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Una pregunta incómoda en el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores

Por Dr. Hugo López Rosas, Profesor Investigador (El Colegio de Veracruz)

Este año, quienes solicitamos reconocimiento ante el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) tuvimos que responder una pregunta poco habitual en un medio académico que todavía conserva fuertes rasgos de exclusión social, la pregunta 9: ¿cómo incorporamos en nuestra práctica principios de equidad e inclusión social? Contestarlo como debe ser, es decir, con honestidad, obliga a mirar una parte de la historia personal que casi nunca aparece en los formatos de evaluación.

Mi padre empezó a trabajar desde niño como jornalero agrícola en campos de Michoacán, y también en el corte de caña en Oaxaca y Veracruz. Mi madre, también desde niña, ya trabajaba como ayudante en un taller de costura. Por esta situación, solo cursaron dos o tres años de primaria y nunca pudieron acceder a un empleo formal. Hoy, con 77 y 78 años, no cuentan con pensión y siguen trabajando. En mi familia fui el primero en llegar a la universidad, en estudiar un posgrado y dedicarme a la ciencia. En el sistema científico mexicano, ser investigador de primera generación universitaria con ese origen de clase sigue siendo una excepción, no una norma. Por eso, al responder esa pregunta, tuve que reconocer que mi acceso a la vida académica dependió de condiciones que para muchas personas siguen siendo difíciles, frágiles o directamente inaccesibles.

El SNII evalúa la producción científica, la formación de comunidad académica y la divulgación. Esos tres aspectos dependen en gran medida del esfuerzo individual, pero también están ligados a condiciones materiales y sociales previas: tiempo disponible, estabilidad económica, redes institucionales, posibilidades de asistir a congresos, tutores con trayectoria acumulada y universidades con infraestructura adecuada. No parte del mismo lugar un estudiante de posgrado de una universidad pública regional, primera generación universitaria en su familia, que financia su formación con una beca limitada y además sostiene responsabilidades familiares, que alguien formado en instituciones con más presupuesto, idiomas, mejores contactos académicos y vínculos internacionales desde etapas tempranas de su vida social. Aun así, el sistema suele evaluarlos como si hubieran iniciado desde el mismo punto, como si siempre hubiera “piso parejo”.

Esa desigualdad es también visible en el salón de clases. En mis grupos conviven estudiantes provenientes de zonas urbanas, algunos hijos de profesionistas, y otros estudiantes cuya experiencia se parece más a la mía: familias sin trayectoria educativa previa, ingresos limitados y decisiones cotidianas marcadas por la necesidad de estudiar y resolver sus medios de vida al mismo tiempo. La universidad pública los reúne en un mismo espacio, pero eso no significa que todos lleguen con las mismas condiciones.

Recientemente una de las discusiones más acaloradas surge cuando se toca el tema de las becas de subsistencia. Estas becas no se entregan por calificaciones o por condición socioeconómica; son becas universales, con la función de permitir que permanezcan en el sistema quienes, sin ese apoyo, probablemente tendrían que abandonarlo. Por otro lado, algunos estudiantes con mayor respaldo familiar las interpretan como un privilegio inmerecido a quienes “no se esfuerzan” por tener buen promedio. Lo que esa mirada no alcanza a ver es que el mérito también está en haber sostenido una trayectoria escolar sin los recursos que otros tuvieron desde el inicio.

Para una parte de mis estudiantes, la beca no representa un estímulo adicional, sino la posibilidad real de terminar el semestre. Esa conversación suele ser incómoda, pero también es una de las más necesarias en la formación universitaria. Permite discutir que la igualdad formal no siempre produce justicia, porque tratar igual a quienes llegan en condiciones profundamente desiguales puede terminar reforzando las diferencias que ya existían. En ese sentido, hablar de equidad en el aula, aunque no sea tema del programa de estudios, sirve para revisar de manera crítica cómo se distribuyen las oportunidades, quiénes logran permanecer y qué obstáculos se vuelven invisibles cuando todo se reduce al rendimiento individual.

Otra forma de discutir con los alumnos el tema de la desigualdad parte de describirles las formas de vida de quienes habitan en los ecosistemas que estudiamos, quienes los trabajan, quienes sufren su deterioro y quienes quedan fuera de las decisiones sobre su manejo. Las prácticas de campo que organizo, como parte del programa de estudios de cada asignatura, son oportunidades para que los estudiantes convivan con estas personas, cuya relación con el territorio es de subsistencia. Un científico que no reconoce la desigualdad presente en los ecosistemas que estudia difícilmente producirá conocimiento socialmente pertinente.

Durante más de treinta años de trabajo de campo en humedales de Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Campeche y Tabasco, he trabajado con pescadores, campesinos, amas de casa, jornaleros, todos habitantes del territorio cuyo conocimiento de los ecosistemas muchas veces supera cualquier descripción académica disponible. Son personas que han observado esos lugares durante toda su vida y que reconocen cambios, ciclos, comportamientos y alteraciones con una precisión que los registros científicos pueden tardar años en documentar. Sin embargo, ese conocimiento suele aparecer en los artículos como información de campo, mientras que los nombres de quienes lo aportan casi nunca aparecen en los créditos.

Ahí persiste otra jerarquía poco discutida: el investigador con título recoge, ordena y publica; el habitante del territorio aporta conocimiento, pero no siempre es reconocido como sujeto que sabe. La pregunta 9, para ingresar o mantenerse en el SNII, permite nombrar esa asimetría, aunque escribirla en máximo 4000 caracteres no es suficiente para transformar las reglas que la mantienen.

Si eres estudiante universitario o de posgrado en México y vienes de una familia sin historia educativa acumulada, estás entrando a un sistema construido sobre supuestos que no siempre consideran tus orígenes, tu punto de partida. Ser la primera generación universitaria de una familia implica moverse entre dos mundos con lenguajes, tiempos y certezas económicas distintas. Esa traducción constante genera desgaste, pues exige energía, disciplina y sacrificio, entre otras cosas porque muchos caen en la trampa de la competencia por méritos como requisito para mantenerse o ascender en el empleo. Los estudiantes que han tenido mejores oportunidades no siempre tienen que hacer ese esfuerzo adicional, y el sistema rara vez lo contabiliza. Reconocer estas diferencias es condición necesaria para entender las circunstancias desde las cuales cada persona enfrenta las exigencias del sistema.

Un sistema científico con verdadera vocación pública, es decir, social, tendría que considerar las condiciones en las que se produce el trabajo académico. Publicar desde una institución con bajo presupuesto, sin asistentes de investigación, con una carga docente alta y sin redes internacionales consolidadas no es equivalente a publicar desde espacios con mayor infraestructura, apoyos estables y vínculos académicos ya establecidos. Mientras esa diferencia no forme parte real de los procesos de evaluación, la pregunta sobre equidad seguirá siendo limitada: reconoce el problema, pero no modifica las condiciones que lo reproducen.

En mi práctica cotidiana busco publicar en medios gratuitos y de libre acceso, conceder entrevistas en lenguaje accesible y difundir en espacios que alcancen a públicos rurales con escaso o nulo acceso a revistas especializadas. Considero que esto es consecuencia de saber, desde mi propia experiencia (mi propia historia social), lo que significa y cuesta quedar fuera.

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