La región aguarda expectante al próximo 31 de mayo, cuando en Colombia se celebren las próximas elecciones presidenciales.
Ese día se sabrá si, junto con Brasil, México y un puñado de gobiernos, Colombia persistirá como uno de los principales baluartes en la resistencia frente a Estados Unidos y sus aliados locales o si, por el contrario, el país cederá a las inmensas presiones externas para plegarse definitivamente a la voluntad de Donald Trump, que amenaza con imponer su hegemonía en toda la región.
El contexto electoral es altamente volátil, en medio de una ola de atentados atribuidos a las disidencias de la extinta organización FARC, y de las crecientes críticas tanto contra la política de seguridad como de las iniciativas de paz llevadas adelante por el presidente Gustavo Petro. En todo caso, será en la segunda vuelta electoral, el 7 de junio, en la que se brindará un veredicto inapelable sobre el próximo gobierno del este país y, en buena medida, sobre el futuro de la región.
La Casa Blanca asume que el gobierno de Petro es un accidente histórico o un simple paréntesis en la historia de una nación que desde el siglo XIX ha mantenido incólume su alineamiento con los Estados Unidos. No resulta casual, en este sentido, la constante hostilidad de Trump hacia su par sudamericano que se atrevió a cuestionar algunas de sus decisiones más importantes, sobre todo, con relación a la política de Israel frente a Gaza, a los ataques a embarcaciones colombianas en el Mar Caribe y al secuestro del ex presidente venezolano Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.
Una cumbre en febrero entre Trump y Petro apenas sirvió para suavizar una relación encrespada, en momentos de definiciones estratégicas para el diseño de las siguientes campañas electorales.
Más allá de la incertidumbre reinante, no hay duda de que la contienda presidencial será de suma importancia para la política externa y latinoamericana implementada por la Casa Blanca, sobre todo, por los estrechos vínculos comerciales y por las políticas migratorias implementadas desde el regreso de Trump al poder en enero de 2025. Sin embargo, la mayor preocupación está en la estrecha cooperación en materia de seguridad y defensa que, hasta la llegada de Petro al gobierno, en 2022, había situado a Colombia como el principal aliado de los Estados Unidos en la región.
De las catorce fórmulas inscriptas, el interés está puesto en tres que podrían torcer la elección.
Según distintas encuestas, el candidato con más posibilidades de triunfar en la contienda es el senador Iván Cepeda, dirigente del Pacto Histórico, la amplia coalición de izquierdas que intenta asegurar la continuidad de las principales políticas económicas, sociales y seguridad del actual gobierno. Se espera que triunfe, aunque difícilmente llegue al 50% para ganar en primera vuelta.
Frente a Cepeda se encuentran dos expresiones de la más rancia derecha colombiana: Abelardo de la Espriella, de Defensores de la Patria, y Paloma Valencia, del partido Centro Democrático: además de la presidencial, ambos contendientes disputarán por su anclaje y seducción en dos sectores clave del electorado colombiano, como son el voto conservador y el de la ultraderecha.
Mientras que “El Tigre” de la Espriella (como prefiere ser nombrado) se presenta como el principal referente del trumpismo en Colombia, y es un confeso admirador de figuras como Javier Milei, Nayib Bukele, y José Antonio Kast, Valencia representa a la tradicional corriente dirigida por Álvaro Uribe, sólo que ahora con un aparente giro ideológico hacia el centro, y con dudosos gestos progresistas, en su declamada defensa de los derechos de las mujeres y de las minorías.
Pese a los intentos deliberados para obtener una declaración, y a diferencia de lo ocurrido en otras elecciones (como ocurrió en 2025 en Argentina y en Honduras) hasta el momento, Trump no ha respaldado públicamente a ningún candidato presidencial. Sin embargo, el silencio de la Casa Blanca no significa que no se estén realizando operaciones políticas encubiertas, y de distinta naturaleza, para limitar las chances de la izquierda o, directamente, para influir en el electorado.
Fue el propio presidente Petro quien el 7 de mayo denunció una conspiración pergeñada desde Washington, con apoyo directo de la derecha colombiana, destinada a desestabilizar al gobierno y alterar radicalmente el clima electoral, en una acusación que también incluyó a representantes de la ultraderecha global como Benjamin Netanyahu y el ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, encarcelado por narcotráfico en los Estados Unidos y liberado, pocos meses atrás, gracias a un indulto de Trump. El caso Hondurasgate tendría también como principal objetivo golpear a la presidenta de México, Claudia Sheimbaum y, según las denuncias efectuadas, con participación directa y financiamiento, de los actuales mandatarios de Argentina y de Honduras.
Al clima enrarecido, de crecientes amenazas contra el gobierno, se suman las crecientes presiones políticas como la nueva Estrategia Nacional para el Control de Drogas 2026, presentado en Washington hace unos pocos días y que tiene como principales objetivos a Colombia y a México. El establishment político, representado por los senadores Rick Scott y Bernie Moreno (nacido en Bogotá) también aprovechó el clima de inseguridad reinante en el país para exigirle al secretario de Estado, Marco Rubio, una clara presencia en la próxima contienda electoral.
En términos geopolíticos, hoy Colombia se encuentra atenazada por el poder imperial de Estados Unidos, con presencia directa en tres de los cinco países con los que limita. Y la derrota de Bogotá es también uno de los principales objetivos del Escudo de los Américas, la coalición de gobiernos vasallos que aceptaron de buen grado responder por vía miliar a los requerimientos de Washington.
El protectorado impuesto por la fuerza no sólo ha convertido a Venezuela en la principal plataforma de recursos estratégicos en toda Sudamérica para beneficio estadounidense y de sus principales corporaciones. Hoy es un factor intimidante para aquellos gobiernos que pretendan poner límites a la ambición de Trump sobre territorios y recursos naturales. Las últimas publicaciones presidenciales en la red Truth Social en las que se lo señala como el “Estado N° 51” de los Estados Unidos, constituye una provocación, al mismo tiempo, que una clara violación a la soberanía históricamente constituida en Venezuela, justo cuando Colombia se enfila hacia las elecciones.
Todavía más compleja es la relación con el Ecuador de Daniel Noboa, cuya administración opera como perro de presa, siempre dispuesto a atacar al gobierno progresista de Colombia. Una calculada disputa ideológica provocada por el mandatario ecuatoriano pronto derivó en una guerra arancelaria que afectó a la economía de ambos países, y que incluyó una serie de acusaciones por su supuesto apoyo desde Bogotá a grupos rebeldes y delictivos con amplia actuación en Ecuador. El reciente despliegue del Comando Sur en territorio ecuatoriano, supuestamente, para combatir al narcotráfico y a la inseguridad, profundizó aún más, las diferencias entre ambos mandatarios, con Quito asumiendo así su papel como principal ariete militar de Trump en la región.
En tanto que la avidez de la Casa Blanca por recuperar el control sobre el Canal ha convertido a Panamá en un objetivo de creciente importancia para el Caribe. La frontera norte de Colombia asumiría así un lugar estratégico como muro de contención frente a cualquier disposición que termine por consagrar a este país centroamericano como una nueva semicolonia estadounidense.
Pero en política, nunca está todo dicho. El descontento generalizado frente a las primeras medidas de la administración de Kast en Chile, el acelerado desgaste político que estaría viviendo el gobierno de Milei en Argentina y, sobre todo, las amplias protestas en Bolivia en contra del presidente Rodrigo Paz, estarían marcando los límites iniciales del trumpismo latinoamericano.
Constituyen pocos, pero elocuentes signos políticos que podrían influir y debilitar a las distintas derechas y, de ese modo, favorecer el triunfo de la izquierda en Colombia. Sin duda, el próximo 31 de mayo habrá una mayor claridad sobre la disputa global por los recursos de América Latina.
Artículo publicado en https://www.pagina12.com.ar proximo-objetivo-colombia/




