Ana Luz Quintanilla Montoya
Carlo Rovelli lo explica bien al decir que “el tiempo no existe, es una ilusión”. Es sólo un sentido que damos a la vida en una rica combinación de necesidades, deseos, aspiraciones, ambiciones, ideales, pasiones, amor y entusiasmo, que en varias medidas y en diferentes versiones surge naturalmente desde dentro de nosotros. Un sentido de la vida que no está fuera de nosotros mismos, sino que es ilusorio. Se habla de que un año más termina, sin embargo, sólo son episodios cósmicos que dan temporalidad al ser, sin embargo, son insignificantes, fueron creados para “cuantificar” un tiempo que es prácticamente incuantificable. Si no fuera por la decadencia biológica que sufren nuestros cuerpos, por la desmemoria inevitable que nos va afectando, por las pérdidas continuas de seres que amamos –que además van en aumento con el aumento de la edad–, no habría ni interés para querer definir el tiempo; más bien habría que medir la inmensa nostalgia que suele embargarnos.
Usted ¿Qué reflexiones tiene en estos tiempos tan desafiantes para miles de millones de personas que habitamos este planeta y que también son muy tristes para otros miles de millones más? ¿Considera que hemos crecido como humanidad? ¿Considera que este debería ser el momento para que la humanidad replanteara su presencia en un planeta que está vibrando ya en “focos rojos” ante un caos desmedido, producido por los humanos? ¿Percibe la gran extinción de especies que cada día es mayor y peor aún, de las que dependemos todos? ¿Se da cuenta que las guerras han sido las historias creadas permanentemente por los seres humanos para la obtención de control, poder y privilegios de grupos reducidos? ¿Percibe acaso que no hemos conseguido el poder vivir con respeto y cooperación por un bien común, sin esa necesidad de abrumarnos unos a otros, de prevalecer sobre los demás, de ganar y que otros pierdan para posicionarnos como mejores entes en una sociedad materialista?
Vivimos ahora de la llamada “inteligencia artificial”, con presencia de gran estupidez humana. Se habla de que hemos avanzado enormemente en tecnologías, sin mencionar siquiera el deterioro colateral que han producido las mismas. Y el consumismo desmedido se incrementa cada vez más, convirtiendo al ser humano en lo que posee y no así, en lo que realmente es: un supuesto humano. Las guerras continúan destruyendo y asesinando a miles de millones de seres humanos, así como a la naturaleza y ahora acompañados con la complicidad de las nuevas tecnologías. Los recursos naturales para el capitalismo beligerante, son sólo elementos de servicio al poder de la economía, no de la vida, es un sistema económico en el que se plantea un crecimiento económico ilimitado, ante una naturaleza limitada. En términos de sistemas, el sistema terrestre no podrá sostener a la población que viene y la Inteligencia Artificial (IA) sustituirá al humano. Baste ver en los supermercados, cada vez menos personal y ahora vemos a los propios usuarios deben atenderse a sí mismos en sus compras. ¿Qué significa esto? La reducción de personal y el aumento de sus ganancias.
El capital y los hombres más ricos del mundo (dueños de TESLA, Google, Microsoft y todas esas trasnacionales que dominan además las redes sociales) son los que planean ya el futuro de la humanidad. Como bien lo dice Yuval Harari, la Inteligencia Artificial traerá el fin de la humanidad, pues las decisiones se tomarán con base en la programación que han tenido los robot/androides creados por el sistema.
Un artículo publicado por Marco Avilés el 28 de este mes, en el periódico EL PAÍS, menciona: «¿Es paradójico que, en lugar de resolver los dramas de la Tierra, los hombres más ricos estén obsesionados con viajar a otros planetas y con la inteligencia artificial? ¿O quizá esta forma de evasión es la manifestación de su propio instinto de supervivencia? ¿En qué estadio de la historia o de la ciencia ficción nos encontramos? Factores terriblemente terrenales y humanos sostienen la competencia tecnológica contemporánea. Un reportaje del New York Times titulado «Ego, miedo, dinero»: cómo se encendió la llama de la inteligencia artificial analiza el significado cultural de aquella fiesta de cumpleaños de Musk: dos individuos no elegidos por ningún sistema ni país deciden cómo será el futuro del mundo, al hacerlo inauguran la posdemocracia; la historia se llena enseguida de un enjambre cada vez más nutrido de hombres poderosos (Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sam Altman) que desfilan entre conferencias, fábricas de cohetes espaciales y hoteles donde los más poderosos machos alfa del mercado expresan su jerarquía atendiendo a sus colegas en calcetines».
Como menciona Yuval Harari: ¿Qué pasará cuando una inteligencia no humana sea mejor que el ser humano medio para contar historias, componer melodías, dibujar imágenes y redactar leyes y escrituras?” y tome las decisiones sobre quiénes deberán morir para que la élites sobrevivan.
Harari se pregunta qué sucederá cuando las herramientas de inteligencia artificial se utilicen para producir de modo masivo contenido político, noticias falsas y escrituras para nuevos cultos, y destaca cómo las inteligencias artificiales pueden entablar relaciones muy cercanas con las personas y utilizar el poder proporcionado por esa cercanía para modificar nuestras opiniones y visiones del mundo.




