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Ricardo Salinas Pliego candidato “a crédito”: cuando el sarcasmo se postula a la presidencia

La visita de Marco Rubio fue un teatro diplomático; vino a ofrecer cooperación contra los cárteles mientras casi discretamente agitaba el monigote de los aranceles. Aplaudió, eso sí, al gobierno mexicano como el más colaborador en décadas, pero no vino tanto a dialogar como a dictar un agenda: frenar fentanilo a cambio de no castigar con tarifas. Entre apretones de manos y discursos diplomaticos quedó claro que el libre comercio y la seguridad no se negocian en pie de igualdad, sino bajo la sombra de un vecino que siempre cobra más caro de lo que da. Y mientras México resiste y reencauza las presiones del norte, en casa hay quien quiere también dictar condiciones: Ricardo Salinas Pliego.

En una entrevista con Código Magenta, el empresario dejó la puerta entreabierta: “No es algo que yo esté buscando activamente porque mi vocación es distinta. Pero si no hacemos algo por el futuro de nuestro país… si es necesario, pues haré lo que sea necesario”.Es la perfecta declaración de un outsider sofisticado: “No quiero ser presidente… pero, bueno, si mis nietos me lo reclaman, pues me lanzo.”

Y como buen estratega digital, matiza: “No estoy tan seguro que estén dadas las condiciones para que yo pueda ser un candidato ganador”. La excusa ideal para aspirar sin comprometerse públicamente.
El “antisistema” que vive del sistema. Salinas Pliego se precia de antisistema pero vive del sistema, cultiva su branding como rebelde neoliberal.

En redes lanza frases como: “El Estado no es la solución, es el problema. No se dejen amedrentar por los parásitos del Estado…” Esas son palabras que suenan revolucionarias, aunque el imperio que sustenta haya sido forjado gracias a concesiones estatales, apropiaciones de mala leche como el canal 40 y larguísimas disputas fiscales.

El sarcasmo como ideología, no como sátira.La narrativa del magnate se alimenta del sarcasmo digital. Con millones de seguidores, se ha convertido en “Tío Richi”, ese empresario que “no trabaja por dinero, sino porque le apasiona ayudar a la gente… y por eso gana mucho dinero”. Nada como un poco de semi humildad para empacar ego empresarial en formato políticamente viable.

Mientras tanto, la presidenta le recuerda que antes de pensar en ser candidato tendría que pagar sus impuestos.

“Cualquiera que quiera postularse… debe de cumplir con sus obligaciones como ciudadano… ¿Cuál es una de esas obligaciones? Pues pagar impuestos”. Un detalle menor, casi anecdótico.
Asistimos, pues, a una suerte de marketing político con talante de plataforma de crédito.Más que una candidatura, parece una campaña publicitaria: encuestas informales, titulares rimbombantes y el permanente eco de sus desplantes en Twitter. Como apuntaba El Universal, su figura se ha vuelto el outsider más mediático del país y —aunque afirma que no quiere ser candidato— insiste en que “si es necesario, hará lo que sea necesario”.

Y ahí está lo peligroso: su retórica populista de mercado —mano dura, menos impuestos, recorte del Estado— ni el más pálido rastro de algún proyecto de nación, sino de slogans, memes y la ilusión de que un presidente puede gobernar con la lógica de un call center de cobranzas.

La presidencia a plazos, pues. Porque, al final es eso: la misma lógica del crédito al consumidor aplicada al poder. ¿Quieres televisión, financiamiento, internet o protección? Cómpralo a plazos.

Con Salinas Pliego, aspirar a la presidencia no es más que otro producto Elektra: medianamente atractivo, de calidad dudosa y a crédito de abonos chiquitos pero con intereses que usted se pagarán eternamente, o punto menos.
Vamos pues, que entre la aparente aparente cordialidad Marco Rubio y Salinas Pliego lo que hay es la misma sombra neoliberal.

El paralelo es inevitable. Marco Rubio, desde Washington presiona, cordialmente, eso sí, a México para que ajuste su política interna al gusto del mercado y la seguridad estadounidense, y Ricardo Salinas Pliego, desde su trinchera de TV Azteca y Banco Azteca, busca hacer lo mismo pero disfrazado de potencial candidato antisistema para imponer una agenda empresarial, la suya, como programa de gobierno.

Uno amablemente presiona con aranceles si no se cumplen sus condiciones; el otro amenaza con sarcasmos y “libertad de mercado” si no se le aplaude. Ya sea con corbata diplomática o con tuitazos incendiarios y evasión de impuestos, ambos representan lo mismo: el neoliberalismo.

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