superficial”, centrada en la reducción de aranceles en frontera bajo el GATT, hacia una “integración profunda”. La nueva arquitectura comercial internacional amplió su alcance hasta incidir en las regulaciones internas de los Estados.

Las nuevas disciplinas multilaterales regularon el comercio de servicios, la apertura de los mercados agrícolas, la protección internacional de la propiedad intelectual y las medidas en materia de inversiones. Este marco normativo redujo de manera significativa el margen de la política industrial de las naciones en desarrollo al restringir subsidios selectivos y requisitos de desempeño local. Bajo esta lógica, las soberanías regulatorias nacionales comenzaron a ser tratadas como “obstáculos no arancelarios” para la eficiencia del libre mercado.

Relocalización industrial y cadenas globales de valor. La drástica reducción de los costos de transporte, impulsada por la contenedorización, y la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), combinadas con la liberalización comercial, propiciaron el auge del offshoring y el outsourcing. Así, las empresas transnacionales dejaron de concentrar la producción en un solo lugar y fragmentaron el proceso productivo en múltiples etapas geográficamente dispersas.

Este modelo se orientó al arbitraje salarial y regulatorio a escala global, lo que impulsó una masiva relocalización industrial hacia la periferia, particularmente hacia el este de Asia. El hito decisivo de este proceso fue la incorporación de China a la OMC en 2001, hecho que consolidó al país como la “fábrica del mundo”. A su vez, este patrón productivo provocó una acelerada desindustrialización en regiones tradicionales, presionó a la baja los salarios industriales y profundizó la desigualdad social y regional.

Financiarización de la economía mundial. La financiarización representa el desplazamiento del eje de acumulación de capital desde la economía productiva hacia los mercados financieros. Su origen histórico se sitúa en el desmantelamiento de los controles de capital de Bretton Woods y en el colapso del sistema de tipos de cambio fijos a comienzos de la década de 1970.

La desregulación financiera propició una movilidad de capitales sin precedentes, lo que favoreció la expansión de la especulación de corto plazo, el aumento del endeudamiento global —tanto público como privado— y el crecimiento de la banca en la sombra, es decir, de un entramado de intermediación financiera que operaba al margen de la regulación bancaria tradicional. A su vez, el predominio del capital financiero sobre la economía productiva incrementó de manera exponencial la vulnerabilidad del sistema económico mundial, hecho que se expresó en crisis recurrentes de contagio, como la crisis del Tequila en México (1994), la crisis asiática (1997), la crisis rusa (1998) y la crisis argentina (2001). Finalmente, la crisis financiera de 2008 puso de manifiesto los límites estructurales de este proceso de globalización económica.

Las contradicciones de este modelo fueron sintetizadas por el economista Dani Rodrik mediante el concepto de “trilema político de la economía mundial”. En su obra La paradoja de la globalización, Rodrik sostiene que es imposible compatibilizar simultáneamente la soberanía nacional, la democracia y la globalización económica; en consecuencia, las sociedades solo pueden preservar plenamente dos de estos tres elementos al mismo tiempo.

Para Dani Rodrik, la globalización económica se refiere a la expansión del capitalismo a escala mundial. Por su parte, el Estado-nación constituye la única entidad capaz de proporcionar los acuerdos reguladores y legitimadores de los que dependen los mercados para funcionar. Finalmente, la democracia es la institución que permite a cada sociedad elegir y modelar sus propias instituciones —como los mercados de trabajo, la seguridad social o la regulación económica— de acuerdo con sus necesidades y valores específicos.

Rodrik, ilustra las tensiones que se derivan del trilema político de la economía mundial con los siguientes ejemplos:

Compromisos de Bretton Woods (soberanía nacional + democracia). Durante la posguerra, especialmente entre 1945 y 1970, los acuerdos de Bretton Woods permitieron el funcionamiento de un capitalismo en el que los Estados conservaban capacidad regulatoria y mantenían mecanismos de protección del contrato social nacional.

Camisa de fuerza dorada (globalización económica + soberanía nacional). A partir de la década de 1980 se impulsó un modelo que Rodrik identifica con la “camisa de fuerza dorada”, estrechamente vinculado al neoliberalismo y a las políticas del denominado Consenso de Washington. En este esquema, las naciones se integran plenamente a la economía global, pero su política económica responde prioritariamente a los mercados internacionales y no a las demandas de la ciudadanía.

Gobernanza global (globalización económica + democracia). Desde la década de 1950 se desarrollaron los primeros pasos del proceso que más tarde daría lugar a la actual Unión Europea. En este modelo, los Estados-nación ceden parte de su soberanía en la definición de la política económica a instituciones políticas supranacionales.

Las contradicciones inherentes a la globalización terminaron por socavar sus propios cimientos. A medida que se intensificaron los conflictos económicos, sociales y geopolíticos, también se fracturaron los consensos construidos en las décadas previas. Como resultado, el capitalismo del siglo XXI ha visto desacelerarse el proceso de globalización iniciado en el siglo XX y dar paso a un nuevo mapa económico caracterizado por tres rasgos principales: la geoeconomía conflictiva, la reconfiguración de la producción y el retorno del Estado estratégico.

Las instituciones multilaterales han perdido capacidad de coordinación y arbitraje. En su lugar, la gobernanza global contemporánea se encuentra cada vez más marcada por medidas proteccionistas unilaterales, guerras comerciales abiertas y el uso de sanciones económicas como instrumentos de política exterior.

En este contexto, las empresas transnacionales y los gobiernos ya no buscan únicamente al proveedor más barato en cualquier parte del mundo, sino que impulsan estrategias de diversificación y relocalización productiva bajo tres modalidades principales: nearshoring, que consiste en acercar la producción a los mercados finales de consumo; friendshoring, orientado a limitar las cadenas de suministro a países considerados aliados confiables; y onshoring, que implica retornar la producción estratégica al propio territorio nacional.

En consecuencia, el dogma de la neutralidad estatal ha quedado superado. En la actualidad, asistimos a un renovado protagonismo de la política industrial activa, mediante el cual el Estado recupera su papel estratégico para financiar la transición energética, subsidiar el desarrollo tecnológico de vanguardia y regular los mercados financieros en función del interés nacional.

¡La Jornada Veracruz ya está en WhatsApp! 📲

Únete a nuestro canal e infórmate de todo lo que sucede en Veracruz y en el país, directo a la palma de tu mano.