Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard (Director Binacional de Comunicación y Relaciones Públicas en AMEXCAN) y Emilio Antonio Vázquez Morales (Coordinador Binacional de Comunicaciones en AMEXCAN)
La muerte de Royer Pérez Jiménez no es un hecho aislado, es más bien un síntoma brutal, incómodo y persistente de un sistema que ha normalizado la persecución y el encierro de migrantes como si se tratara de una política pública más, cuando en realidad es una zona gris y oscura donde la vida humana pierde valor.
Royer tenía 19 años y fue encontrado inconsciente en una celda del centro de detención del condado de Glades, en Florida, una instalación utilizada por ICE. La versión oficial habla de un “presunto suicidio”, la causa definitiva sigue bajo investigación, pero el dato que debería incomodar a cualquiera no es solo la supuesta forma de su muerte, sino el contexto, es el migrante más joven en morir bajo la custodia migratoria en el actual periodo político en Estados Unidos y uno más dentro de una lista que no deja de crecer.
En lo que va del 2026, al menos 13 personas han muerto bajo custodia del ICE, el año anterior cerró con 31 fallecimientos, la cifra más alta en dos décadas, pero no se trata solo de números, son historias que se repiten con una inquietante similitud; personas encontradas inconscientes, versiones preliminares que apuntan a un suicidio, investigaciones abiertas y casi siempre, un silencio institucional después del escándalo inicial.
La historia reciente del ICE explica mucho sobre este patrón, pues durante los últimos años y con mayor intensidad tras el endurecimiento de la política migratoria bajo la actual administración estadounidense, los centros de detención que utiliza iCE se han vuelto a llenarse. Instalaciones que habían sido cerradas por denuncias de abusos, como el propio centro de Glades, fueron reabiertas y con esto están mandando un mensaje político muy claro, disuasión mediante el castigo.
Pero el problema es más profundo, diversos informes han documentado condiciones alarmantes dentro de estos centros, las cuales van desde el uso excesivo de la fuerza, negligencia médica, aislamiento hasta causarles problemas de salud mental no atendidos. Diversas organizaciones han denunciado durante años violencia, abusos sexuales y tratos inhumanos en estas instalaciones.
En ese contexto, hablar de “suicidio” sin cuestionar las condiciones estructurales es cuando menos insuficiente, porque incluso si la causa se confirma, la pregunta de fondo sigue siendo otra: ¿qué tipo de sistema empuja a una persona de 19 años hasta ese límite? ¿Qué ocurre dentro de esos muros para que la desesperación sea constante?
Royer no era un caso extraordinario dentro del aparato migratorio estadounidense, había sido detenido por cargos menores y transferido bajo la custodia migratoria semanas después. Como miles de jóvenes migrantes, su perfil encajaba en la lógica de criminalización que ha permeado la política migratoria, que es convertir la irregularidad administrativa en un asunto de seguridad nacional.
Y ese el punto más incómodo de esta historia, ICE no es una cárcel convencional, pero funciona como tal; no es un sistema penal, pero castiga; no es una instancia de protección, pero priva de la libertad, es en los hechos, un limbo legal donde actualmente no hay garantías y las pocas que hay son difusas y la supervisión es muy limitada.
El gobierno mexicano ha reaccionado como suele hacerlo, condena, exige una investigación, hace solicitudes diplomáticas, pero la pregunta es, ¿Si eso es suficiente frente a un fenómeno que ya está estructurado?, porque lo que está ocurriendo no es una excepción; es una tendencia que va creciendo sin control.
Las muertes bajo custodia migratoria no son nuevas, pero sí cada vez más frecuentes y cada caso erosiona un poco más la legitimidad de un sistema que insiste en presentarse como “seguro y humano”, mientras los datos y la realidad cuentan otra historia.
Royer Pérez Jiménez tenía 19 años, su muerte debería ser un punto de quiebre, pero tristemente, todo indica que será un número más en las estadísticas y esa quizás sea la tragedia más grande para su familia y para la comunidad.




