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Testarudo, ciego, sordomudo

(Shakira)

Dra. Rosío Córdova Plaza

Investigadora Nacional Emérita

Hace poco más de 30 años, un expresidente de infausta memoria, cuando le preguntó la prensa sobre la opinión que pensaba que sobre su mandato exhibían los legisladores de oposición, las posturas de la sociedad civil o el sentir generalizado de la población a la que tenía la desfachatez de decir que gobernaba, inmortalizó la frase “ni los veo, ni los oigo”. Carlos Salinas de Gortari no tuvo el más mínimo interés en escuchar las voces que con justa razón lo repudiaban y resumió con esa frase el desprecio tan característico que las personas de baja estatura moral y física dispensan hacia aquellos que se encuentran bajo su férula.

Pero un asunto es hacer gala del nefasto presidencialismo que imperaba en México en el pasado (“¿qué horas son?”, “las que usted quiera, señor presidente”), del que Salinas fue figura mítica y que lo han hecho ocupar destacado lugar en el basurero de la historia, y otro muy distinto pretender hacer lo mismo desde un espacio que no corresponde, donde no se le requiere, ni se le apoya, a sabiendas de que actúa violentando las más elementales normas de convivencia democrática en una institución que, por definición, debería ser el epítome del pensamiento, la razón, la democracia.

Lo interesante es que, a pesar de los enormes esfuerzos y recursos invertidos, la comunidad universitaria no lo acepta y aduce los más variados motivos, todos espurios, todos fraudulentos y tramposos, por los cuales el actual rector pretende continuar atado a la silla rectoral. Sus razones son absurdas, sus dichos son fácilmente desmentidos, su gestión se considera gris y anodina, no resuelve los problemas, no recibe a la gente.

Desde hace un par de años, después de buscar resquicios desde los cuales colarse cuatro años más, poniendo a su equipo jurídico a legiferar (extraer normas legales precipitadas y de falsos argumentos), no logra convencer a las y los académicos más sólidos, estudiantes y personal administrativo, los que cargan el peso de lo que aún es rescatable en esta universidad de que lo que pretende es legítimo.

Y sin querer darse cuenta de la gran cantidad de miembros de la comunidad que nos percatamos de la forma autoritaria, ausente, antidemocrática, discrecional e ineficiente con la que dirige los destinos de la institución, del rechazo que concita a todo nivel (excepto por las conciencias compradas con prebendas y puestos), pretende aplicarnos la indeleble frase del salinato “ni los veo, ni los oigo”.

Después de 40 años de vida ligada a la Universidad Veracruzana, desde estudiante hasta trabajadora, doy fe de que hemos vivido innumerables problemas, pero también inolvidables momentos de brillo. Rector, abre tus oídos, escucha y no provoques una escisión imposible de restañar.

Esta vez escribo desde el corazón. Quiero continuar sintiendo el orgullo de ser parte de esta comunidad y que la población de Veracruz no se avergüence de su universidad.

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